Por Gonzalo ValdiviaCocaína Negra, la cinta sobre Eugenio Berríos, químico de la DINA: “Él habría contado todo sobre el caso Letelier”
El documental de Cristóbal Valenzuela indaga en la dimensión más mundana y sórdida de Eugenio Berríos, quien creó el gas sarín usado por la dictadura para asesinar a sus opositores. Con acceso a audios grabados por él mismo y testimonios de cercanos, perfila a un hombre devorado por los excesos. “Te das cuenta de que bajo un régimen dictatorial, cualquier persona común y corriente puede terminar obedeciendo órdenes y haciendo las cosas que hizo Berríos”, asegura el director. La película se exhibirá en FICValdivia y debutará en salas en noviembre.

El documentalista Cristóbal Valenzuela Berríos había trabajado en torno a temas difíciles –el robo de una escultura de Auguste Rodin desde el interior del Museo Nacional de Bellas Artes, la supuesta existencia de Isla Friendship–, pero ninguno de ellos resulta tan oscuro, sórdido y decadente como la vida de Eugenio Berríos, más conocido como el bioquímico de la DINA.
En entrevista con Culto, el director nacional reconoce que una vez que terminó el documental Cocaína negra se quedó con una sensación de hartazgo, y que esa sensación, a día de hoy, no lo ha abandonado por completo. “Es pura muerte, es puro horror”, indica el director de Robar a Rodin (2017) y Isla Alien (2023).
Nacido en Santiago en noviembre de 1947, Berríos comenzó sus estudios en la Universidad de Concepción y los terminó en la Universidad de Chile. Perteneció al movimiento nacionalista Patria y Libertad y a temprana edad se unió a la DINA, el aparato represor de la dictadura militar. Si bien únicamente pisó la cárcel debido a un lío con cheques, hay múltiples testimonios que lo vinculan a crímenes cometidos durante esa época, incluyendo el asesinato del excanciller Orlando Letelier en Washington en 1976. No es ningún misterio que ocupa un lugar preponderante entre los civiles del régimen militar.
Cocaína negra –que tendrá su primera función en Chile el próximo miércoles 14 en el marco de FICValdivia y se estrenará en salas comerciales el 5 de noviembre– presenta otra dimensión del personaje: la de un tipo tosco, fiestero, errático y devorado por las adicciones y las deudas. Incluso su fama de genio de la bioquímica es puesta en cuestión.
Esa lectura mundana del personaje aparece gracias a que el propio Berríos tenía la costumbre de grabarse y a que el director accedió a esas cintas que funcionan como una especie de diario.
“Al escuchar esas cintas se me banalizó completamente el personaje. Dejó de ser esa figura monstruosa y se convirtió en una figura quizá más humana, lo que lo hace incluso más siniestro”, afirma.
-¿Por qué más siniestro?
Porque te das cuenta de que bajo un régimen dictatorial o autoritario, cualquier persona común y corriente puede terminar obedeciendo órdenes y haciendo las cosas que hizo Berríos. Es un poco de lo que habla Hannah Arendt en su libro sobre la banalidad del mal (...) A mí esto me pasó de forma natural: esta figura diabólica se me convirtió en este ser que podría ser tu compañero de la universidad, lo que lo hace más siniestro. Yo creo que las cintas fueron un shock dentro de mi investigación.
Los audios
El disparador fue un reportaje de Vice enfocado en un tipo de cocaína con apariencia alterada e indetectable en los controles de seguridad de los aeropuertos. Publicado en 2015, el artículo narraba el reciente hallazgo en Bogotá de un laboratorio capaz de procesar la cocaína negra y situaba el origen de esa sustancia en el Chile de mediados de los 80, específicamente en Talagante y en la figura de Eugenio Berríos.
