La pedofilia y la risa
Hace unos días circuló en redes sociales un video en el que un grupo de hombres reía en torno a una muñeca que le regalaban a uno de ellos, haciendo alusión a acercamientos inadecuados a menores de edad, lo que les parecía muy gracioso. El remate apuntaba a niños con autismo, porque no hablan, y esa falta de palabra es justamente lo que asegura la impunidad de quien abusa de ellos. La opinión pública se ordenó rápido en torno al repudio. Está bien que así fuera. Pero hay algo en esas risas que me sigue incomodando, y quiero detenerme en eso.
En Chile, según la Encuesta Nacional de Adversidades Tempranas del Centro CUIDA (2021), el 18,5% de las personas adultas declara haber sufrido abuso sexual antes de los 18 años; entre las mujeres, el 28,5%. La edad de inicio es de diez años. El 57,6% de los casos ocurrió en la casa de la propia víctima y el 94,5% de quienes abusaron eran hombres. Cuatro de cada diez víctimas nunca se lo contaron a nadie, y solo el 3% vio condenado a su ofensor. El daño se prolonga en la salud mental, en el cuerpo, en la vida entera de quienes lo sufrieron y en sus familias. Es una epidemia oculta, y no por falta de datos sino por el silenciamiento que además sufren las víctimas.
Durante 2024 hubo 40.754 denuncias por abuso sexual infantil en Chile, más de cien al día. Aun así, apenas una de cada diez causas concluye en sentencia; la mayoría se archiva. Y la encuesta muestra que menos del 9% de los casos llega siquiera a denunciarse.
Estas cifras no coinciden con la imagen del pedófilo-monstruo-enfermo que solemos tener. Pensar que el abuso sexual infantil lo cometen monstruos enfermos tranquiliza, porque un monstruo se reconoce a simple vista y no aparece muy seguido.
Hay que aclarar que la pedofilia es una atracción sexual persistente hacia niños que no necesariamente se traduce en abuso. La pederastia, en cambio, nombra el acto de abusar. Según una columna publicada el 6 de agosto en el diario francés Le Monde, los datos que manejan los clínicos que trabajan con ofensores indican que solo el 40% de los imputados por violencia sexual contra niños son pedófilos. El otro 60% abusa por oportunidad, por dominación, porque «puede hacerlo».
David Finkelhor, que lleva cuarenta años investigando el tema, describió las condiciones que deben cumplirse para que un abuso ocurra: primero, la motivación de quien abusa; luego, la decisión de hacerlo, que exige cruzar las barreras internas; y por último, la caída de las barreras externas, esto es, adultos que cuidan, instituciones que actúan, una cultura que lo considera inaceptable. La motivación sola no basta cuando esas barreras se mantienen en pie.
Ese 60% que abusa porque puede hacerlo necesita saber que puede. Ahí trabaja la risa de estas cofradías. En la geometría del abuso siempre hay terceros. Junto a quien abusa están los que celebran, los que callan y los que intervienen. Una risa colectiva sobre la pedofilia le dice a quien podría pasar al acto que en ese grupo el abuso es negociable, incluso divertido. Y le dice al niño que hablar no sirve, que se reirán de él o que buscarán silenciarlo.
El desafío es volvernos terceros protectores, adultos que toman en serio el abuso sexual para que sean los niños y las niñas quienes rían, tranquilos y confiados en quienes los cuidan.
Por José Andrés Murillo, Fundación para la confianza.
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