Por Teodoro RiberaRedibujando el mapa geopolítico

Recientemente, Washington y Buenos Aires anunciaron el Corredor Andes-Atlántico, que conectará los minerales críticos del noroeste argentino y la energía de Vaca Muerta con los puertos atlánticos. En la costa del Pacífico, por su parte, Chancay, operado por la china COSCO, movilizó 200.000 TEU en el primer semestre de 2026, 70,9% más que el año anterior. Según expertos, cerca del 8% del comercio chileno en contenedores ya transita por puertos peruanos.
En un orden cada vez más geoeconómico, las salidas al mar se volvieron activos de seguridad, y Argentina y Perú han sabido ponerlas en valor. Buenos Aires firmó con EE.UU. un acuerdo de comercio e inversión recíproca y en julio obtuvo el arancel adicional mínimo. Perú acogió la operación china de Chancay mientras profundizaba su relación estratégica con Washington. Chile buscó por décadas posicionar sus puertos como plataforma logística regional. Quizás las trabas institucionales, el legalismo excesivo y la falta de prospectiva se volvieron contra esa apuesta, y hoy los megaproyectos logísticos eligen otras rutas.
En el extremo austral, Argentina busca hacer de Ushuaia y la base Petrel una puerta antártica, con EE.UU. como socio. Su diseño mira menos a Chile que a ser actor principal de la cuestión antártica. Chile, con una condición antártica privilegiada, parece haber preferido una mirada multilateral que dejó en segundo plano la vocación territorialista que empieza a imperar en el austro.
La seguridad muestra una tendencia similar. Washington centró sus prioridades hemisféricas en el combate al crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Chile no es productor de drogas ni sede de grandes cárteles, pero su geografía se vuelve atractiva para este flagelo. Siendo que su adhesión al Escudo de las Américas respondería a necesidades operativas concretas: acceso a información, análisis de datos y capacitación policial, el debate interno derivó pronto en una batalla de trincheras sobre el alineamiento con EE.UU., la soberanía y la figura de Trump. Para Washington fue un experimento de laboratorio, que le permitió constatar que en la región hay distintos techos en la relación con su país.
La institucionalidad, la apertura y los tratados de libre comercio dieron a Chile estabilidad, crecimiento, poder blando y desarrollo. Esos pilares siguen siendo valiosos, pero en un orden más transaccional empiezan a perder competitividad. Las potencias privilegian hoy la seguridad económica, las alianzas selectivas, los recursos críticos y las cadenas estratégicas, y buscan socios con prioridades compartidas y proyectos de largo plazo.
El Presidente Kast hereda un cuadro de causas multidimensionales, incubadas durante años y varios gobiernos hacia atrás. Hoy hay más conciencia de los cambios globales, pero persisten las competencias cruzadas, la falta de rigor y las miradas que no superan la contingencia. Urge dialogar y fortalecer una política exterior de Estado, vertebrada por una Cancillería cuyas competencias no sean disputadas o invadidas por otros órganos.
Por Teodoro Ribera, rector de la Universidad Autónoma de Chile y ex ministro de Relaciones Exteriores
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.
Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE


















