Por Cristóbal OsorioBachelet, la última bengala

Para el gobierno y el oficialismo, Bachelet y Vallejo son figuras que los desconciertan. Su capacidad para generar tracción digital, engagement y sintonía emocional es néctar para los medios.
El regreso de la primera -que en palabras de Vidal exige paliativos estomacales a la derecha- reordena a una oposición que lanza una última bengala en busca de salvataje.
Frente a esa esperanza, a los detractores de la expresidenta solo les queda sembrar dudas y amplificar errores. La primera embestida apunta a que Bachelet abre prematuramente la carrera y que su figura terminará por desgastarse. El argumento no resulta convincente, pues Piñera y Kast fueron candidatos durante largos años, y Parisi va por su tercer intento. El verdadero desgaste solo se materializa cuando se carece de apoyo y lealtades de fondo, tal como le ocurrió a Matthei.
El segundo dardo apunta a un elenco de nombres añosos que parecen pertenecer a otra era, encabezado por figuras como el propio Vidal. No obstante, para un electorado mayoritariamente beneficiado por las políticas de Bachelet y hoy golpeado por la dureza de la Hacienda de Kast, el elenco no representa un lastre del pasado, sino un equipo de “clásicos incombustibles” dispuesto a un last dance.
El tercer movimiento denuncia de manera implícita una falta de renovación. No obstante, la queja proviene de una generación intermedia entre ella y Boric, que por deméritos propios (y no defectos de Bachelet) ha quedado a medio camino en el calendario del poder. Administrarán partidos, ocuparán ministerios o analizarán la contingencia en los medios, pero la diosa Fortuna esquivó besarles la frente. La lección es que la sed de poder sin magnetismo social ni político los convierte en cuerpos de sacrificio, sin los honores de la gloria.
La cuarta estocada llega desde la presidencia del Senado, donde la senadora Núñez cuestionó la estatura de estadista de Bachelet. La senadora olvida las lecciones de civismo republicano que Bachelet compartió con Piñera, confundiendo la prudencia razonable con la vocación de poner siempre la otra mejilla. Un error que ella misma padeció en su reciente cruce con Poduje.
El PS tendrá que saber administrar el regreso de Bachelet. Algunos veían esta elección presidencial como la oportunidad perfecta para probarse en la papeleta, elevar su conocimiento público o probar su muñeca de negociación. Otros verán eclipsados sus liderazgos por el poder hipnótico del bacheletismo. Y, los que practican el canibalismo refrendarán sus pulsiones como ocurrió con Lagos en 2017.
Bachelet lo ha logrado. Quizás solo quería incomodar y demostrar que en política las cuentas pendientes y las deslealtades se pagan. Su jugada, además, resulta inteligente porque, emulando el ciclismo, la expresidenta se posiciona como líder de ruta para ordenar el pelotón, fijar el ritmo y decidir los momentos oportunos de ataque. En este deporte, como en la política, el líder no siempre busca el podio, sino que a menudo asume el desgaste para que sea otro quien cruce la meta.
Por Cristóbal Osorio, profesor de derecho Constitucional, Universidad de Chile
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