Por Pablo Retamal N.Marco Cassini, editor italiano: “Nadie a quien verdaderamente le guste inventar querría ser sustituido por la IA”
Fundador de las editoriales minimum fax y SUR, el influyente gestor italiano repasa tres décadas de oficio, los dilemas de la industria y el puente literario que tendió con Latinoamérica previo a sus charlas en Santiago.

Si hay un nombre importante hoy en la edición italiana, es el de Marco Cassini. Por lo demás, el país de la península de los Apeninos tiene una larga tradición en el mundo editorial, con nombres célebres e históricos como Giulio Einaudi, Giangiacomo Feltrinelli, Arnoldo Mondadori o Roberto Calasso. Actualmente, editores como Elvira Sellerio (quien lanzó a la fama mundial a Andrea Camilleri) o la dupla de Sandro Ferri y Sandra Ozzola (los responsables de publicar a Elena Ferrante), han continuado con esa senda.
Cassini (1970), entonces, ha fundado dos editoriales independientes italianas: minimum fax en 1994 y SUR. Es director didáctico en la Escuela del Libro de Roma, que propone cursos sobre la edición, escritura y traducción. Ha escrito Erratas. Diario de un editor incorregible (Trama) y Fasccette oneste. Se gli editori potessero dire la verità (Italo Svevo 2020). Además, tradujo al italiano el libro Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar. Este último dato no es menor, pues ha sido un nombre clave para la publicación de escritores latinoamericanos en Italia. De ahí su interés por el cono sur.
Antes de sus actividades en nuestro país, Cassini se dio un tiempo para conversar con Culto.

-¿Qué es lo que más le gusta de ser editor?
-Yo diría que descubrir voces, tropezarse con algo inesperado o revivir un texto clásico que se había perdido son los elementos que más me gustan de mi trabajo. Sé, por supuesto, que hay mucho trabajo detrás de escena (la parte menos divertida y menos “glamurosa” de la edición) que de todas maneras se tiene que hacer. Pero, con la idea de que la finalidad es siempre un proyecto cultural, se soporta…
-¿Qué lo llevó a convertirse en editor cuando fundó minimum fax en 1994? ¿Qué buscaba hacer que las editoriales italianas de entonces no estaban haciendo?
-Personalmente, no tenía un verdadero proyecto. Empecé con una pequeña revista de literatura que se enviaba por fax; en aquel tiempo (a comienzos de los noventa) armé uno de los primeros talleres de escritura en Italia: ahí conocí a un joven escritor muy bueno, Francesco Piccolo, que todavía no había publicado nada, y decidí que me gustaba la idea de invertir mis energías y mis planes en hacer emerger los talentos ajenos. Así empecé: mi primer libro como editor fue el primer libro de Francesco como autor. Hoy es uno de los autores, periodistas, guionistas más respetados y exitosos en Italia. Aunque después de aquel primer libro siguió publicando sus libros con editoriales más grandes, la considero una buenísima inversión.
En un sentido más amplio, en los mismos años hubo un gran fermento en la edición en nuestro país. Muchas otras editoriales independientes nacieron en los mismos años, meses, semanas. Nos conocíamos y nos reconocíamos como editoriales animadas por un deseo común de proponer ideas nuevas, nombres desconocidos, maneras diferentes de acercar a un público nuevo a la lectura. Además teníamos una idea (quizá ingenua, hasta inocentona) de resistir a la situación política de entonces: había subido al poder Berlusconi que era, entre otras cosas, el dueño de la mayor editorial italiana, Mondadori. Tenía sentido, aun editando literatura y no necesariamente ensayos, constituir una forma de resistencia, por lo menos cultural.

-¿Le teme a la Inteligencia Artificial y a las consecuencias que podría tener para la industria del libro? ¿Qué cree que puede cambiar realmente en el trabajo de editores, escritores, traductores y lectores?
-Sí, pero no a quienes creen en la creación como una manera de vivir y de trabajar en el ámbito de la cultura. Escribir, traducir, diseñar, editar son formas de creación y nadie a quien verdaderamente le guste inventar querría ser sustituido por la IA. ¿Dónde quedaría lo divertido, lo emocionante de crear, de proyectar, de inventar, de leer?
-¿Cómo ha sido, en estos más de treinta años, el proceso de llevar adelante una editorial? ¿Qué es lo más difícil de construir y mantener un catálogo?
-Para transformar las palabras de su pregunta en un lema, diría que “lo más difícil de construir un catálogo es mantenerlo”. Una lucha constante no solo contra las editoriales más grandes: eso, aunque siempre provoca un trauma en la editorial más pequeña, es un proceso casi natural, al que uno se va habituando con el tiempo. Los más riesgosos pueden ser los procesos “internos”, digamos: por ejemplo yo soy fan de la “política de autor” (seguir editando a un autor o una autora aunque sus libros no sean bien recibidos o vendidos, siguiendo creyendo que el día llegará en que el mundo descubrirá su talento: a veces pasa que aquel día llega demasiado tarde, hasta después de la derrota de la editorial).Y, por supuesto, hay errores e ingenuidades por parte del editor que, además de causar un daño económico por sí mismos, pueden resultar en un daño cultural para el autor. Nunca quiero contestar a preguntas como esta imputando los resultados negativos al “mundo de afuera”, a “la crisis”, al “mercado”. Esos factores sí existen, pero a veces me parecen excusas para atribuir a motivos externos los errores propios.
-En Erratas. Diario de un editor incorregible usted convirtió el trabajo editorial en materia literaria. ¿Qué tiene de particular escribir sobre un oficio que normalmente ocurre detrás de los libros y permanece invisible para el lector?
-De verdad, me dio un poco de vergüenza: aunque se trataba de escribir sobre mi trabajo, esta vez lo iba haciendo a través de la escritura. Siempre me había puesto del otro lado de las páginas, y ponerme a escribir me pareció el más típico ejemplo del síndrome del impostor. Ahora mismo me está pasando lo mismo. En una muy leída revista online, Il Post, desde hace unos años estoy publicando unas piezas menos relacionadas con mi trabajo editorial y más parecidas a piezas de memoir. La prestigiosa editorial Sellerio (¡prestigiosa hasta ahora!) me propuso reunir estos artículos y, junto con otros que no llegarán a aparecer en la revista, hacer un libro, que se llamará Mi vida leída al revés. Me imagino que haré todos los errores, pasaré por todas las ingenuidades propias de un no-escritor: afortunadamente la editorial tiene muy buenos editores que me ayudarán. Tengo confianza en los editores. Mucho más que en mí mismo pretendiendo ser escritor.

