Una urgente rectificación
En las condiciones de la nueva geopolítica mundial, las definiciones nacionales sobre política exterior adquieren especial relevancia. Errores de diagnóstico, sobreideologización o mala combinación entre convicciones e intereses pueden producir efectos catastróficos.
Antes de que asumiera el Presidente Kast, existían aprensiones fundadas de que la suya sería una política ideológicamente alineada. Los encuentros con Milei, Bukele, Orban y de paso con Trump en Miami constituían señales fuertes en esa dirección. Luego de asumir, el nuevo gobierno entregó señales tranquilizadoras tanto en materia de política doméstica como internacional. En sus presentaciones, el canciller Pérez habló de relaciones equilibradas y se cuidó de manifestar algún tipo de favoritismo.
Desgraciadamente, las cosas han cambiado. Luego de una reunión con el secretario de Estado Marco Rubio, el Canciller hizo una afirmación que nadie había hecho de forma tan rotunda: “EE.UU. es nuestro principal socio estratégico”.
Se trata, por donde se la analice, de una declaración equivocada. Por de pronto, aconsejaría una mayor compostura frente a los EE.UU. el cúmulo de violaciones al derecho internacional perpetradas por el gobierno de Trump. La lista es demasiado larga. Recordemos simplemente las amenazas a países tan diversos como Canadá, México, Noruega o Panamá; el ataque a Irán y su amenaza de arrasar con toda una civilización; el hundimiento en el Caribe de decenas de lanchas, muchas de ellas posiblemente de pescadores; el secuestro de Maduro y la transformación de Venezuela en un protectorado cuyo petróleo es directamente administrado por Trump o la ofensiva actualmente en curso en contra de la Corte Penal Internacional, pieza clave de un orden internacional basado en reglas.
Pero, el tema no se agota aquí. Es preciso distinguir entre las relaciones con la Presidencia norteamericana, por definición pasajeras, de las relaciones con los EE.UU. como nación, por definición permanentes. Independientemente de las definiciones ideológicas del gobierno de turno de ese país, la nueva geopolítica mundial amplía positivamente el margen de maniobra de un país como Chile. No es un dato menor que China se haya convertido en nuestro principal socio comercial absorbiendo el 40% del total de las exportaciones mientras la parte de los EE.UU. no supera el 16%.
Chile puede dejar atrás la época de la alineación obligada con los EE.UU. y beneficiarse de lo que con C. Fortín y J. Heine hemos llamado la “economía política del no alineamiento activo”. Esta opción es crucial en la puesta en práctica de una estrategia que nos conduzca, por fin, a transformarnos en un país desarrollado.
De ahí la inconveniencia radical de la propuesta del canciller. Consecuente con ella, Chile podría terminar lesionando gravemente su relación con el país que en cuestión de pocos años se convertirá en la primera economía del mundo. A su vez podemos terminar transformados en un país paria que apoya todas las malas causas que ha levantado la administración Trump, como el apoyo a las brutalidades de Netanyahu, la quiebra de Naciones Unidas, el negacionismo ambiental o el retroceso en materia de igualdad de género.
Por Carlos Ominami, Presidente Foro Permanente de Política Exterior
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