Paula

Acompañar a un hijo o hija con TCA

Cuando a una madre le dicen que su hijo o hija tiene anorexia, bulimia u otro trastorno de la conducta alimentaria (TCA), la culpa suele aparecer primero. Pero lejos de ser una causa única, estos trastornos son complejos y multifactoriales. El desafío no es quedarse ahí, sino aprender a acompañar desde otro lugar.

Hay culpas que aparecen antes que cualquier explicación. Culpas rápidas, automáticas, casi inevitables.

“Cuando el psicólogo me dijo que mi hija de 13 años tenía un TCA, el mundo se me vino abajo. Solo pensé que todo fue mi culpa”. Así empieza el relato de Carla. Y aunque esta historia es suya, también es —de distintas formas— la de muchas otras. Incluyéndome.

Porque hablar de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en hijos e hijas no solo incomoda: confronta. Obliga a revisar lo que hicimos, lo que dijimos y, quizás más difícil aún, lo que pensamos en voz alta sin darnos cuenta.

Durante años he hablado de cómo algunas madres, desde la gordofobia, fomentan dietas o restringen alimentos. Pero hay otra cara mucho más silenciosa: madres que nunca prohibieron un alimento, que jamás pusieron a sus hijos a dieta, pero que crecieron criticando su propio cuerpo. Comentarios frente al espejo, evitar ciertos alimentos, postergar el placer por miedo a “subir de peso”. Gestos cotidianos que, sin intención, también enseñan. E insisto: esto también me atraviesa en primera persona.

Carla estaba presente. Iba a cada sesión, preguntaba, se involucraba. Hacía lo mejor que podía. Y, aun así, no lograba dejar de culparse: por las dietas que hizo, por las veces que se revisó en el espejo, por ese helado que le compraba a su hija, pero no a ella misma.

Y aquí es necesario hacer una pausa.

Sí, estas experiencias influyen en la relación que niñas, niños y adolescentes construyen con su cuerpo y con la comida. Pero pensar que un TCA se origina únicamente en lo que hace —o deja de hacer— una madre no solo es injusto; es simplista.

Los TCA son multifactoriales. Intervienen factores biológicos, psicológicos y socioculturales: la genética, la etapa del desarrollo, la dinámica familiar, las redes sociales, los discursos médicos, la cultura alimentaria, el entorno escolar. La evidencia que describe esta interacción compleja es amplia y consistente, descartando la idea de una causa única o lineal.

Entonces, ¿qué hacemos con esa culpa que insiste en aparecer?

En la práctica, muchas madres se mueven entre extremos. Algunas intensifican el control: vigilan lo que comen sus hijos, insisten, presionan, negocian cada bocado. Otras, desde el miedo a equivocarse, se paralizan: evitan poner límites o sienten que cualquier intervención puede empeorar las cosas. Y en ese vaivén, profundamente humano, se instala una sensación persistente de no saber cómo hacerlo bien.

Ahí es donde la terapia se vuelve clave. No solo para quien está cursando un TCA, sino también para su familia. De hecho, cada vez existen más espacios, como talleres y grupos, pensados para familiares, donde pueden aprender a convertirse en reales aliados del proceso.

Geraldine Jofré, psicóloga especialista en conducta alimentaria, lo plantea así: “Aunque muchas veces aparece la culpa por sentirse responsables del origen del trastorno, también es clave recordar que pueden transformarse en aliadas en el proceso. Algunas acciones que ayudan: evitar comentar sobre cuerpos o lo que otros comen, preguntar en vez de asumir, no sobreproteger y estar dispuestas a reconocer errores, pedir disculpas y reparar cuando sea necesario”.

Y ese cambio de lugar no es menor. Pasar de la culpa a la alianza implica dejar de centrarse en el pasado y empezar a habitar el presente con mayor conciencia. Significa, por ejemplo, aprender a tolerar la incomodidad propia y ajena, sostener conversaciones difíciles, confiar en procesos que no son lineales y entender que acompañar no siempre se ve como “hacer algo”, sino muchas veces como estar.

Porque los TCA no ocurren en el vacío, y su abordaje tampoco debería hacerlo. Un acompañamiento terapéutico adecuado permite algo fundamental: salir de la lógica del “hacerlo perfecto” y entrar en la lógica del “hacerlo posible”. Ayuda a ordenar el caos, a reconocer qué conductas pueden estar sosteniendo el problema —aunque nunca haya sido la intención— y, sobre todo, a construir herramientas concretas para acompañar sin invadir y sostener sin controlar. No se trata de ser madres perfectas. Se trata de ser madres disponibles: disponibles para incomodarse, para revisar creencias, para cambiar.

Porque si algo he visto como profesional y como madre, es que los vínculos no se rompen por los errores, sino por la imposibilidad de mirarlos de frente. La culpa puede ser un punto de partida, pero no puede ser el lugar donde nos quedamos.

Cuando una madre deja de preguntarse “¿en qué fallé?” y empieza a preguntarse “¿cómo puedo estar hoy?”, algo cambia. Y a veces, en ese pequeño giro, comienza a construirse algo mucho más importante que la perfección: un espacio seguro.

Lee también:

Más sobre:SaludCrianzaNutriciónTCACarolina MelcherMaternidadAnorexiaBulimia

Lo más leído

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE