Opinión

La lectura comienza en casa

Los últimos resultados de PISA vuelven a plantear una señal que Chile no debería ignorar. Los estudiantes chilenos obtuvieron 436 puntos en lectura, 12 menos que en 2022, y solo un 62% alcanzó al menos el nivel básico de competencia lectora. Conviene mirar estas cifras con perspectiva. Chile sigue entre los países de mejor desempeño de América Latina y el retroceso no es exclusivamente nuestro. Desde 2015, el promedio de la OCDE también ha caído de manera significativa.

Estamos, por tanto, ante algo más amplio que una dificultad escolar. Las pantallas ocupan una porción creciente de nuestro tiempo, la atención prolongada parece hacerse más difícil y niños y jóvenes van perdiendo familiaridad con la lectura por placer.

Ante estos resultados, la mirada se dirige naturalmente hacia la escuela. Profesores, metodologías y políticas públicas tienen un papel decisivo. Pero hay algo que no debiéramos olvidar. La escuela puede enseñar a leer. Mucho más difícil es que, por sí sola, consiga que un niño quiera seguir leyendo cuando termina la jornada.

Es allí donde la familia puede hacer una diferencia.

La evidencia muestra que los niños se benefician cuando los libros forman parte de la vida cotidiana, cuando existe lectura compartida y cuando observan a los adultos leer. No se trata de trasladar a las familias la responsabilidad de la escuela, sino de reconocer que los hábitos culturales también se transmiten mediante el ejemplo.

Tres prácticas sencillas pueden ayudar. La primera consiste en dejar que nuestros hijos nos vean leer. Difícilmente podremos convencerlos de que los libros importan si la lectura es solo una obligación que les exigimos a ellos.

La segunda es reservar diariamente un breve tiempo sin pantallas para leer. Quince o veinte minutos pueden bastar. Más importante que la cantidad es la constancia y que la lectura no se convierta en otro deber escolar.

La tercera es conversar sobre lo leído. Preguntar qué sorprendió, qué gustó o con qué estamos en desacuerdo. Leer bien no consiste solo en comprender palabras. También significa imaginar, relacionar, preguntarse y formar un juicio propio.

Nada de esto reemplaza buenas escuelas, profesores preparados, bibliotecas accesibles y políticas que acerquen los libros a niños y jóvenes. Pero tampoco deberíamos subestimar el poder educativo de pequeños hábitos repetidos durante años.

PISA mide competencias lectoras, pero detrás de sus cifras hay algo que ninguna prueba captura por completo. Cuando una sociedad pierde el hábito de leer, no solo se resiente su comprensión de los textos. También se debilitan la concentración, la imaginación y esa capacidad esencial de intentar comprender el mundo desde la perspectiva de otro.

La baja en lectura exige políticas públicas serias. Pero parte de la respuesta puede comenzar mucho más cerca, con un libro abierto, una pantalla apagada por un rato y una conversación sobre lo leído.

Por Jorge Cid, académico de la Facultad de Artes Liberales UAI

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