Paula

Lo que las mujeres dicen de la maternidad cuando alguien les pregunta

Cuidar sola, sin nadie con quién repartir el peso, es una de las experiencias que más se repite en los grupos focales que el Observatorio Niñez Colunga hizo para construir la agenda “Primera Infancia: Bienestar, brechas y propuestas para fortalecer la política pública en Chile”, que acaba de lanzar. Los datos públicos de salud confirman lo que ellas ya sabían: la angustia después del parto no baja con el tiempo, sino que sigue subiendo hasta los seis meses de puerperio, justo cuando las redes de apoyo –familiares e institucionales– empiezan a fallar. Mujeres anónimas que participaron en esos grupos focales cuentan, con sus propias palabras, lo que ninguna estadística explica sola.

“No hay red de apoyo”. Lo dice una mujer, en un grupo focal del Observatorio Niñez Colunga. Y al segundo, otra en la misma sesión la repite casi calcada: “A mí me pasa lo mismo. Nosotros estamos los que estamos. No hay red de apoyo”. No hablan de una mala semana. Hablan de la textura permanente de criar hoy en Chile: sostener el cuidado de una hija o un hijo pequeño casi en soledad, sin nadie más con quien repartir el peso.

Esa frase –“no hay red de apoyo”– se repite, con distintas palabras, en las cuatro sesiones de grupos focales que el Observatorio Niñez de Fundación Colunga realizó en enero de 2026, como parte del trabajo de campo para construir la agenda “Primera Infancia: Bienestar, brechas y propuestas para fortalecer la política pública en Chile”. El informe que acaban de lanzar –disponible para descarga gratuita en su sitio web–, es la radiografía más actualizada acerca de cómo viven hoy en Chile las niñas y niños de 0 a 5 años.

En esos grupos participaron 37 personas cuidadoras –33 mujeres y 4 hombres–, en una convocatoria abierta a cualquiera que se percibiera a sí mismo como el principal cuidador de una niña o un niño de esa edad, sin importar el vínculo familiar: la mayoría eran madres, pero también hubo padres –uno de ellos compartía el cuidado semana por medio con su expareja–, hermanas y hermanos mayores que asumían la crianza porque, según explicaban, tenían más tiempo disponible que los adultos que debían salir a trabajar, y mujeres de perfiles muy distintos: desde profesionales que decidieron dejar de trabajar para dedicarse al cuidado, hasta mujeres que no habían terminado la enseñanza media.

De esos cuatro hombres, ninguno coincidió con otro: en cada uno de los cuatro grupos focales participó solo uno. La propia moderadora de las sesiones lo señaló como un hallazgo en sí mismo: “Hemos hecho 4 reuniones y en todas siempre hay un solo hombre. Igual representa de cierta forma cómo se distribuyen las labores de cuidado”.

Cuidar en soledad

Esa frase de la moderadora –cómo se distribuyen las labores de cuidado– fue el hilo que atravesó las cuatro sesiones. Una mujer lo explicó con una claridad casi brutal: “Yo iba a apelar a las redes de apoyo, pero yo siento que hoy en día es cada vez menos la posibilidad de contar con padres o familiares, porque están todos trabajando”. Otra de las participantes, sola con sus hijos, lo resumió así: “No tengo red de apoyo: soy yo, yo y yo. Trato de hacer lo mejor que puedo, pero la sociedad te juzga bastante”.

Lo que se reflejó en los grupos focales a través de los testimonios, y que la agenda de Observatorio Niñez Colunga retrata a través de la lectura de los datos públicos disponibles, no es un problema exclusivo de mujeres en situación de mayor vulnerabilidad. Una nutricionista que participó en uno de los grupos lo describió desde su propia decisión profesional: “Actualmente renuncié a mi trabajo por lo mismo, porque no cuento con red de apoyo que me pueda ayudar al cuidado de mi bebé”. La agenda de análisis confirma que esto no es anecdótico: un 9% de las personas cuidadoras en Chile enfrenta la crianza con niveles altos de tensión, y un 26% adicional con niveles moderados, cifras que se explican, en buena parte, por la falta de apoyo familiar, comunitario o institucional para criar.

Cuando esa red no está, el cuerpo encuentra sus propias válvulas de escape. “Yo me encierro en el baño: ‘Por favor, 15 minutos para mí’. Y después ya salgo como si nada”, contó otra de las mujeres que fue parte de las entrevistas grupales. Otra de ellas, que pasa la jornada completa sola con sus tres hijos mientras su pareja trabaja hasta tarde, lo describió así: “Me levanto a las nueve más o menos, cuando mi pareja se va al trabajo, y ahí llega tipo doce de la noche. Así que yo estoy todo el día sola”.

