Por Beatriz HeviaEl silencio que queda

Ningún minuto de silencio es suficiente para el silencio que queda tras su muerte. En un hijo que crecerá sin su padre. En una mujer que tendrá que convivir con su ausencia. En sus padres, hermanos, amigos y compañeros, que tendrán que “acostumbrarse” a que el cabo segundo Cristopher Aguilera, que tenía proyectos, afectos y una vida por delante, ya no está.
Los minutos de silencio terminan. El que queda después de su muerte, no. Por eso no deberíamos mirar esta muerte como un hecho policial más.
No es una cifra. No es la suma de los homicidios de una semana.
Es un chileno que perdió la vida cumpliendo su deber. Es una familia que perdió a un padre, un hijo, un hermano, un marido. Es una institución que perdió a uno de los suyos. Y es Chile el que perdió a un patriota. Quienes visten el uniforme de Carabineros saben que su profesión implica riesgos. Pero una cosa es asumir ese riesgo y otra muy distinta es que, como sociedad, terminemos aceptando que quienes nos protegen sean asesinados por organizaciones que han decidido desafiar al Estado.
El carabinero sale a cuidar a los demás. Quien le dispara solo cuida su negocio: un territorio y una fuente de ingresos construida sobre la violencia y el miedo. Cuando hablamos de crimen organizado no hablamos de simples delincuentes, sino de organizaciones que acumulan dinero, armas y poder, y que usan la violencia para proteger sus intereses. Cuando ese poder asesina a quienes representan al Estado, ya no estamos ante un problema policial más. Estamos ante un desafío al Estado.
Por eso, a quienes legislan les pedimos algo más que discursos: que, más allá de este funeral, recuerden a Cristopher Aguilera cada vez que discutan una ley contra el narcotráfico o el crimen organizado. Que recuerden que detrás de esas votaciones hay familias y funcionarios reales. Que piensen en cada carabinero que mañana volverá a salir a la calle y no en cálculos pequeños: ni en la próxima encuesta, ni en la conveniencia de un sector.
El Estado tiene que ser capaz de proteger a quienes nos protegen. Eso exige perseguir el crimen organizado y las redes que lo sostienen, sacar de circulación sus armas, fortalecer la inteligencia, dotar a las policías de mejores herramientas e impedir que se siga delinquiendo desde las cárceles.
Y exige, sobre todo, que no nos acostumbremos.
No podemos aceptar que cada nuevo caído sea recibido con las mismas condolencias, las mismas banderas a media asta y las mismas promesas, para después seguir como si nada hubiera ocurrido.
Porque detrás de cada uniforme hay una vida. Y detrás de cada vida hay un silencio que ninguna ceremonia puede llenar.
Un minuto de silencio no alcanza para el silencio que queda. No alcanza para su familia. Y no debería alcanzar tampoco para Chile.
Porque duele llorar una vez más a un mártir.
Pero más doloroso sería acostumbrarnos a hacerlo.
Por Beatriz Hevia, abogada
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