¿Por qué votaré en contra de la AC?
Cierta derecha que enarbola la bandera de la “batalla cultural” termina haciéndole el juego a la ultraizquierda. Efectivamente -subyacente a la discusión política- hay un clima de opinión predominante que se asienta sobre una base cultural en la que se configuran ciertos valores y creencias que inciden finalmente en la deliberación política. La batalla cultural consiste entonces en modificar esas creencias subyacentes.
La nueva ultraizquierda enfrenta esa batalla con una robusta caja de herramientas: el uso intensivo del lenguaje performativo para explotar conflictos y grupos identitarios, la agudización de las contradicciones, para dividir a la sociedad en buenos y malos (la elite, los superricos, etc.) y así explotar de mejor forma las emociones políticamente más rentables, en desmedro de la deliberación racional y argumentativa.
Esa nueva ultraizquierda no cree en las instituciones salvo como un instrumento para el logro de sus fines; reniega de la democracia representativa, mantiene siempre “un pie en la calle” y en los movimientos sociales; coquetea con la revolución (“la revuelta”) y acepta la violencia como método de acción política. Para esa izquierda, la polarización política es el ambiente ideal para lograr su hegemonía en el debate público.
La sinergia entre el FA y el PC alcanzó así su clímax durante el “estallido social”, arrinconando a una centroderecha sin herramientas y arrastrando a una centroizquierda que renegó de su historia y su legado.
El rechazo del proyecto constituyente refundacional (04/09/2022) marcó un punto de inflexión relevante, pero no porque estemos ganando la “batalla cultural”, sino más bien por el doble fracaso de la izquierda: (1) la ciudadanía tomó conciencia del verdadero proyecto de sociedad de esa izquierda y (2) el fracaso del gobierno del presidente Boric en materia de seguridad, empleo y promesas incumplidas.
Sin embargo, cierta derecha compite por quien es más duro, más vociferante y descalificador, alimentando el mismo clima polarizante que propicia la cultura que pretenden derrotar. Renunciar a la deliberación razonada, al cuidado de las formas republicanas, a la lealtad con las reglas y las instituciones, es perder la batalla cultural.
Hoy tenemos el desafío y la oportunidad de cambiar el rumbo de Chile para construir una sociedad de libertades y oportunidades; para eso es indispensable que el gobierno del presidente Kast logre recuperar el orden y la seguridad de manera perceptible para la ciudadanía, reactivar la economía para generar empleo de calidad y devolver la esperanza en un futuro mejor para los chilenos. En eso debemos concentrar nuestros esfuerzos.
Por eso y para eso el Presidente convocó un gobierno de unidad y de emergencia: para sumar voluntades más allá de la derecha y para resolver con sentido de urgencia las grandes crisis en seguridad, salud, empleo, etc.
Al hacerlo, asumió correctamente un cambio discursivo significativo, respecto de la narrativa que caracterizó su trayectoria previa, anteponiendo el interés superior de Chile a la lógica político-electoral de la polarización.
Hubiese sido deseable que la temporada de Acusaciones Constitucionales la inaugurara la ultraizquierda y que el partido del presidente hubiese apostado por el éxito del gobierno, en momentos en que tramita su principal reforma, cuidando las instituciones.
Independiente del mérito jurídico de una AC, lo políticamente responsable es considerar la oportunidad y contar con los votos. Hay una alta probabilidad de que el ministro Grau salga inmerecidamente invicto y que le regalemos al gobierno saliente un certificado de buena conducta que claramente no se merece.
Si queremos provocar un cambio de rumbo efectivo y positivo para Chile, tenemos que atrevernos a hablarle a Chile, más que a los nichos electorales, superar la polarización y cuidar las instituciones; claramente esta AC nos aleja de ese propósito. Votaré en contra.
Por Luis Pardo, diputado de Renovación Nacional.
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