Opinión

Copamiento cultural

En paralelo a los operativos diarios de copamiento policial y seguridad ciudadana que están realizando las autoridades gubernamentales, municipios y el gobierno regional en el eje Alameda, las instituciones culturales que habitamos este territorio nos sumamos al desafío de impulsar la reactivación de esta histórica arteria a través del arte, la música, la ciencia, el patrimonio y la educación por medio de -probablemente- la mayor articulación y colaboración cultural de la historia de Chile.

El esfuerzo que lideran las autoridades con los copamientos diarios es una respuesta necesaria para la urgencia; el Estado de Derecho debe sentirse en la calle. Sin embargo, la fuerza policial es una solución táctica, no estratégica. La policía puede vaciar una esquina conflictiva en la mañana, pero si ese espacio queda vacío, el riesgo delictual o el comercio irregular volverán a recuperarlo en la noche.

El verdadero copamiento a largo plazo no se hace solo con operativos, se hace con cultura y ciudadanos que disfrutan, habitan y hacen propio el espacio público. Lo que el centro de Santiago necesita con urgencia es un enfoque de “copamiento cultural-ciudadano” o un copamiento de las audiencias atraídas por una programación de calidad, como por ejemplo lo refleja el exitoso día del patrimonio.

La evidencia internacional en urbanismo social es categórica al respecto. Ciudades como Medellín no lograron mitigar los impactos de la violencia instalando un policía en cada esquina de por vida, sino construyendo bibliotecas públicas de primer nivel y centros comunitarios en los barrios más vulnerables. Según un reporte publicado en 2012 en American Journal of Epidemiology, las intervenciones de transporte e infraestructura en Medellín entre 2003 y 2008 lograron un descenso de 66% de la tasa de homicidios en los barrios intervenidos, y los residentes reportaron una disminución de violencia percibida de un 75%.

Manchester y Bilbao tampoco revirtieron el declive urbano y la inseguridad de sus zonas industriales abandonadas con más patrullajes, sino apostando por infraestructura cultural como el ancla definitiva para regenerar la vida de esos barrios. En el caso de la primera, un programa de regeneración que incluyó viviendas, recuperación de suelos degradados, nuevos negocios e infraestructura, desde fines de los ochenta, la convirtieron en 2024 en la tercera ciudad más visitada del Reino Unido por turistas internacionales. Bilbao, en tanto, es la protagonista del “efecto Bilbao”, un fenómeno de revitalización urbana originado por la apertura del Museo Guggenheim en 1997, el cual transformó a una ciudad industrial en declive en un pujante polo de cultura, servicios y turismo.

¿Por qué funciona? Porque donde hay una cartelera activa, donde hay música, libros, estudiantes, familias y turistas habitando la calle, el espacio público se cuida de forma orgánica. La delincuencia retrocede cuando se encuentra con una comunidad que se apropia de su entorno. Las 60 instituciones que hoy formamos la Red Alameda Cultural movemos a más de 4 millones de personas al año. Ese flujo humano, esa masa crítica de ciudadanos caminando con confianza por la principal arteria del país, es el blindaje más efectivo y sostenible que Santiago puede tener.

Para que esta prevención social funcione a gran escala, el desafío no es solo de gestión en el territorio, sino de diseño de políticas públicas a largo plazo. El hecho de que los centros culturales resguardemos nuestro entorno y pongamos nuestra gestión al servicio del barrio es una muestra de que somos, por definición, infraestructura crítica para la cohesión social, el desarrollo urbano y la seguridad de las personas.

Por eso, esta conversación necesita una mirada transversal. El resguardo y la revitalización de nuestros centros urbanos es una tarea de largo aliento que convoca de manera natural a las autoridades gubernamentales, los gobiernos regionales en el ordenamiento territorial, los municipios, y por cierto, al sector privado. Unamos la seguridad pública con actividad, las luces y la vida de los teatros para que nuestras ciudades sean un espacio de identidad y orgullo.

Por Alejandra Martí Olbrich, Directora Ejecutiva del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM)

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