Para Paloma Del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga, esta soledad no es casualidad sino diseño: “El cuidado en Chile tiene cara de mujer –madres y abuelas sostienen casi todo el peso– y esa arquitectura funciona sin red: hay más de 50.000 hogares sin ningún apoyo para criar”, plantea. Y advierte que incluso la red que muchas familias dan por sentada es más frágil de lo que parece: “Las abuelas cuidan en el 27% de los hogares con niñas y niños de 0 a 5 años. Esto es hermoso por un lado, pero también es una señal de alarma, porque muestra lo frágil que es nuestro sistema de cuidados: si esa abuela se enferma, envejece, o simplemente no está, no hay un plan B”.

“En un parto siempre nacen dos: nace un bebé, pero también nace una madre”, dice Valentina Peri, sicóloga y directora ejecutiva de La Casa del Encuentro, quien acompañó los grupos focales como parte de la Mesa de Expertos a quienes el Observatorio Niñez Colunga pidió supervisar los avances de la investigación que dio como resultado la agenda sobre Primera Infancia. “Es esperable que en esa transformación aparezcan ambivalencia, tristeza, incluso una sensación de no reconocerse una misma. El problema no es que aparezca todo eso: el problema es tener que atravesarlo sola”. Por eso, plantea, no se puede hacer depender la salud mental de una mujer en el posparto de la suerte que tenga de contar con una madre, una hermana, una madrina o una amiga disponible. “Si sabemos que las redes son un factor protector, construir redes de cuidado también tiene que ser una responsabilidad social. La crisis de los cuidados y la crisis de salud mental van de la mano”.

Lo que revela el cuerpo y la mente después del parto

Esta soledad tiene un correlato en los datos de salud mental que recoge la agenda de análisis. El sistema público mide la sintomatología depresiva de las mujeres con la Escala de Depresión Posnatal de Edimburgo, aplicada de rutina durante el embarazo y el puerperio. Y el patrón es elocuente: durante la gestación, el porcentaje de mujeres con síntomas depresivos se mantiene relativamente estable, entre 12% y 15%. En el posparto, en cambio, sube de forma sostenida a medida que pasan los meses, hasta llegar a cerca de un 20% a los seis meses después del parto, el punto más alto de toda la curva.

Es decir: para una de cada cinco mujeres, la maternidad no se vuelve más liviana con el paso de los meses. Se vuelve más pesada, justo en el período en que se supone que una “ya debería estar acostumbrada”, como explica una de las mujeres que participó en los grupos de conversación.

¿Por qué justo a los seis meses? No es casualidad: es también el momento en que en Chile termina el posnatal. Hasta entonces, muchas mujeres sostienen el cuidado apoyándose en lo que tengan a mano –una madre, una madrina, una hermana–, aunque esa red muchas veces no exista o no alcance. Al sexto mes, además, empieza a fallar el otro sostén: hay que resolver con quién queda la guagua para volver a trabajar, justo cuando el sistema público, según muestra la agenda, responde menos: mientras a las gestantes con síntomas depresivos se las deriva a salud mental en cerca de un 87% a 91% de los casos, esa derivación cae a menos de la mitad en el control de los seis meses posparto: entre un 34% y un 58%, según el año. El sistema detecta más después del parto. Pero deriva menos. Justo cuando la red familiar también empieza a resquebrajarse.

Este patrón –detectar sin responder– no es exclusivo de la salud mental posparto. Así lo afirma Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga: “Uno de los hallazgos que descubrimos haciendo el análisis de los datos públicos en Chile es que el sistema de salud detecta esos problemas: detecta, por ejemplo, que la familia está en situación de pobreza, detecta que hay violencia intrafamiliar, detecta que eso puede ser un riesgo para el desarrollo del niño, pero, así y todo, no hay respuesta”, explica.

Una matrona que trabajó varios años en atención primaria y que participó en su rol de cuidadora en uno de los grupos focales, dio una pista de por qué pasa esto en el sistema público: lo que entrega una matrona en un control de este tipo, comentó, es acompañamiento y seguimiento clínico, no una sesión terapéutica propiamente tal. “En el sistema público de verdad dan un servicio muy bueno, pero muy acotado, porque te dan 20 minutos, 40 minutos. Entonces tienes la responsabilidad de pesquisar muy rápido si la mujer embarazada está con una depresión, hacerle una mini consejería. De hecho, yo trabajé en Atención Primaria de Salud y renuncié porque me decía a mí misma: ¿qué hago con 20 minutos?”.

Dos mujeres, en dos grupos focales distintos, se abrieron a contar cómo vivieron la depresión posparto. “Yo tuve y no me la traté después porque me salía demasiado caro seguir; me quedó ahí ese tema”, cuenta una madre. Otra, en un grupo distinto, describió algo parecido, con una capa adicional de fragilidad: “Me diagnosticaron depresión antes de embarazarme, y durante el embarazo yo también estuve con psicólogo; posterior también, porque se tiende a desarrollar una depresión posparto. Afortunadamente yo por GES me pude atender gratis, pero ahora renuncié y ahora vuelvo a quedar a la deriva. Estoy compensada, estoy bien, pero ¿qué pasa si el día de mañana sigo cuidando y me descompenso? ¿Dónde va a estar ese apoyo?”.

