Una polémica nada de fome
El “Sedinazo” -la entrevista de más de dos horas de la exministra Segegob Mara Sedini, en su “casa”, el programa Sin Filtros- se tomó la agenda mucho más de lo que el gobierno que dejó, el gobierno de los “fomes” en su decir, hubiera querido.
Y es que a un gobierno en que “se visten fome, responden fome”, no le habría pasado ese error de cálculo: que su exvocera rompiera códigos de esa forma, dando una entrevista para contar “su verdad” bajo el lenguaje, el estilo y el marco más bien de la farándula que de la política.
Desde Palacio han tratado de bajarle el perfil a todo esto, relevando más bien el traspaso de códigos, y que la forma y el fondo de lo que ella planteó esa noche de martes revelaba cuán correcta había sido la decisión de sacarla 69 días después (pero ya se sabía eso, antes de esta entrevista). Y también, enfatizar el tinte parafernálico, farandulesco, estridente (poco fome, poco serio), de su performance televisiva.
Y es cierto que hubo todo eso. También es cierto que este nivel de detalle en el ajuste de cuentas -con redoble de tambores- está fuera del código con que hasta ahora los exsecretarios de Estado habían “contado su verdad” después de partir de los pasillos palaciegos. También lo es la flagrante falta de autocrítica de Sedini, eso de que su peor error fue “dejarse amarrar” por “una de las tres personas más poderosas de La Moneda”, sin entrar a lo que fueron sus propios yerros y déficits. Aquello revela una, al menos, débil comprensión del rol de un ministro o ministra de Estado, así como sus responsabilidades políticas y constitucionales. (La explicación de que uno de sus errores no era su responsabilidad, porque aquello veía de un papel que le habían dado desde Presidencia, abona a esa idea. Si lee y repite minutas sin discernir -o, ya que estamos, filtrar- eso es un serio
problema para un ministro, máxime a cargo de la Secretaría General de Gobierno).
Dicho eso, en medio de esta larga y colorida entrevista hay un par de críticas políticas importantes, que pasan más desapercibidas -o desactivadas- por la variedad de temas y de antagonistas que señaló en esas dos horas.
Primero, la “verdad” de Sedini deja aún más en evidencia el enorme y peligroso cambio en el esquema de poder con que el gobierno del Presidente Kast debutó. El diseño original era que el poder de concentrara en una especie de jefe de gobierno, encabezado por el jefe de asesores del Segundo Piso, Alejandro Irarrázabal (el tercero más poderoso, según Sedini, el que, según ella, reprochó su personalidad alérgica a la fomedad). Un jefe de gabinete que, en el diseño y en la práctica, mandoneó ministros a su aire, pero sin las responsabilidades ni los límites del marco legal con que un ministro de Estado opera. Era, en los hechos, una desinstitucionalización del poder dentro del Ejecutivo, y en su relación con los partidos políticos (no por nada, el senador Squella, presidente de republicanos, fue el más vocal detractor de ese modelo). Un Segundo Piso que, en realidad, actuaba de primer piso, uno de micromanagement de los ministros, mientras el presidente hacía rol de jefe de Estado.
No solo la idea era desempoderar al gabinete, sino también hubo un intento de derogar -por la vía de los hechos- un ministerio, la Segegob, y sus atribuciones, y trasladarlas, sin cambios institucionales y legales que lo sustentaran, hacia un no-ministro.
Un vocero o vocera sin voz. O con voz implantada. Ventrílocua.
Aquello, dirán desde el oficialismo, se entiende ya corregido, desde el cambio de gabinete en que salió Sedini y en que Claudio Alvarado fue empoderado como biministro y primus inter pares.
Pero las huellas de ese diseño persisten. Esa fue la estrategia y la pulsión original, de poderes fácticos más que institucionales. Y el jefe de asesores que comandó esta idea sigue en su cargo.
Por último, hay algo bastante machista en lo relatado por Sedini: un esquema en que a una mujer se le quitan todas sus atribuciones de fondo y se le pide que hable sólo lo que otros hombres deciden; en que se la trata de “niñita” y se la manda a dejar de “hablar huevadas”. ¿Para qué la eligieron? Kast y su equipo sabían quién era ella y cuál era su estilo, que por lo demás estaba a la vista en Sin Filtros, desde donde saltó a la fama y donde hoy quemó todas las naves con el oficialismo.
La crítica de Sedini a los abrazos de la primera dama cuando fue el cambio de gabinete también va en esa misma línea. Las “manitos y abracitos”, como dijo, no venían al caso cuando las dos ministras fueron despedidas. Era un momento tan solemne como duro, en el que esos gestos -por bien intencionados que fueran- parecieron condescendientes. Incluso, infantilizantes.
Pero la pregunta para Sedini, si damos por ciertos los machismos que denunció, es una: ¿Por qué no renunció?
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