Paula

Hablemos de amor: ¿qué es ser una buena madre?

Un desafortunado comentario de un colega llevó a María José a reflexionar en torno a la idea de que una madre debe renunciar a su propio bienestar en pos de los hijos. ¿Es eso ser realmente una buena madre?

Quienes somos madres y trabajamos en sistemas de turnos sabemos que las vacaciones escolares no siempre significan descanso. Muchas veces significan reorganizar horarios, anticiparse a cuidados, coordinar con otros y tratar de hacer calzar la vida laboral con la vida familiar.

Soy enfermera y hace un tiempo, mientras conversábamos en la estación de enfermería sobre las vacaciones de mis hijos, me di cuenta que había pedido algunos días libres justo en la semana en que mis hijos estarían conmigo. En ese momento pensé en que quizás habría sido más necesario para mí pedirlos en la semana en que estarían con su padre, simplemente para descansar. Lo dije en voz alta, casi como talla. Pero la conversación tomó otro rumbo.

Uno de mis compañeros de trabajo, bastante mayor que yo, me respondió que una madre debía estar siempre con sus hijos, que una mamá tenía que ser abnegada, sacrificada y poner siempre a sus hijos por delante. Cuando le expliqué que amo profundamente a mis hijos, pero que eso no significa que no me canse, que no necesite descansar o simplemente existir fuera del rol materno, me respondió algo que todavía me sigue dando vueltas: “Yo creo que usted es una mala madre”.

Lo primero que sentí fue desconcierto. Por unos largos segundos quedé completamente anonadada. No podía creer lo que acababa de escuchar. Me sorprendió que alguien pudiera sentirse con la libertad de emitir un juicio tan categórico sobre algo tan íntimo y complejo, basándose únicamente en una frase dicha en una conversación casual.

Después sentí rabia, y finalmente apareció una pregunta que hasta hoy sigue dando vueltas en mi cabeza: ¿Qué significa realmente ser una buena madre?

Porque pareciera que, para muchas personas, ser una buena mamá es una mujer que nunca se cansa, nunca colapsa, nunca necesita silencio, nunca extraña su vida anterior y jamás pone sus propias necesidades por delante. Una especie de figura inagotable, siempre disponible, casi sin identidad propia. Pero las madres seguimos siendo personas.

Yo trabajo en sistema de turnos. Tomo decisiones durante todo el día, organizo equipos de trabajo, contengo pacientes, crisis y angustias. Y después vuelvo a casa, donde comienza mi segundo turno: comidas, tareas, ropa, organización, emociones, responsabilidades y maternidad.

No escribo esto porque crea que ser madre no implica sacrificios. Los implica y muchos. Pero me inquieta que muchos todavía sigan confundiendo amor con renuncia. Como si una madre demostrara cuánto quiere a sus hijos según cuánto de sí misma esté dispuesta a perder en el camino.

Quizás ha llegado el momento de entender algo simple: detrás de cada madre sigue existiendo una persona. Y amar a los hijos nunca debería exigirle a una mujer desaparecer.

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