Por Paula Escobar Chavarría¿Quién le teme a Bachelet?

El “bacheletazo” fue una de las noticias de la semana. Sobre todo por la frase final que pronunció ella. Que les tenía una “mala noticia” a los que creían que se iba a “quedar en la casa”, después de su bajada como candidata a liderar la ONU.
El gobierno, el que recibió la “mala noticia”, decidió contestar. Claudio Alvarado es ministro del interior y vocero. Un vocero que habla poco cuando debe hablar y que desaprovecha oportunidades para callar.
El motivo del acto en La Pintana era desagraviar -reparar- el ninguneo del gobierno actual a Bachelet al no apoyarla a la ONU; ese fue el eje. En vez de dejar que la ceremonia de desagravio transcurriera sin darle más oxígeno, Alvarado optó por contestar e insistir con esa actitud despectiva hacia la exmandataria.
“No escuché ninguna palabra respecto del empleo, ninguna propuesta respecto a cómo colaborar con el crecimiento, ni de si están disponibles o no para apoyar los proyectos de seguridad en el Congreso. Y eso es lo que el país quiere (en lugar de que la oposición) se junte a conversar, a autoproclamarse, a seguir aplaudiendo entre ellos”, dijo el jefe de gabinete.
¿Qué objetivo tiene, para este gobierno, con suficientes flancos abiertos, abrirse uno mayor con la expresidenta y con la oposición, cuadrada tras de ella, desde la DC al PC? ¿A qué le temen? El tono de su frase rompe el respeto por la figura de los expresidentes, que ha sido una tradición desde el retorno a la democracia. Además, Bachelet es una de las figuras más queridas para la izquierda y la centroizquierda. A sus 75 años, es la figura que más aglutina y ordena al progresismo, por lejos. Ha mantenido un afecto de la ciudadanía bastante importante. En la encuesta Descifra, publicada el viernes por este diario, tiene un 43% de respaldo ciudadano, superior al del expresidente Boric, que le sigue con un 32%.
A la mujer que ha sido dos veces presidenta, que ha tenido una alta trayectoria internacional, como ningún otro chileno, ya le quitaron el apoyo para ser candidata a la ONU, creando una irritación y malestar en la oposición bastante más profundo de lo que calcularon. ¿Para qué profundizar en ese trato poco deferente? ¿Qué gana un gobierno de baja popularidad al alienar aún más a quienes no votaron por él, y a los dirigentes de los partidos con los que tiene que negociar?
La decisión de atacarla, de hablar de “autoproclamación (¿presidencial?), revela la debilidad comunicacional estratégica del gobierno y su necesidad urgente de contar con un vocero que desempeñe mejor su papel, sin meter autogoles. Tras meses de una oposición presa de parálisis y confusión, sin encontrar ni tono ni liderazgos, salieron con renovadas esperanzas y ánimo de combate del encuentro del miércoles. Les volvió el alma al cuerpo al ver que podían unirse de nuevo, aunque fuera para honrar la trayectoria de la expresidenta. El ministro Alvarado extendió la estela del “bacheletazo” con su declaración hosca, les dio más energía para dar la pelea.
Dicho eso, ¿es razonable que la oposición se alegre tanto, que ya proyecte candidaturas? Claro que no. Para que el “bacheletazo” no sea un paréntesis en medio del marasmo, la oposición no puede evitar su travesía por el desierto. La derrota en la presidencial fue de proporciones, y la desconexión con las necesidades y angustias ciudadanas no se puede esconder debajo de la alfombra. La renovación del proyecto progresista para el siglo XXI es una necesidad urgente y una condición de posibilidad para la unión que tanto ansían, y para poder volver a gobernar.
El cómo actualizarse y plantear una propuesta alternativa al “trumpismo” o las derechas radicales es un debate global. Un trumpismo que ha logrado conectar con electorados antiguamente de la izquierda. Es una carrera contra el tiempo, con un poco de autoflagelación y también de reafirmación de los principios que sostienen a esas ideas e ideales. De reflexiones así han derivado propuestas, por ejemplo, respecto de la migración (Dinamarca), o el costo de la vida (Mamdani, alcalde de Nueva York), la creación y construcción de infraestructura y prosperidad (los demócratas del movimiento “Abundance”), o los resguardos frente a la IA y sus consecuencias en la pérdida de empleos y de privacidad personal (Obama). Son solo algunos ejemplos de países y liderazgos que están ensayando fórmulas, pero sobre todo ideas, que hagan que su propuesta política atraiga a los votantes, y que también funcionen para solucionar los problemas concretos y apremiantes. Más que desvelarse solo pensando en cómo ganar, reflexionar en para qué ganar.
El gobierno (se) hace mal al atacar a Bachelet. Pero la izquierda también se dañará si busca evitar el arduo debate sobre su identidad al arroparse bajo su manto.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
2.
4.
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.
Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE

















