Opinión

Escudo de las Américas: de manual

El manual no escrito de cómo tratar con el presidente norteamericano, Donald Trump, y su doctrina en política exterior bautizada “Donroe” es claro.

Ejemplos, para bien y para mal, hay de sobra. Uno elocuente es el de María Corina Machado. No escatimó elogios y apoyos incondicionales al mandatario, lo que incluyó “regalarle” su medalla del Nobel de la Paz. Como Trump estaba celoso de no haberlo ganado, pensó que el sacrificio de entregárselo -y con su nombre- lo aplacaría.

No le sirvió para nada. Esa sumisión, y hasta humillación -autoprovocada- fue completamente ineficaz en términos políticos. Aún no le permite, el gobierno de Trump, volver a Venezuela. Mientras, Delcy Rodríguez fue recibida con bombos y platillos esta semana por Trump en la ONU, como si ella hubiera sido electa por su pueblo, usurpando el lugar que le corresponde a Machado, o a Edmundo González, quien ganó en las urnas.

Doblegarse, no cabe duda, es una mala táctica.

Hay razones mucho más importantes que las tácticas, desde luego, para oponerse a la doctrina en política exterior de Trump. El debilitamiento del multilateralismo, el fin de la arquitectura internacional post Segunda Guerra, el retorno a una ley de la selva versión siglo XXI (con IA incluida), es del mayor riesgo para la humanidad, cuyos problemas más relevantes requieren soluciones globales. Hacer del poder y la fuerza la única moneda es irresponsable y hasta suicida para los países que no son de los más fuertes, como Chile. Como dijo Mark Carney: si no están sentados en la mesa, serán parte del menú. Y para tener un lugar en la mesa, bueno, debe haber una con múltiples sillas.

El manual muestra que Trump solo reconoce la fuerza y solo respeta a los ganadores, a los seguros, que se le plantan de frente mirándolo a la cara. Es cosa de ver cómo trató esta misma semana a Zohran Mamdani, el alcalde socialista de Nueva York. Pasó de llamarlo comunista peligroso a hablar, después de una larga reunión, de su “gran potencial”, con frases y gestos que fueron todo alabanza. Lo mismo pasó con la gran recepción que le dio a su “gran amigo” Xi Jinping en Washington: no se ahorró ninguna fanfarria para recibir a quien es su mayor rival hoy.

El gobierno chileno actual ha decidido no mirar este manual, ni en lo estratégico ni en lo táctico, y dedicarse a tratar de complacer a Trump. Esto partió desde el comienzo: como presidente electo, Kast fue a ver a Milei, a Orban, a Trump, en su club de golf, justamente por el Escudo de las Américas. La diplomacia son gestos, y el gesto habla por sí solo. Como candidato era parte de ese grupo, pero haber mantenido esa sintonía como jefe de Estado es traspasar barreras que la prudencia hubiera llamado a cautelar.

Lo sucedido con la firma del acuerdo del Escudo de las Américas ha ido aún más allá. Ha asociado a Chile de un modo directo al gobierno de Trump, cuando estratégica y tácticamente no convenía. Todo eso mientras Estados Unidos desconoce, en los hechos, el TLC con Chile. Y con enorme opacidad, además: Chile dice una cosa, los documentos oficiales de Estados Unidos, otra. El alcance real del acuerdo es un enigma, lo que será debatido mañana en la interpelación al canciller, y en los meses siguientes.

Kast firmó esto, además, sin acuerdo con nadie más allá de la órbita oficialista, y ha creado una fisura política, una zanja, en la población y en la clase política. Las encuestas muestran un país dividido en dos respecto de la medida. Desde el punto de vista político, la firma del Escudo ha unido a toda la oposición como quizás ningún otro tema hasta ahora, salvo el intento de nuevo estado de excepción en materia de seguridad. No solo han hablado excancilleres y embajadores de izquierda y centroizquierda de amplia experiencia en la materia. Que los expresidentes Boric y Bachelet se hayan pronunciado públicamente contra el Escudo de las Américas y que hayan pedido que Chile reconsidere su membresía es algo que no tiene precedentes, es cierto, pero tampoco lo tiene pertenecer a un pacto así.

Al Presidente Kast le hicieron “la” pregunta del momento en Nueva York: qué haría para no tomar partido entre las dos potencias. Dijo que no era ni pro China ni pro Estados Unidos, sino ”pro Chile”.

Pero su decisión respecto del Escudo de las Américas lo contradice. Entender el manual, en lo estratégico y en lo táctico, hubiera llamado a mantener la búsqueda de neutralidad, transversalidad y dignidad frente a las potencias extranjeras, que es la tradición de la política exterior chilena, buscando además una sólida unidad nacional en sus decisiones.

Basta recordar al expresidente Ricardo Lagos diciendo “no” a Bush por la guerra de Irak, ad portas del TLC. Es cierto que las circunstancias son distintas, pero sigue siendo ese uno de los momentos más altos de nuestra política, y no solo la exterior.

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