Hay, además, un dato relevante que también queda registrado sobre cómo se atiende hoy el parto: en 2024, un 46% de los partos en el sistema público fue por cesárea –electivas y de urgencia–, más del triple de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Es un hallazgo distinto al de la salud mental –no hay una relación de causa y efecto entre ambos–, pero una de las mujeres lo resumió con una frase que conecta con la misma pregunta que atraviesa todo este artículo: “La cesárea es una cirugía no menor, te rompen siete capas y te piden estar parada al otro día criando una guagua. ¿Y quién te cuida a ti? Nadie”.

Lo que la depresión no tratada le hace al vínculo

El informe sobre Primera Infancia del Observatorio Niñez Colunga es enfático en subrayar que la depresión materna no tratada no es solamente un problema de salud de la mujer; es también un determinante del desarrollo de su hija o hijo. Afecta la calidad del vínculo, la lactancia, la estimulación en el hogar y la capacidad de leer las señales del bebé, justamente los mecanismos que, según la evidencia que cita, moldean el desarrollo cognitivo y socioemocional en los primeros años de vida.

Las mujeres de los grupos focales lo describieron sin usar ese lenguaje técnico, pero apuntando exactamente ahí. Una de ellas, reflexionando sobre lo poco preparada que llegó a su propio embarazo, describe la maternidad como algo “muy romantizada”: “A lo mejor la gente que recién se entera que está embarazada pudiera acceder a una charla explicándoles un poco a lo que se van a enfrentar, cómo va a ser el posparto, qué van a sentir, qué no van a sentir. Porque al final yo quería ese hijo, pero a la vez tenía mucho miedo”. Mientras contaba su experiencia compartió algo que resume bien la distancia entre la expectativa y la experiencia real: “Así que cuando nace la guagua, no es que la vas a querer inmediatamente. Hay mujeres que sí, hay otras que no”.

Esas reflexiones se fueron dando junto a otras donde las mujeres confesaron pasajes difíciles de cómo vivieron el nacimiento de sus hijos. “Yo no me había dado cuenta de lo mal que estaba hasta cuando (en el marco de un programa comunitario de acompañamiento disponible todos los días) empecé a conversar con la psicóloga y empecé como a mirarme en un espejo”, comentó una de ellas. “En el CESFAM uno va a la psicóloga con suerte una vez al mes si consigue hora; en cambio en ese programa era algo constante”.

La sicóloga Valentina Peri, directora de La Casa del Encuentro, advierte que la imagen que solemos tener de la depresión posparto es demasiado extrema –una mujer que no puede levantarse, que no puede cuidar a su guagua–, cuando en realidad hay muchas mujeres que sí hacen todo lo que tienen que hacer: alimentan, llevan a los controles, cumplen. Solo que lo hacen profundamente tristes, desconectadas, casi en piloto automático, y esa angustia aparece muchas veces como irritabilidad, cansancio extremo o dolores de cabeza, más que como el cuadro que uno imagina. “Cuando las madres están en modo sobrevivencia, resolviendo, tratando de llegar al final del día con mucha sobrecarga, muchas veces no hay ni siquiera un espacio para preguntarse cómo están”, explica. “Muchas mujeres, cuando sus hijos ya están un poco más grandes, pueden mirar hacia atrás y decir ‘yo creo que estuve deprimida’, pero en ese momento no podían verlo porque estaban demasiado ocupadas tratando de sostenerlo todo. Por eso la presencia de otro es clave: alguien que mire a la cuidadora y le diga ‘esto que estás viviendo es difícil, estás haciendo un gran trabajo, ¿cómo estás tú?’. Porque cuando no existe ese otro, es muy difícil incluso tomar nota del propio malestar”.

Sobre esa misma brecha entre lo que existe y lo que se necesita, otra participante del mismo grupo lo resumió así: “Estoy yendo al psicólogo en el consultorio, y es una sesión al mes, y con una sesión al mes no basta”. “Uno es mamá, pero en realidad es persona, y también uno tiene otras cosas que abordar además de ser mamá”, agregó. “Solamente se encargan de la salud de los niños, ¿y dónde queda uno? Nosotras necesitamos estar bien para poder estar bien para ellos”.

Los propios datos de la investigación cuantifican esa cadena, desde la tensión hasta el vínculo: un cuidador con tensión alta en la crianza tiene 14 puntos más de probabilidad de no realizar ninguna actividad de estimulación con su hijo durante la semana. Hoy, un 27% de las familias con niñas y niños de 0 a 5 años –unos 97 mil niños– no hace ni una sola actividad de este tipo en la semana: ni un cuento, ni una canción, ni un juego. “El vínculo cotidiano –jugar con las niñas y niños, leerles un cuento, salir a caminar juntos– no cuesta plata y es la materia prima con la que se construyen personas sanas, capaces y resilientes”, dice Del Villar. “Pero hay un grupo para el que esto no está pasando, y ahí es donde tenemos que poner el foco”.

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