Por Ascanio CavalloEl escudo envenenado

¿Qué pasó esta semana en Nueva York? Se abrió la crisis más impensada, en el campo más impensado, para el gobierno más impensado. La produjo el gobierno a solas, sin necesidad de la oposición, de los excancilleres e incluso de dos expresidentes cuya intervención causa todo tipo de dudas. Y, por alguna misteriosa razón, otra vez un alto funcionario -esta vez el canciller, la anterior el propio presidente- intenta superar el problema apelando a la unidad del país. ¿En serio? ¿Está en peligro la unidad del país?
No era incongruente que un gobierno de Kast buscara una alianza con Estados Unidos para combatir el crimen trasnacional organizado. Tan congruente parecía, que Kast se adelantó a adherir a la primera oferta de Washington en esta línea -el llamado Escudo de las Américas-, aun antes de asumir la presidencia. Sólo que este no era -no es- Estados Unidos en general, sino el Estados Unidos de Trump.
Y entonces vino la tropelía de los aranceles.
Ni Kast ni el canciller ni sus equipos estaban preparados para esto. Igual que la política comercial abusadora de los aranceles, el Escudo de las Américas ha ido cambiando de formas, reglas y alcances. Al principio pareció que era posible adherirse retóricamente, sin compromiso, casi como una señal para que los carteles del crimen huyeran de puro susto. Una forma de prestar el alma sin venderla.
Pero esto se degradó rápidamente, con no poca complicidad de algunos países -Argentina, Ecuador, Colombia, El Salvador-, cuyos gobiernos querrían una alianza más “carnal” (como famosamente dijo Menem en los 90) con el Estados Unidos de Trump, y una intervención más estentórea en contra del crimen que, en algunos casos, efectivamente los asfixia. Entonces es cuando el Escudo de las Américas y los aranceles se encuentran. Los que no sean tan efusivos pueden mirar los aranceles.
El gobierno chileno se queda sin respuesta. Lo presiona Estados Unidos, cómo no, invisible y visiblemente. Miles de productores y trabajadores dependen de que el gobierno no dé un paso en falso: el 12,5% de aranceles ya ha sido un golpe muy duro, cualquier alza empeoraría las cosas. Y sería culpa del gobierno.
La trampa perfecta. El gobierno de Kast debe asistir a una reunión de jefes de Estado del Escudo de las Américas en la que no estará Trump, pero sí sus principales ejecutores. La puesta en escena es expresiva: la ausencia de Trump significa que ya los da a todos por listos. Por si acaso, está presente el jefe de comercio de la Casa Blanca, la pistola sobre la mesa. Se lee una “declaración” que es presentada como suscrita por todos: desde este punto, todos son signatarios, todos se declaran vinculados, todos son miembros del Escudo de las Américas. Ninguno queda embarazado a medias.
La Cancillería se apura en emitir un comunicado que dice que se trata de algo ligero, sin compromisos de ningún tipo, estrictamente limitado a la seguridad. ¿Por qué tanta prisa con este comunicado? ¿Deseos de ganar la interpretación, anticipar la lectura, dirigir la atención? ¿Servicio periodístico, pasada de listo?
Cuando se hace público el documento oficial se advierte que toda la primera parte tiene que ver con mecanismos económicos de doble significado, que pueden servir contra los carteles, pero también contra otros adversarios políticos, como el screening de inversiones, los minerales críticos o la infraestructura digital. ¿Qué ocurrirá cuando algo de esto contraríe las prioridades del Estados Unidos de Trump?
De aquí en adelante, la Cancillería no hace más que enredarse. Superando su comunicado inicial, sostiene que el Escudo de las Américas: a) sólo es un mecanismo de coordinación; b) no es un tratado; c) no compromete la soberanía. Se expone a que lo desmienta el signatario-mandante. O a que lo desmienta la realidad.
Por ejemplo: el mecanismo de coordinación incluye nada menos que la posibilidad de convocar al TIAR, un antiguo tratado de defensa recíproca que compromete el apoyo militar, como lo invocó Argentina en la guerra de las Malvinas.
Por ejemplo: para que no sea un tratado, no debe crear obligaciones. Pero el Estados Unidos de Trump lo planteó para crear obligaciones, no para que los países adherentes las eviten. No cumplir un tratado siempre tiene consecuencias, malas o peores.
La cuestión de la soberanía es la más opinable. Los militares estimarán que sí hay compromiso. Los internacionalistas, no tanto. En cualquier caso, la soberanía es el centro sensible del gobierno. Aquí está el corazón de su orgullo, gravemente tocado con el Escudo de las Américas. Puede no admitirlo, puede rechazar esa interpretación. Pero la infatuación en ese orgullo no ayudará al gobierno. En el contexto en que se da, el llamado del canciller a la unidad suena más bien como un “compréndanos”.
Y así marchará el canciller esta semana a una interpelación parlamentaria, única en la historia, que empezó siendo pan comido y que, cumpliendo con la capacidad de peligro que siempre tienen estas cosas, amenaza derivar en un momento pavoroso, quizás no sólo para él.
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