Opinión

La ilusión financiera chilena: más allá de la Ley Fintec

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Las recientes cancelaciones de registros bajo la Ley Fintec fueron presentadas como una noticia regulatoria. Sin embargo, detrás de ellas aparece una pregunta mucho más relevante para el futuro económico del país: ¿por qué Chile ha logrado construir uno de los sistemas financieros más sofisticados de América Latina, pero sigue enfrentando dificultades para aumentar su productividad y generar nuevas fuentes de crecimiento?

La discusión excede con mucho al ecosistema Fintec. En el fondo, obliga a mirar una paradoja que Chile arrastra desde hace años: modernizó sus finanzas más rápido que sus fuentes de crecimiento.

Los mercados de capitales se profundizaron. Los mecanismos de intermediación se hicieron más sofisticados y el ahorro institucional alcanzó una escala inédita. Sin embargo, la productividad permanece estancada desde hace más de una década y la economía continúa dependiendo, en gran medida, de los mismos motores de crecimiento.

Durante años asumimos que un sistema financiero más sofisticado terminaría produciendo una economía más sofisticada. La experiencia chilena sugiere una realidad más compleja. La expansión financiera puede favorecer el desarrollo, pero no garantiza una transformación económica equivalente.

La Ley Fintec nació bajo la promesa de ampliar la competencia, facilitar el acceso a servicios financieros e incorporar nuevos actores mediante tecnologías digitales. Pero el desafío nunca fue simplemente aumentar el número de plataformas o registros. El verdadero desafío era determinar qué actividades económicas terminarían beneficiándose de esa transformación.

Pocos países de la región disponen de una arquitectura financiera comparable a la chilena. La banca es sólida, los mercados de capital son profundos y el ahorro institucional alcanza una escala excepcional para estándares latinoamericanos. El crédito al sector privado supera ampliamente el promedio regional y los activos administrados por inversionistas institucionales representan una fracción significativa de la economía nacional.

Sin embargo, la productividad total de factores ha mostrado un desempeño débil durante más de una década, la inversión perdió dinamismo y el crecimiento potencial se ha reducido de manera sostenida. El punto es relevante no porque el sistema financiero sea responsable de esos problemas, sino porque la profundidad financiera alcanzada por el país no ha sido suficiente para revertirlos. Una condición considerada durante décadas como favorable para el desarrollo no produjo, por sí sola, una transformación económica equivalente.

La contradicción es difícil de ignorar. Mientras las finanzas se modernizaban, la economía siguió mostrando dificultades para generar nuevas ventajas competitivas, diversificar exportaciones e incorporar innovación a gran escala. Chile logró construir instituciones financieras modernas. Mucho más difícil ha resultado construir nuevas fuentes de crecimiento.

Buena parte del debate económico sigue concentrándose en cuánto crédito existe, cuántos actores participan o cuántas transacciones se realizan. Mucho menos atención recibe una interrogante más incómoda: qué actividades terminan financiándose gracias a esos recursos y cuánto contribuyen a ampliar la capacidad de crecimiento de la economía.

Por eso resulta equivocado evaluar el éxito de la Ley Fintec por la cantidad de empresas inscritas o por el volumen de operaciones digitales que procesa el sistema. Esos indicadores miden expansión. No miden desarrollo.

La discusión relevante es si las nuevas tecnologías financieras contribuyen a conectar ahorro con inversión, facilitan el surgimiento de empresas capaces de innovar y permiten crear nuevas fuentes de productividad. Si eso no ocurre, la digitalización financiera puede terminar siendo poco más que una versión tecnológicamente más sofisticada de mecanismos ya existentes.

Durante décadas tratamos la modernización financiera como una pieza central de la estrategia de desarrollo. La experiencia chilena sugiere que esa condición era necesaria, pero no suficiente. Una economía no se transforma únicamente porque dispone de más crédito, más instrumentos o más plataformas. Se transforma cuando logra convertir esas capacidades en innovación, inversión y aumentos persistentes de productividad.

La pregunta de fondo no es cuántas Fintec sobrevivirán al nuevo marco regulatorio. Tampoco cuántos registros aprobará o cancelará la autoridad en los próximos años. Lo verdaderamente importante es si Chile será capaz de cerrar una brecha que se ha vuelto cada vez más evidente: la distancia entre la modernización de sus finanzas y la renovación de sus fuentes de crecimiento.

Porque una economía puede pasar décadas perfeccionando sus finanzas. Lo verdaderamente difícil es convertir esa fortaleza en nuevas fuentes de crecimiento.

Por Jessica Cuadros Ibáñez, economista

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