Opinión

Magnifica Humanitas

El papa León XIV en la misa en la Basílica de la Inmaculada Concepción de Mongomo. Foto: Vatican Media / Zuma Press / Europa Press / Contacto.

Vivimos en una época en la que la tecnología avanza a una velocidad difícil de seguir. La inteligencia artificial (IA) ya no es cosa del futuro: está presente en la medicina, en la educación, en el trabajo y hasta en la forma en que nos informamos. En este contexto, la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, propone algo que puede parecer obvio, pero que cada vez lo es menos: que el ser humano debe seguir estando en el centro. No somos datos, ni perfiles, ni simples funciones dentro de un sistema. La advertencia no es exagerada. Cuando todo se mide por eficiencia, rendimiento o utilidad, el riesgo es claro: olvidar aquello que no se puede medir —la dignidad, la libertad, la vida interior— y que, sin embargo, define lo que somos.

Para explicar este desafío, el pontífice utiliza una imagen muy gráfica: la alternativa entre Babel y Jerusalén. Babel representa una humanidad fascinada por su propio poder, que termina uniformando y dominando hasta perder el sentido de lo humano. Jerusalén, en cambio, simboliza una comunidad que se construye en la cooperación y el respeto mutuo. Es una forma sencilla de plantear una pregunta compleja: ¿la tecnología nos está acercando o nos está deshumanizando? Sin embargo, la realidad es más matizada. La historia muestra que la tecnología puede ser ambas cosas a la vez: puede generar desigualdades y control, pero también mejorar la vida de millones de personas. Todo depende de cómo la usamos y, sobre todo, de qué idea tenemos del ser humano.

Algo parecido ocurre con la crítica de León XIV a la “obsesión por la eficiencia”. Es verdad que si todo se reduce a hacer las cosas más rápido o con menos costo, podemos terminar olvidando lo esencial. Pero también es cierto que la eficiencia, bien entendida, puede servir al bien común. Gracias a la inteligencia artificial hoy se pueden detectar enfermedades con mayor precisión, optimizar el uso de recursos o facilitar el acceso al conocimiento. El problema no es la tecnología en sí, sino qué lugar le damos en nuestras vidas. No se trata de elegir entre tecnología y humanidad, sino de integrarlas de forma inteligente, de modo que la primera esté al servicio de la segunda.

De cualquier forma, el mensaje más importante de la encíclica es este: hay que custodiar lo humano. No para rechazar la tecnología, sino para orientarla. Podemos seguir avanzando, innovando y desarrollando nuevas herramientas, pero sin perder de vista lo esencial. Porque al final, ninguna inteligencia artificial podrá responder por nosotros a las preguntas más importantes: cómo queremos vivir, qué es una vida buena, qué significa ser feliz. En eso, todavía —y afortunadamente—, seguimos siendo insustituibles.

Por Gonzalo Rioseco Martínez, Decano Facultad de Derecho

Universidad del Desarrollo

Más sobre:TecnologíaInteligencia ArtificialSer humano

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

CYBER 50% Plan Digital+$5.990 al mes SUSCRÍBETE