Opinión

Entre la nostalgia y el futuro: la orfandad del presente

La política chilena parece atrapada entre la nostalgia y el futuro. El presente no existe.

De un lado, una oposición que ha decidido refugiarse en el espejo retrovisor para eludir el debate contemporáneo y maquillar su falta de propuestas con apelaciones a figuras de otro tiempo; en el extremo opuesto, un oficialismo que exige confianza ante un porvenir abstracto, mientras la realidad material se deteriora día a día. Ambos relatos, examinados con rigor desde la comunicación política y la estrategia pública, son profundamente equívocos. Lejos de movilizar, operan como un sedante colectivo que solo alimenta un estado de ánimo marcado por la incertidumbre, el desencanto y el pesimismo.

La nostalgia no es simplemente recordar; en política, es una renuncia explícita a la imaginación y al diseño de futuro. Es la canonización de una época dorada —real o ficticia— que se utiliza como trinchera emocional frente a la incapacidad de procesar los dilemas del Chile actual. Sus símbolos en nuestro debate son elocuentes y reiterativos: los rituales en torno al 5 de octubre, los homenajes de despedida adelantada y los actos cerrados de desagravio a la expresidenta Michelle Bachelet, entre otros. Hitos legítimos en función de la memoria histórica y el afecto partidario, pero que operan como un síntoma de extravío frente a la falta de propuestas para enfrentar el hoy. Se rememora lo que ya fue para no enfrentar lo que no se es.

Cuando una fuerza opositora dedica más tiempo a conmemorar sus glorias pasadas que a articular respuestas contundentes a la crisis de seguridad, a la informalidad laboral o a la fragmentación social, el mensaje implícito es demoledor: lo mejor ya ocurrió. Esta oposición carece hoy de un proyecto convocante. Administra nostalgias porque no sabe cómo diseñar horizontes y eso la hace intrascendente.

En la vereda contraria, el gobierno incurre en un error comunicacional de manual: la confusión del del presente en favor de un futurismo abstracto. Desde la disciplina del encuadre (framing), toda narrativa que proyecta horizontes transformadores pierde legitimidad cuando colisiona frontalmente con la experiencia cotidiana. Mientras el desempleo bordea los dos dígitos, el crecimiento económico permanece estancado, la inversión privada no despega y la cuenta de la luz o el costo de la canasta básica devoran el presupuesto doméstico, el relato oficialista insiste en pedir paciencia y adhesión a una promesa de futuro. Pedir entusiasmo por el mañana a quien hoy debe hacer malabares para llegar a fin de mes muestra desconexión y falta de empatía. Comunicar el porvenir como refugio frente a la incapacidad de resolver las urgencias inmediatas es leído por la ciudadanía como indolencia.

El proyecto de Presupuesto 2027 transparenta esta fractura con nitidez. Presentado bajo la promesa de cautelar la disciplina macroeconómica y proyectar las bases del desarrollo futuro, su diseño inicial terminó transmitiendo una señal alarmante: la contención fiscal recayó con particular dureza allí donde el Estado debía tender la mano con mayor urgencia. Ajustes en partidas sensibles, estrechez en programas de apoyo directo y reasignaciones que tocan a los sectores más vulnerables revelan la contradicción del relato. No se puede enarbolar la bandera de un Estado de bienestar en el discurso mientras en la planilla presupuestaria se recortan los amortiguadores sociales de las familias más castigadas por la inflación y la precariedad. Cuando el primer borrador de la ley de presupuestos golpea a quienes menos margen tienen, la promesa de transformación estructural se desvanece y solo queda a la vista la incapacidad de ordenar prioridades en el aquí y el ahora. Así la simpatía respecto del gobierno se hizo escasa - presentando según la última encuesta Criterio- el nivel de desaprobación más alto en lo que va de su mandato.

Nostalgia y futurismo representan una especie de fraude comunicacional con efectos institucionales severos. La apelación opositora al pasado excluye a las generaciones jóvenes, para quienes la transición pactada es historia de museo y no una referencia vital. El futurismo gubernamental irrita a las mayorías trabajadoras, que resienten la postergación de sus urgencias en nombre de un bienestar lejano que no se siente propio.

El resultado es poco alentador, desconectado. Una élite política que se divide entre quienes solo miran hacia atrás y los que solo contemplan una cima inalcanzable, mientras que nadie se hace cargo del suelo que pisamos hoy. Esa orfandad de presente es el caldo de cultivo perfecto para la apatía electoral y el auge de liderazgos populistas y mesiánicos que prometen lo que no se puede.

Chile no saldrá de su estancamiento apelando a las glorias de la Concertación ni consumiendo promesas abstractas de futuro esplendor. Requiere una política anclada en la disciplina del presente: gestión rigurosa, crecimiento tangible, seguridad sin complejos y un puente creíble entre las urgencias de hoy y las certezas de mañana.

Hasta que ambos bloques y sus márgenes, abandonen sus respectivos refugios narrativos, el país seguirá atrapado entre la melancolía estéril y la desilusión cotidiana.

Por Claudia Miralles, gerenta Imaginaccion Comunicación Estratégica.

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