El dios de la decadencia
Hace poco más de un año la pastora evangelista estadounidense Paula White, asesora espiritual de Donald Trump y encargada de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, anunció a sus seguidores de redes sociales que extendería la tradición de la Semana Santa cristiana hacia los días posteriores al domingo de Resurrección, es decir, los días de la pascua judía que celebra la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto. De forma intrincada, con una oratoria poblada de citas al Antiguo Testamento y con ese aplomo de quien sabe muy bien de lo que está hablando -un talento muy común entre telepredicadores y vendedores de autos usados-, White explicó a sus fieles que Dios vería con buenos ojos que, tras celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte de Jesús extendieran la festividad abarcando los siete días que conmemoran el éxodo judío desde Egipto. Hasta este punto la propuesta podría sonar un poco extraña, sobre todo para quienes vivimos en una tradición cultural fundamentalmente católica, pero aun así atendible, mal que mal, ambos acontecimientos forman parte del mismo libro.
Tras la propuesta, la evangelista le recordó a su público el modo en que el pueblo judío, aconsejado por Dios, se libró del paso del ángel de la muerte y de las plagas, marcando con sangre de cordero el dintel de las puertas de sus casas, para luego escapar. White se detuvo y sugirió que ahora no era necesario usar la sangre del cordero, ni comer alimentos especiales durante los siete días. Lo que Dios vería con buenos ojos sería una donación de un mínimo de mil dólares por persona a su ministerio, es decir, a ella. La suma de dinero requerida serviría para que Dios activara siete bendiciones sobrenaturales: un ángel especialmente asignado; prosperidad económica futura; incremento en los bienes y las herencias recibidas; mantención de buena salud, en caso de gozar de ella, y curarse de enfermedades pre-existentes, en caso contrario; disfrutar de una vida longeva y, por último, algo tan práctico como hacer que los enemigos propios también lo sean de Dios. Por cada donación el ministerio de White regaló una cruz de vidrio de 25 centímetros. Hubo críticas de especialistas de otras iglesias evangélicas sobre la propuesta de la pastora. Al parecer, los reclamos dieron resultado, porque este año en lugar de vender bendiciones durante la temporada ampliada de Semana Santa, ofertó un set de cuatro devedés con sus contenidos religiosos a solo 125 dólares.
La historia sobre la manera en que la fe auténtica de las personas ha sido manipulada por organizaciones y líderes religiosos es tan antigua como la humanidad. No hay nada nuevo bajo el sol en esto. Hubo un interludio durante el siglo XX cuando las ideologías políticas tomaron el lugar de la religión como instrumento de identidad, control y sumisión, pero las señales indican que las nuevas disputas trajeron de vuelta los argumentos sobrenaturales enriquecidos con el uranio nacionalista, el racismo, las disputas por los recursos energéticos, las tecnologías de comunicación y los intereses de dominio geopolítico habituales. La novedad es la velocidad con la que se suceden los acontecimientos, las características del elenco de líderes en el poder y el esperpéntico despliegue de mensajes contradictorios con el que buscan legitimar religiosa y moralmente objetivos y decisiones profundamente inmorales. Ni siquiera hay un cuidado por ofrecer un guion coherente. En un parpadeo, el mismo líder que suele hacer comentarios sexistas, que ha tenido un comportamiento misógino y abusivo, que ha recortado derechos a la población LGBTI, apareció preocupado de los derechos de las mujeres y los hombres gay de Irán. La misma persona que sostenía una estrecha amistad con un pederasta en serie se presentaba como la encarnación de los valores tradicionales. El mismo presidente que desprecia con método y disciplina todo lo que no se le parezca -discapacitados, latinoamericanos y, sobre todo, las personas pobres- se arroga el estandarte de una civilización cristiana apanicada por el avance del poderío chino.
El gobierno de Trump ha abusado a tal punto de la retórica religiosa para justificar una guerra que ningún experto aconsejó declarar, que ha hecho parecer razonables las declaraciones del régimen de los ayatolas, un logro difícil de alcanzar. Le está dando, de paso, un segundo aire al prestigio del Vaticano como referente ético tras años de escándalos de abusos sexuales: el Papa León XIV se enfrentó a las declaraciones del secretario de Defensa Peter Hegseth, quien había pedido a los estadounidenses rezar por los soldados que iban a Irán “en el nombre de Jesucristo”. El Pontífice, nacido y criado en Chicago, declaró que “Jesús no escucha la oración de quienes hacen la guerra”.
El pasado jueves, durante una cena oficial en la Casa Blanca que marcaba el inicio de la Semana Santa, Paula White demostró una vez más la profundidad de su formación teológica comparando el calvario de Jesús con la gestión política del mandatario. Durante el domingo de Resurrección, en tanto, el Presidente Trump habló desde un balcón de la Casa Blanca flanqueado por su señora y por un corpóreo del Conejo de Pascua en donde dijo que los estadounidenses que no apoyan la guerra contra Irán “son tontos”. Luego escribiría en su cuenta de X que si Teherán no reabría el estrecho de Ormuz antes del martes en la noche, “una civilización entera morirá esta noche para no volver jamás”. El presidente de la principal potencia democrática del mundo anunciaba que estaba dispuesto a cometer un genocidio, como quien comenta el pronóstico del tiempo.
De haber una divinidad involucrada en todo esto -en las prédicas de Paula White, en las amenazas de Trump, en una guerra absurda- no sería ni la de la Biblia ni la de los ayatolas, sino un dios menor desesperado, patético y brutal, abrumado por el avance de su irremediable decadencia.
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