República o demagogia
Chile aspira a ser una república democrática. Las repúblicas son regímenes mixtos, pues intentan integrar distintos principios de gobierno para contrapesar sus virtudes y defectos.
La nueva izquierda chilena se ha caracterizado, desde Bachelet II, por un discurso democrático radical promovido por actores convenientemente blindados de sus consecuencias. Algunos de sus componentes han sido la crítica a la existencia del Senado, del Tribunal Constitucional y de cualquier quórum legislativo supermayoritario. El gran articulador de esta visión, inspirada en el decisionismo político de Carl Schmitt y el populismo de Laclau y Mouffe, fue Fernando Atria. En el plano educacional, esta visión instaló la idea de que cualquier forma de selección, incluso por rendimiento académico, era odiosa y discriminatoria. También pretende reducir a los prestadores educacionales a meras herramientas del Estado, para cerciorarse de que nadie pueda recibir algo distinto. Y, por último, estableció la educación superior como un derecho universal. El Estado, en esta mirada, debe tener la capacidad y el poder de hacer iguales a todos (permaneciendo los guardianes de la igualdad más iguales que otros).
La derecha chilena, por su parte, ha sostenido desde el retorno de la democracia un discurso aristocrático que muchas veces termina protegiendo intereses oligárquicos. La idea de agradecer y admirar a “los mejores” es parte de esta visión. También lo es un discurso meritocrático que establece que todos merecen lo que tienen, justificando tanto la riqueza como la pobreza existentes. El mercado, se asume, sería un justo distribuidor de méritos. Parte integral de toda visión aristocrática, también, es que “los mejores” tienen un deber de ayudar a los menos favorecidos (nobleza obliga), lo que entra en tensión con las concepciones igualitaristas de los derechos sociales. En el plano educacional, por cierto, esta visión defiende a rajatabla la selección y la autonomía de los proyectos educativos.
Irónicamente, tanto los discursos democráticos puros como los aristocráticos puros tienen serias dificultades para reconocer y representar a las clases medias. Ambas visiones tienen conceptos claros del arriba y del abajo, pero no del medio.
- Más allá de los discursos, las disputas entre izquierda y derecha han sido, en lo principal, conflictos intraoligárquicos. La mayoría de los representantes de ambos sectores asistieron a colegios particulares pagados altamente selectivos, y enviaron a sus hijos al mismo tipo de establecimiento. Esto hace que las decisiones adoptadas en materia educacional sean, en general, decisiones tomadas respecto a los hijos de otros, lo que facilita que las discusiones educacionales se vuelvan altamente ideológicas. Esto se repite en otras materias.
El resultado es un sistema político con discursos cada vez más exagerados y resultados cada vez más pobres, pero que rara vez afectan a quienes legislan. Este estado de las cosas merece ser considerado como una forma de corrupción oligárquica del régimen republicano. Y los regímenes oligárquicos han sido históricamente inestables, pues dejan la mesa servida a los demagogos y tiranos para articular el descontento en forma de programas populistas.
¿Puede corregirse esta situación? La respuesta está en el propio ideal republicano, que busca integrar de manera sana democracia y aristocracia, apuntando a un gobierno de la ley anclado principalmente en las clases medias. Esto nos llevaría a una suerte de nuevo “Estado de compromiso”. Parte integral de este diseño sería un sistema educativo público que promoviera el rigor y el esfuerzo general, pero que también se permitiera seleccionar con el fin de generar élites republicanas que contrapesen y prevengan la deriva oligárquica de las clases dominantes. Este rol fue históricamente cumplido por los liceos de excelencia en Chile, hasta que fueron demolidos por la Nueva Mayoría y el Frente Amplio. Restaurarlos, junto a las pruebas de selección, no es cometer un exceso, sino corregir uno. Las reformas de Bachelet II fueron demasiado lejos, dañando un resorte central de la maquinaria republicana. Ojalá la nueva nueva izquierda fuera capaz de verlo.
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