Mirada hacia el sur
-En 2011 fundó SUR, dedicada inicialmente a la literatura latinoamericana. ¿Por qué ese giro?
-Al principio, SUR solo tenía que ser una colección dentro del catálogo de Minimum fax. Pero a raíz de unos desacuerdos con mi socio de entonces y de una investigación de un par de años que me llevó a descubirir muchos libros, decidí transformar el proyecto en algo mas amplio, así nació una editorial. Después de las décadas del “Boom” hubo una resaca: las librerías italianas, durante un tiempo repletas de libros latinoamericanos, una vez pasada la “moda” ofrecían muy pocos libros a quien tuviese un interés en este sector. Era una lástima pero por supuesto para mí una gran oportunidad: pude adquirir los derechos de libros de clásicos del calibre de Cortázar, Onetti, Donoso, Garro, Puig, Galeano, y entre las voces contemporáneas Aira, Pauls, Schweblin, y mucho más.
-¿Qué busca hoy en un escritor latinoamericano para pensar: “esto tiene que publicarse en Italia”?
-Lo que siempre busco en cualquier libro para editar: una voz, una historia, una emoción.
-Usted tradujo al italiano Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar. ¿Qué lo llevó a dar ese paso como traductor después de tantos años como editor? ¿Cómo se siente el tránsito de un lado al otro de la mesa?
-Fue divertido y arduo, me pasé unos años (aunque no full-time por supuesto) en la cabeza de Julio Cortázar: uno de los lugares más interesantes del mundo para visitar, una mezcla entre Disneyland, un mapa del tesoro, un festival, un circo, un atardecer, un bar de pueblo, un diccionario, el Louvre, una esquina de calle, un cajón de cubiertos. Los invito a entrar cuando puedan.
-En tiempos de pantallas, cuando buena parte de los contenidos se consume cada vez más rápido, ¿considera que el libro en papel ofrece una experiencia de lectura que sigue siendo única e irremplazable?
-No quiero que se me crucifique por mi respuesta. Poco antes decía que lo que busco (como editor, y como lector, por supuesto) son una voz, una historia, una emoción. Que la novela, el cuento, el ensayo, el poema que las dé esté impreso en papel o sean caracteres digitales en un dispositivo, sinceramente no creo que haga ninguna diferencia.
-Después de más de treinta años leyendo manuscritos, construyendo catálogos, traduciendo y formando nuevos editores, ¿qué sigue buscando en un libro que todavía consiga sorprenderlo?
-Que, contrariamente a lo que hace el algoritmo, no se parezca a nada de lo que me había gustado antes, pero me guste y me sorprenda igualmente.
-Por último, ¿existe algún autor latinoamericano que todavía no haya publicado y al que le encantaría incorporar al catálogo de SUR?
-Junto con la maravillosa invitación por parte de Paz Balmaceda, directora del Magíster de Edición de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, esta es justamente una de las razones de mi viaje a Santiago: ser sorprendido por algo de la literatura chilena que todavía no conozco (y por cierto hay mucho por descubrir) y que quizá un día sea parte del catálogo de SUR. A comienzos de este año SUR editó la obra completa de María Luisa Bombal, que se unió a otros clásicos chilenos de nuestro catálogo como José Donoso y Roberto Bolaño; entre las voces contemporáneas editamos a Alia Trabucco Zerán y Alejandro Zambra; hace muy poco contratamos a Nona Fernández (Marciano saldrá en 2027). En mi primer viaje a Chile, en enero de 2026, visité la Chascona y la Fundación Mistral en el mismo día, regresé al hotel y escuché el discurso de aceptación del Premio Nobel de Pablo Neruda, leí unos ensayos de Mistral, y de ahí me salió la idea de editar por primera vez en italiano (quizá por primera vez en el mundo) un librito con las Nobel Lectures de los seis Nobel latinoamericanos. Así pasan las cosas, así nacen los libros, y espero que algo parecido pase también esta vez.
Marco Cassini tendrá dos actividades en nuestro país. Dará una charla este jueves 8 de octubre a las 18.30 en la Universidad Diego Portales, es invitado por el Magíster en Edición UDP, con el apoyo del Fondecyt 11251044. Además, participará en la Primavera del Libro, en la ocasión, tendrá una charla con la editora Paz Balmaceda.

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