Se ha podido acreditar que, tras descubrirse la participación de Michael Townley en el crimen de Orlando Letelier, Berríos abandonó su laboratorio de la casa de Lo Curro y se instaló en el Complejo Químico e Industrial del Ejército, en Talagante. Trabajó bajo las órdenes del coronel Gerardo Huber y siguió haciendo lo que había hecho hasta ese momento: ser un miembro clave de la dictadura a través de las acciones de la DINA, incluyendo el uso del gas sarín, la letal arma química que fue utilizada para asesinar a opositores.
La primera versión de la película que había visualizado Cristóbal Valenzuela contemplaba el relato de esa historia. Pero un hallazgo lo obligó a repensar el proyecto en su totalidad: cerca de 40 cintas ligadas al caso Berríos, seis de las cuales pertenecían al propio bioquímico.
Por motivos que al realizador le cuesta entender, a Berríos le gustaba grabarse, muchas veces a espaldas de las personas de su entorno. Intrigado, las escuchó y se encontró con un registro de las ocasiones en que veía televisión, discutía con su esposa –Gladys Schmeisser– y aspiraba cocaína.
Nelson Jofré, el policía que investigó el caso Letelier, tenía en su poder los microcasetes con esos audios –y se los cedió–, pero nunca les había otorgado demasiada importancia.
Mal que mal, ¿por qué a la justicia le parecía relevante una cinta rotulada “Lobito Guatón”, donde Berríos y su mujer conversan –a veces de manera romántica y a veces de manera hostil– sobre su volátil relación? ¿O qué valor tendrían los audios en que estaba sentado viendo televisión, con resaca o bajo los efectos de las drogas?
Todo eso que a ojos de la justicia era inservible, a Valenzuela le cambió la perspectiva sobre el personaje y, por lo tanto, sobre el filme que estaba preparando.
“Hay gente que me ha comentado que Berríos se sentía medio atrapado y que quería dejar un registro de sí mismo. Pero los registros que dejó no fueron muy memorables”, apunta, enfatizando que las cintas “hablan del personaje y toda su toxicidad”.
Bajo el nuevo enfoque del proyecto, el director resolvió elaborar recreaciones y pedirles a diferentes actores que hicieran sincronización labial. Convocó a Claudio Arredondo para que interpretara a Berríos, un personaje al que ya había encarnado brevemente en la película Matar a todos (2007). También reclutó a Bernabé Madrigal (Berríos joven), Patricia López (Gladys Schmeisser), Juan Cristóbal Jürgens (Manuel Contreras) y Benjamín Westfall (Michael Townley), entre otros.
Bajo su forma definitiva, Cocaína negra es un intento por reconstruir a Eugenio Berríos a partir de documentos, testimonios (desde compañeros de universidad hasta su amigo Aldo Duque) y de su propia voz. El relato va desde su época universitaria hasta sus últimos días en Uruguay, donde sus restos óseos fueron hallados en abril de 1995. El resultado es un mosaico retorcido y delirante que deja más preguntas que respuestas, pero que finalmente brinda una imagen más completa (y compleja) sobre el integrante de la DINA.
El perfil alcanza ribetes casi absurdos: al parecer Berríos estaba ilusionado con el retorno de la democracia y la elección de Patricio Aylwin. Según el testimonio de su viuda (en una entrevista inédita que le hizo Pablo Lavín), el matrimonio salió a celebrar junto a un grupo de amigos tras conocerse los resultados en diciembre de 1989. “Eso también habla de lo contradictorio del personaje”, sostiene el realizador, junto con advertir que además mantenía amistades con personas de izquierda. Uno de ellos era Emilio Rojas, quien produjo obras para el Teatro Ictus y le presentó a figuras del mundo actoral.
“Entrevistamos a Maria Elena Duvauchelle y nos contó que Berríos era un gordito simpático que llegaba con pasteles y empanadas, porque su tía tenía una pastelería en Carmen con Matta. Ellos tenían ni idea de quién realmente era”, cuenta.
Y agrega: “Él en ese tiempo vivía en un departamento en barrio Lastarria. Su base era Les Assassins y luego iba a de bar en bar: el Berri, el de Don Rodrigo, El Diablito. Era socialmente muy activo, era amigo de todo el mundo. Eso me hace pensar en la banalidad del mal: (Adolf) Eichmann decía que era amigo de judíos, pero que le había tocado hacer lo que hizo”.
