Opinión

Bachelet II: hora de un balance

La expresidenta electa chilena, Michelle Bachelet. CHILE INVESTIDURA Felipe Trueba

Michelle Bachelet Jeria es uno de los presidentes más audaces y eficaces de la historia de Chile. Luego de un primer gobierno en que llega a La Moneda gracias a la Concertación, y debe someterse a sus designios, logra perfilarse, sólo cuatro años después, como la única tabla de salvación para ese mismo sector político. Las reglas, esta segunda vez, las puso ella. Y lo que emergió entre 2014 y 2018 fue algo muy distinto a lo visto entre 2006 y 2010. En primer lugar, rediseñó su coalición política: si el eje del primer gobierno había sido el tándem Partido Socialista–Democracia Cristiana propio de la Concertación, ahora el eje sería Partido Socialista–Partido Comunista. Una reactivación del corazón de la UP. En segundo lugar, se acabaron las comisiones infinitas para buscar acuerdos: Bachelet II tiene un diagnóstico radical, un programa de reformas basado en ese diagnóstico y muy pocas ganas de escuchar a la oposición. Eso nos lleva a su tercera característica: su diagnóstico y su programa no provienen desde las entrañas del PS, sino del movimiento estudiantil del 2011. Ella busca a toda costa integrar los eslóganes y las propuestas de ese movimiento, que le tiene suspicacia debido al acuerdo por la educación de 2006. Tiene que mostrarles que está con ellos, partiendo por integrar a dirigentes universitarios del NAU, corazón de Revolución Democrática, a la Fundación Dialoga (y luego al Mineduc). El segundo gobierno de Bachelet es, en muchos sentidos, el primero del Frente Amplio.

El nombre de este cataclismo político es Nueva Mayoría. Y su diagnóstico se llama “El otro modelo” (2013). Este libro era un resumen de las principales tesis expuestas por Fernando Atria en “La mala educación” (2011) y “Neoliberalismo con rostro humano” (2013), pero validadas por varios intelectuales de centroizquierda: Alfredo Joignant, Javier Couso, José Miguel Benavente y Guillermo Larraín. El libro fue presentado por la propia Bachelet, acompañada por Carolina Tohá, y la candidata fue clara: “Si estoy aquí es porque tengo la convicción de que estamos en un momento histórico, en el que las transformaciones son no sólo posibles, sino indispensables (…). Enfrentamos el agotamiento de las soluciones privadas a los problemas públicos (…); debemos construir un país de ciudadanos y ciudadanas, no de clientes, donde, si bien puede haber prestaciones privadas de servicios asociados a derechos sociales, impere el régimen de lo público y no las lógicas de mercado con sus exclusiones y arbitrariedades”. El segundo gobierno de Bachelet sería el gobierno de “el otro modelo”.

¿Y qué implicaba eso? En sus palabras: “Asegurar los cambios que Chile necesita frente a otros que quieren profundizar el modelo y buscar más de lo mismo, nosotros creemos que el país está viviendo otra etapa”. Bachelet utilizaría su mayoría electoral en ambas cámaras, lograda aplastando a una derecha perdida, para introducir el paquete de cambios a nuestro régimen democrático más importante desde Aylwin. Impulsó una reforma electoral que instauró un sistema proporcional, terminando con el binominal; una reforma tributaria que aumentó los impuestos, especialmente los corporativos, y generó nuevos regímenes tributarios; una reforma educacional que prohibió el lucro y la selección, y una reforma universitaria que trajo consigo la gratuidad. A todo esto sumó un proyecto todavía más ambicioso: una nueva Constitución. La bandera final, que sería alzada en medio de la crisis de 2019 y que estuvo a punto de concretarse el 2022.

Hoy, a casi 10 años de terminado ese gobierno, vale la pena evaluar el destino de sus principales reformas. En Chile tendemos a juzgar a la gente por primeras impresiones y tonos de voz, y por eso hemos fallado en reconocer la radicalidad de Bachelet. La verdad es que no hay área de la realidad chilena que no esté estructuralmente marcada por los cambios que introdujo. Y, cuando miramos de cerca, parecen haber profundizado gravemente el daño que pretendían corregir. Después de cada gobierno que termina mal evaluado, sus defensores suelen decir que la historia los absolverá, que tendrán un mejor “lejos”. Con Bachelet II parece ser exactamente al revés, ¿o no?

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