Hablemos de amor: elegí la paz después del dolor
Se fueron de Santiago buscando una vida mejor junto al mar. Pero una infidelidad terminó con su matrimonio. Con los años, el dolor dio paso a una nueva forma de familia.

Terminé la universidad y me fui a vivir un año a Buenos Aires. Allí conocí al hombre que sería mi marido durante trece años. Formamos una familia, vivimos en Santiago junto a sus hijos y a nuestra hija, hasta que un día decidimos cambiar la ciudad por la playa. Creíamos que comenzábamos una vida mejor.
Lo que imaginé como un paraíso terminó convirtiéndose en el período más difícil de mi vida.
Llegué a un lugar donde no conocía a nadie. Un pueblo pequeño, de círculos muy cerrados. Él trabajaba prácticamente todo el tiempo y, en medio de esa soledad, llegó la pandemia. Poco después apareció una vecina más joven. Recuerdo haber sentido una intuición inmediata. Le dije a mi marido: “Ojo con ella, tiene sed de cariño”. Nunca imaginé que esa frase terminaría siendo una premonición.
Ella intentó acercarse a mí, hacerse mi amiga, pero yo nunca permití esa cercanía. Mientras tanto, él acumulaba excusas, mentiras y ausencias. Hasta que un día ya no pude seguir sosteniendo la incertidumbre. Lo enfrenté y, finalmente, confesó que mantenían una relación.
Le pedí que se fuera de la casa. Terminó viviendo justo frente a la mía y ella, a pocas cuadras. En un pueblo pequeño, en plena pandemia, conviví durante meses con una herida abierta y expuesta frente a todos. Fue un dolor inmenso.
Con el tiempo nació el hijo de ellos. Y, aunque pueda parecer difícil de entender, ese niño marcó un antes y un después en mi forma de mirar lo que había pasado. Su llegada me hizo comprender que ellos habían construido una nueva historia y que la nuestra realmente había terminado. Entendí que me habían dejado de amar y que, aunque eso duele profundamente, también forma parte de la experiencia humana.
Obviamente, nunca compartiré la manera en que ocurrió. Una cosa es aceptar que alguien puede dejar de amarte y otra muy distinta es cómo decide actuar frente a eso. Sin embargo, con los años también pude ver que quizás ese golpe tan brutal terminó obligándonos a enfrentar algo que probablemente venía de antes: seguíamos aferrados a una relación sostenida más por la costumbre, el miedo y las obligaciones que por el amor.
También entendí que construir una vida juntos exige algo más que sentirse atraído por el otro. Requiere compartir una mirada, valores y un proyecto común. Y nosotros, con el tiempo, dejamos de mirar hacia el mismo lugar. Nuestra línea editorial dejó de ser la misma.
Hoy nuestra historia es completamente distinta. Conseguimos transformar una separación muy dolorosa en una nueva forma de familia. No fue algo inmediato. Hubo que dejar atrás la rabia, aprender a relacionarnos desde otro lugar y entender que, aunque nuestra vida como pareja había terminado, seguíamos teniendo vínculos que nos unían.
Fuimos construyendo una relación basada en el respeto, la confianza y el apoyo mutuo. Sus hijos siguen siendo parte de mi vida y su hijo menor ocupa un lugar muy especial en mi corazón. Aprendí que el amor no siempre termina cuando termina una relación. A veces simplemente cambia de lugar. Se convierte en respeto, en cuidado, en gratitud y en la decisión consciente de seguir construyendo, especialmente cuando hay hijos de por medio.
Ya no somos pareja, pero sí un gran equipo. Él está cuando lo necesito y yo también estoy cuando él me necesita.
Sé que muchas personas no entienden este tipo de vínculo. Algunas me han cuestionado por haber dejado atrás la rabia después de todo lo que pasó, como si hacerlo significara olvidar el daño, ponerme en segundo lugar o quererme menos. Yo no lo veo así. Para mí no había otra opción: no quería que la guerra definiera el resto de nuestras vidas.
Transformar la rabia en respeto, el dolor en aprendizaje y el resentimiento en paz ha sido, probablemente, el mayor acto de amor que he vivido. Porque entendí que una pareja puede terminar, pero los vínculos importantes, cuando se cuidan con generosidad, pueden encontrar una nueva manera de existir.
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