Opinión

Los valientes

La reciente muerte de Juan Pablo Cárdenas y el Nobel de la Paz otorgado a la sudafricana Navi Pillay reúne dos trayectorias que nos obligan a mirar más allá del homenaje. Desde el periodismo y el derecho, ambos hicieron de la defensa de la libertad una tarea concreta, sostenida incluso cuando cumplirla significaba pagar un alto precio personal.

Cárdenas, Premio Nacional de Periodismo y fundador de revista Análisis, ejerció su oficio cuando informar era desafiar a una dictadura. La cárcel, la persecución y el amedrentamiento fueron consecuencias de publicar lo que el régimen quería ocultar. Su valentía ayudó a mantener abierta una ventana por la que otros podían ver, comprender y resistir. Defendiendo el derecho a informar, defendía también nuestra libertad.

Pillay enfrentó el apartheid y dedicó su vida a los derechos humanos y la justicia internacional. Su trayectoria recuerda, entre otros, que la dignidad humana no varía según la fuerza del Estado que la atropella y que la legalidad internacional pierde su sentido si solo obliga a los débiles y admite excepciones para los poderosos: un genocidio es un crimen y quién lo perpetra es un criminal.

Reconocer estas vidas no implica canonizarlas, borrar contradicciones ni atribuir superpoderes a personas de carne y hueso. Podemos incluso discrepar de sus opiniones sin dejar de reconocer su coraje. Convertirlos en seres excepcionales, ajenos a nuestras posibilidades, sería una forma cómoda de eludir la exigencia de su ejemplo. Un ejemplo nos ofrece hoy un espejo incómodo.

La libertad de prensa, los derechos humanos y las reglas de convivencia internacional enfrentan amenazas que conocemos: el autoritarismo en ascenso; la polarización y redes de comunicación que pueden convertirse en instrumentos de manipulación y vigilancia. A eso se suma la ruptura de un marco común para interpretar la vida compartida que convierte a los hechos en una materia de adhesión o rechazo según quién los enuncie.

Pero sería demasiado fácil atribuir todo el deterioro a fuerzas externas. Las libertades también languidecen por nuestra desidia, frivolidad o flojera. Cuando renunciamos a informarnos, compartimos una mentira porque favorece nuestra causa o relativizamos un atropello porque afecta a alguien que nos desagrada, contribuimos a debilitar aquello que decimos valorar.

La prueba se vuelve exigente cuando defender un principio incomoda a los nuestros, compromete una oportunidad o nos expone al rechazo. Ahí se juega la diferencia entre proclamar convicciones y sostenerlas. La libertad de expresión incluye la voz que nos irrita; los derechos humanos protegen también a quien no nos inspira simpatía y su defensa requiere esa consecuencia, incluso cuando no ofrece aplausos.

Los valientes nos recuerdan que la prevalencia de lo correcto necesita a quién lo hace y a quién lo defiende. Los premios reconocen ese esfuerzo, pero no lo sustituyen. Tampoco el homenaje, porque admirarlos no nos exime de actuar. La libertad que los valientes ayudan a preservar es también la nuestra y su cuidado y defensa también nos corresponde.

Por Camilo Feres, director de Asuntos Políticos y Sociales de Azerta

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