Paula

Hablemos de amor: la culpa no puede ser nuestro hogar

Cuando hay una infidelidad solemos pensar solo en el dolor de quien fue engañado. Pero quien escribe esta historia también sufrió. Perdió su matrimonio y durante años vivió atrapada en la culpa y la vergüenza. Hasta que entendió que asumir un error no significa tener que pagar por él toda la vida.

Hubo un día en que me miré al espejo y no reconocí a la mujer que tenía enfrente. No era solo el divorcio, era el peso de la culpa, el miedo a no ser suficiente para mis hijas y la sensación de que había arruinado mi propia historia. Pensé que ese era el final. Hoy sé que solo era el comienzo.

Por muchos años disfruté de un matrimonio que creía casi perfecto, pero en muchas ocasiones veía cómo mis deseos salían por la ventana casi escondiéndose de todo lo bueno que podía ser. Jamás justificaré mis errores, pero estuve allí y cometí un error que me costó mi familia.

La carencia de afecto y la rutina pueden hacerte confundir un espejismo con una salida. Solo después entiendes que aquello que parecía salvarte terminó destruyéndote.

Durante mucho tiempo creí que ese error definía quién era. Vivía convencida de que había perdido el derecho a volver a ser feliz. La culpa dejó de ser una emoción y se convirtió en mi identidad. Sentí que me volvía loca.

Cuando llegó la solicitud de divorcio asumí mi responsabilidad, entendí que me merecía más de la culpa y la cruz que estaba cargando, tuve que buscar ayuda psicológica y psiquiátrica, y gracias a la terapia entendí que reconocer un error no significa vivir condenada por él.

En muchas ocasiones solemos pensar que quien comete el error de una infidelidad no sufre, pero yo sí sufrí. Por mi decision tan decadente, tan pobre, perdí la idea de una familia para toda la vida, perdí mi rutina, en algunas ocasiones mi propia identidad y la versión de mí que imaginé para siempre.

Al mismo tiempo, la vergüenza me consumía, era como si todo fuera en cámara lenta. No podía ver familias, papás, mamás e hijos, terminaba llorando y caminando como una sonámbula. Mi hija mayor me miraba y preguntaba: ‘Mamá, ¿por qué lloras?’. Yo respiraba hondo y respondía siempre lo mismo: ‘Tengo alergia, mi amor’. Hoy pienso en esa respuesta y entiendo que solo estaba intentando protegerla mientras aprendía a sostenerme a mí misma.

Buscar ayuda no fue rendirme, fue el primer acto de amor hacia mí. Entendí que esto me estaba superando y busqué ayuda psicológica. La realidad es que lloraba muchísimo, pero encontré a mis salvavidas en este camino cuesta arriba, hombros reales y listos para recibir mi llanto, para escucharme una y otra vez, y al mismo tiempo apoyarme cuando ya fue hora de buscar una ayuda de un psiquiatra, no porque tuviera un desorden mental, sino por mi duelo mal llevado y el insomnio crónico que tenía.

La psiquiatra me hizo una pregunta que nunca olvidaré: ‘¿A qué hora lloras más?’. Le respondí: ‘Todo el día’. Entonces me pidió algo que me pareció absurdo: elegir una hora para llorar y respetarla. Me reí. Pensé que era imposible. Sin darme cuenta mi mente empezó a obedecer. Cuando llegaba esa hora, muchas veces ya no necesitaba llorar. Aquel consejo tan sencillo me enseñó que incluso el dolor puede aprender a ocupar un lugar.

También reconstruí mi relación con Dios. Dejé de verlo como un juez que solo recordaba mis errores y empecé a conocerlo como un Padre que también sabe restaurar. Descubrí que la gracia no consiste en borrar el pasado, sino en permitir que el pasado deje de definir quién eres. Nadie puede cambiar el capítulo que escribió, pero todos podemos decidir cómo continúa la historia.

Mis hijas nunca fueron un peso, fueron mi brújula. Empecé a pensar qué quería dejarles de mi situación, y lo único que quería era que, si algún día la vida las rompía, recordaran que su mamá también se rompió y aprendió a levantarse.

Un día descubrí que ya no estaba sobreviviendo, estaba viviendo otra vez. Corría porque quería correr y no para escapar. Reía sin sentir culpa. Hacía planes sin pensar que no los merecía. Dejé de buscar una persona que llenara mis vacíos y empecé a construir una mujer que pudiera sostenerse sola.

Mi historia no me enorgullece porque nace de un error, sin embargo, muchas hemos estado allí.

Si estás leyendo esto desde el piso de tu vida, quiero que sepas que yo también estuve ahí. Si pudiera hablar con la mujer que fui hace unos años, no le diría que todo va a salir bien, le diría algo más honesto: va a doler muchísimo, vas a pensar que no puedes, vas a sentir vergüenza, culpa y miedo. Pero también vas a descubrir una versión de ti que todavía no conoces, una mujer que entiende que los errores no borran el valor de una vida y que siempre existe la posibilidad de volver a empezar.

Porque al final, reconstruirse no ocurre cuando deja de doler. Ocurre cuando decides que el dolor ya no será quien escriba el resto de tu historia.

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