Qué hacer con el pesimismo
Tal como en la novela de José Donoso, Chile parece inundado por la desesperanza. Según Cadem, casi el 60% de nuestros compatriotas mira el futuro con pesimismo. La mayoría piensa que vamos por mal camino y siente que el país está estancado, inseguro y polarizado.
Esto no es nuevo. Hace rato que distintos estudios vienen constatándolo. Sin embargo, este desánimo se ha vuelto más complejo. Si antes la mayoría sentía que Chile podía estar mal, pero en lo personal las cosas se veían mejor, ahora parece estar desapareciendo ese desacople.
De hecho, hoy la mayor parte de los chilenos califica su situación personal en forma negativa. Este fenómeno solo se había observado en dos períodos anteriores: durante el estallido social y las semanas previas al plebiscito constitucional de 2022.
El asunto merece tomarse en serio. Sobre todo si se considera que apenas unos meses atrás el panorama era el inverso. Tras la elección del Presidente Kast, el 66% se mostraba optimista respecto del futuro de Chile, el nivel más alto desde 2018. Sin embargo, tres semanas después de asumir, el pesimismo ya superaba al optimismo. Si en diciembre del año pasado el 17% se declaraba pesimista, en marzo subió al 40%, en abril superó el 50% y en julio alcanzó un 61%, el mayor nivel desde que comenzó a medirse esta serie hace 11 años.
Esto tiene mucho de profecía autocumplida. Durante años los republicanos convirtieron el pesimismo en una estrategia política. Para conquistar el poder insistieron una y otra vez —denostando a moros y cristianos— en que Chile era un país destruido, sumido en la decadencia, que debía ser reconstruido mediante un gobierno de emergencia, concepto que constituyó el corazón de su campaña de 2025. Esa lógica parece no haber cambiado del todo. El propio Presidente Kast, esta misma semana, puso incomprensiblemente en duda una buena noticia como la caída de la pobreza registrada por la encuesta Casen. El problema es que los relatos tienen consecuencias: una vez sembrada la convicción de que todo está mal, la confianza no vuelve por decreto.
Es cierto que arrastrábamos dificultades graves, algunas heredadas de la administración anterior y otras de larga data. También es cierto que ha habido avances en estos meses. La megarreforma contiene medidas que debiesen apuntalar la inversión y el crecimiento. La agenda de seguridad debería reforzar el combate contra el crimen organizado. Y hay cosas interesantes en salud que han tenido menos eco del merecido.
Pero los cambios toman tiempo y la paciencia es cada vez más escasa. La reactivación económica ha sido más lenta de lo esperado, el empleo no repunta y las mejoras en seguridad todavía son poco perceptibles para la ciudadanía. La política, a su vez, sigue en extremo polarizada. En el Congreso hay más ánimo de pasar máquina que de construir acuerdos amplios y duraderos.
Los dirigentes del Partido Republicano, en vez de reforzar la conducción gubernamental, se dedican a confrontar a sus aliados o a torpedear la agenda de La Moneda con iniciativas que buscan contentar a su barra brava. Para peor, como el guion fue exitoso —como antes lo fue para el Frente Amplio, lejos el mayor exponente de la política del pesimismo— es cosa de tiempo para que surjan aprendices ávidos de seguir el mismo derrotero. Aquello, como demuestra la experiencia, puede servir para ganar. Pero gobernar es otra cosa.
Porque gobernar es transformar los diagnósticos en esperanza, asumiendo los problemas como propios y convocando a un esfuerzo compartido para resolverlos. Es ofrecer soluciones que convenzan a los chilenos de que el futuro vale la pena. Porque vencer sin convencer, a la larga, es el prólogo de una derrota.
Por Gonzalo Blumel, Horizontal.
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