Valenzuela escuchó esas y otras historias sobre Berríos. Algunas están en el documental (el puñetazo que le propinaron durante un acto tras la muerte del Che Guevara), pero otras no (habría tenido una esvástica en su pieza de niño).
En cuanto a los crímenes con los que se le ha asociado, la película se limita a aquellos casos avalados por la verdad judicial. Es decir, el asesinato del conservador de bienes raíces Renato León Zenteno y al homicidio de ciudadanos peruanos. No hay ninguna mención a las muertes de Pablo Neruda y el expresidente Eduardo Frei Montalva.
“Los dejamos fuera porque no hay claridad (de su participación)”, asegura. “Lo mismo ocurre con la cocaína negra. Fuera de los testimonios del Mamo Contreras y de algunos narcos, hay poca investigación judicial, hay un vacío”.
Uruguay y el ocaso
El documental narra el auge y caída de Eugenio Berríos. La caída son los 90, época en que estaba acorralado por la justicia chilena, debido a su implicancia en el caso Letelier. Su nombre apareció en la investigación liderada por Nelson Jofré, quien lo citó a declarar en reiteradas ocasiones. Sin embargo, esa diligencia nunca se concretó.
Exmiembros de la dictadura –dando uso a las redes y contactos de la Operación Cóndor que entonces aún estaban vigentes– facilitaron su salida a Argentina y luego a Uruguay, donde se le otorgó una nueva identidad. Ese traslado le permitió dejar atrás sus múltiples deudas, pero sus demonios nunca desaparecieron. De hecho, pese a que le pidieron que fuera discreto en sus movimientos y expresiones, no hizo caso.
“Él siempre contaba lo que hacía. Mucha gente no lo tomaba en serio, porque era el curadito del bar. Pero muchas veces sí estaba contando la verdad. Y por eso lo mataron. En general los militares son disciplinados con sus pactos de silencio; en cambio, Berríos era civil y eso le pasó la cuenta”, observa Valenzuela.
Sin grabaciones de voz, pero con la palabra de Jofré –quien relata las jugadas que tuvieron que aplicar para avanzar en la investigación– y de testigos de su paso por Uruguay, Cocaína negra rearma ese pasaje de su vida, probablemente menos conocido.
La autopsia arrojó que Eugenio Berríos fue amarrado, obligado a arrodillarse y asesinado con dos tiros en la nuca por agentes que lo custodiaban en 1993. Hay varios testimonios que apoyan la tesis de que tenía decidido viajar a Chile para colaborar con la justicia, pero que fue asesinado antes.
“Nosotros con Berríos podíamos llegar perfectamente al general Pinochet”, declara Jofré en el documental, en referencia a los testimonios que sugerían que fue la máxima figura del régimen quien ordenó personalmente el asesinato de Letelier. El cineasta comparte su apreciación y dice: “Berríos habría contado todo”.
-¿Le consta si Eugenio Berríos en algún momento se cuestionó los actos que cometió durante la dictadura?
Tengo el testimonio de una vecina con la que compartió en Viña del Mar a fines de los 80, cuando estaba escondido por el tema de los cheques. Ella hablaba de Berríos como un ser bueno que en las noches lloraba por la culpa. Y ella lloraba de emoción por el buen recuerdo que le generaba Berríos; lo defendía. En el documental apenas aparece, pero es una entrevista muy buena. A mí la duda que me queda es que si era un psicópata o un tipo que simplemente fue arrastrado por el contexto. Era exótico y chabacano, pero no sé qué grado de psicopatía tenía.
Valenzuela revela que la productora de su filme le ha planteado el deseo de hacer una serie documental sobre Berríos. Él, al menos por ahora, tiene sus reservas.
“Después de cada película, me quiero alejar del tema y hacer otra cosa”, expresa. “La comedia que por momentos tiene el documental puede ser un mecanismo de defensa. Es un recurso de salvación”.
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