La final que sí podemos jugar
Hoy España y Argentina juegan en Nueva Jersey una final que detendrá al planeta: dos naciones enteras tras su camiseta, hermanadas como solo el fútbol lo consigue. Probablemente habrá polémica con el arbitraje, siempre la hay, pero lo esencial no cambia: en el campo no pesa el apellido ni el origen, sino quién juega mejor y anota más goles. Esa justicia elemental, que el deporte impone y a veces la vida niega, es la que quisiéramos para todos los chilenos.
A miles de kilómetros de esa fiesta, Chile vive otra cosa. El denominado río atmosférico que golpeó el centro-sur deja un país lastimado: pérdidas humanas y materiales, familias en albergues y daños en varias regiones. Y, en medio del barro, reaparece lo mejor de nosotros: el vecino con su pala, el voluntario que no pregunta por quién votaste y la olla común que no distingue colores. La desgracia logra en horas lo que la política no consigue en años: unirnos. Ojalá no hiciera falta un temporal para recordarnos que somos un solo país.
El agua bajará y reconstruiremos, como siempre. Pero hay una emergencia más lenta, que no puede seguir esperando: la que ocurre en la primera infancia. El partido que decide un destino no se juega en la universidad ni en el trabajo: se juega antes de los seis años, cuando el cerebro se cablea y el lenguaje despega, y se define quién partirá con herramientas y quién, tres cuerpos atrás. Esa es la cancha que hemos dejado vacía: la educación preescolar. La cobertura de sala cuna, el tramo más decisivo, apenas bordea el 30%, la más baja del sistema. Y ese rezago se arrastra: a los diez años, nuestros niños rinden muy por debajo del mundo, como los 444 puntos en la prueba TIMSS de matemáticas.
Sin embargo, antes que cualquier jardín está la familia, la primera e insustituible escuela: en la palabra y el afecto de la casa se juega buena parte del desarrollo de un niño. Por eso alarma que Chile haya casi dejado de tener hijos: la fecundidad cayó en 2025 a 0,99 hijos por mujer, la más baja de nuestra historia y de la región, menos de la mitad del reemplazo. El INE estima que para el 2028 morirán más chilenos de los que nazcan. Un país que tiene menos niños, no los protege desde el vientre materno y descuida a los que nacen, está renunciando a su futuro.
Sostener a la familia, para que formar una y sacarla adelante vuelva a ser posible, es una prioridad indiscutible para cualquier nación que quiera proyectarse.
No hay mérito real si la largada es dispareja: premiar el esfuerzo obliga a igualar el pitazo inicial. Y nada nivela más que dar a cada niño, venga de donde venga, las mismas condiciones de base. Es por lejos la mejor inversión. El Nobel James Heckman lo señaló muy concretamente: ninguna inversión renta tanto como la que se hace en educación temprana, cerca de 13% anual, más que el retorno histórico del mercado de valores, porque actúa antes de que el daño sea irreversible y caro. Mientras nuestra Gabriela Mistral lo expresó con especial claridad: muchas cosas pueden esperar, el niño no; su nombre no es “mañana”, su nombre es “hoy”.
Bienvenida la megarreforma que el Senado despachó esta semana: rebaja del impuesto corporativo al 23%, reintegración, invariabilidad tributaria y crédito al empleo, un paso fundamental para reactivar la economía. A lo que se suma que el Gobierno esté destrabando la Sala Cuna Universal, hoy en la Comisión de Hacienda de la Cámara Alta, pues actualmente solo las empresas con 20 o más trabajadoras debían ofrecerla, un incentivo perverso a no contratarlas. Volverla universal corrige esa discriminación.
Pero esto recién comienza: a la Ley de Reconstrucción deben seguir otras para enderezar el rumbo: mercado de capitales, dinamización del empleo e incentivos y facilidades a la inversión, y en esa agenda no puede faltar la que más rinde y, lamentablemente, a nadie desvela: la primera infancia. Su norte no es solo el empleo materno, sino el desarrollo del niño. Ningún crecimiento se sostiene sobre una generación que empieza mal, y poner ahí el primer esfuerzo no es una opción política, sino una responsabilidad ineludible. Como dijo Mandela, nada revela mejor el alma de una sociedad que cómo trata a sus niños: ahí, en silencio, se decide el Chile de 2050.
Hoy, mientras el mundo mira esa final, buena parte de Chile seguirá recogiéndose de la tormenta. No nos toca jugarla, pero la que de verdad importa no se disputa en Nueva Jersey ni se gana con demagogia. Se juega en cada familia y en cada jardín infantil, y podemos disputarla con la solidaridad que nos lleva siempre a socorrer al que está más afectado. Es a ese partido al que, con la misma camiseta, y de una vez por todas, debemos dejar de hacerle el quite y ganarlo por goleada.
*El autor de la columna es economista, director de empresas y director de Ideas Republicanas.
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