Opinión

Para darle vueltas

Foto: Pablo Vásquez - La Tercera

Música verbal. A lo mejor no es muy convincente por la manera en que lo dice, pero tiene la gracia de ser original, polémico y enfático. En una columna de opinión, Javier Cercas señala que en castellano hay solo tres escritores que cambiaron de raíz el código literario de su tiempo. “Garcilaso lo hizo a principios del siglo XVI, adaptando el castellano a la música italiana de Petrarca; Rubén Darío lo hizo a finales del siglo XIX, adaptando la música francesa de Verlaine; Borges lo hizo a mediados del siglo XX, adaptando la música inglesa de una serie de prosistas, en teoría más bien menores, de la era victoriana”. Remata: “Los tres son revolucionarios netos, que renuevan de raíz la lengua literaria y las convenciones de su época, lo que no significa, sin embargo, que sean los grandes artistas de nuestra lengua, ni siquiera, necesariamente, los más grandes”. Por ejemplo, concede que alguien podría juzgar que Quevedo y Góngora son superiores a Garcilaso, no obstante que operaron al abrigo de un código o una tradición que acataron con singular talento. En estos terrenos -concede Cercas- pareciera ser que el tiempo es el factor que dice la última palabra. Cuando se publicó en 1605, El Quijote fue leída como una novela entretenida, pero no mucho más que eso. Señala Cercas que 150 años después, sin embargo, en gran parte cuando una serie de escritores ingleses (y algún francés, dice él) reparó que era un libro fundamental, la obra se transformó en la piedra angular de la novela moderna. El tiempo había hecho su trabajo. Agrega que también puede hacerlo al revés y pone como ejemplo el caso de Anatole France, un escritor hoy irrelevante y que nadie lee, pero que en su tiempo fue una celebridad y era considerado genial. Brilló como nadie en su época y el problema es que no la sobrevivió. No en vano Marcel Proust se inspiró en él para construir el mítico personaje de Bergotte, el escritor por excelencia, en En busca del tiempo perdido. A todo esto, ¿no es verdad que es mucho mejor Javier Cercas hablando de literatura que de intrigas vaticanas?

Término medio. No hay realizador que tenga una fórmula infalible para trabajar con los actores. Hay directores que abiertamente los desprecian. Hitchcock decían que eran como ovejas, una boutade que solo habla de su falta de gratitud hacia figuras como Cary Grant, James Stewart, Ingrid Bergman, Grace Kelly o Anthony Perkins. Wyler los obligaba a repetir hasta 200 veces una toma. Otros, por su parte, los endiosan y les dejan pasar todos sus caprichos. Depende mucho del poder que tengan los actores. Si son “estrellas”, saben que es mejor andarse con cuidado. Steve Soderberg, el hombre del campanazo en Cannes 89 por su primer largometraje, Sexo, mentiras y videos (director además de títulos como Traffic, Erin Brokovich, Ocean Eleven y sus secuelas, o Presencia, entre las más recientes), dice que hay dos tipos de realizadores: los que quieren que los actores trabajen para ellos y los que quieren que los actores trabajen con ellos. “Personalmente -dice-, me incluyo en la segunda categoría… No permito que trabajen en una dirección que pueda perjudicar a la película, pero les dejo una gran libertad en la creación de su papel. No soy un director muy autoritario, me gusta delegar y que me sorprendan. Con los actores, de hecho, hablo muy poco de los personajes. Si algo no les parece, si tienen preguntas, claro, les respondo. Pero a veces no tengo respuesta, o solo parte de la respuesta”. Podrá discutirse su planteamiento, pero hay que reconocer que mal no le ha ido.

Simetría. Puesto que la Odisea está de vuelta, un libro de Christopher Vogler sobre la persistencia de las estructuras provenientes de la mitología griega en los relatos que conciben guionistas, dramaturgos y novelistas revela que nada nuevo hay bajo el sol, que los esquemas argumentales no son tantos como a veces creemos y los temas de la búsqueda del tesoro, del regreso a casa, del amor prohibido, de la redención o de que las puras buenas intenciones no bastan se repiten bajo distintos ropajes una y otra vez. Y a este último respecto cita un cuento de O. Henry (El regalo de los Reyes Magos). O. Henry fue un gran cuentista norteamericano de comienzos del siglo XX, famoso por los desenlaces sorprendentes y golpeadores de sus relatos. En este caso, no se trata exactamente de un cuento de Navidad, y si lo fuera, vaya que es cruel. Unos jóvenes esposos de escasos recursos económicos se sacrifican para poder sorprenderse mutuamente con regalos de Navidad. Él vende su valioso reloj de bolsillo con la intención de comprar un prendedor para la hermosa y larga cabellera de su mujer. Ella se corta sus preciosos rizos para venderlos y comprar una cartuchera para el reloj de su marido. Aunque los regalos resultan inútiles, lo que prima es el regalo del amor.

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