Paula

Crecer Jugando: cuando el juego se convierte en el motor del vínculo y el desarrollo

En más de diez años, Crecer Jugando –programa de la fundación Infancia Primero– ha acompañado a más de 4.800 familias en 27 comunas de Chile, enseñándoles a jugar de otra forma con sus hijos. Hoy la evidencia lo respalda: ese vínculo cotidiano puede cambiar el desarrollo de una niña o un niño, y con eso, todo lo demás.

Los zapatos siempre quedan en la entrada, junto a las mochilas y los celulares. El suelo está cubierto de tatamis, la música calma y la sala llena de bloques, juegos de cocina, pelotas de colores, cuentos y canastos llenos de juguetes que esperan a niñas y niños, y sus cuidadores. En el momento inicial, los más pequeños exploran la sala con libertad. Los adultos, en general mujeres –mamás, tías, abuelas que les cuidan–, solo los siguen.

Entre ellos está Evelyn Peña (42), atenta a cada paso de Jeremías (un año y medio). Él tiene síndrome de Down, y a los seis meses no hacía lo mismo que otras guaguas de su edad. Fue esa preocupación por su desarrollo la que la trajo hasta aquí: la derivación llegó desde el CESFAM Bicentenario, en la comuna de Renca, y asegura que no dudó en inscribirse. “Lo vi como una oportunidad para aprender, sociabilizar y compartir experiencias”, cuenta hoy.

El lugar al que llegó es Crecer Jugando, un programa de la fundación Infancia Primero –parte de la red Pacto Niñez– que reúne cada semana a niñas y niños de entre 0 a 4 años junto a quienes los cuidan. A través del juego, durante una hora, busca fortalecer el desarrollo infantil, el vínculo entre ambos y las redes de apoyo entre las familias participantes.

No todas las familias llegan a Crecer Jugando por la misma razón. Mientras Evelyn llegó preocupada por el desarrollo de su hijo, Fabiola Soto (36) buscaba otra cosa: compañía para criar. Antes de conocer el programa, sus días transcurrían completamente sola con Ferran, que hoy tiene casi dos años: le cantaba, le leía, jugaba con él sin parar, pero no había con quién compartir una duda o una pataleta hasta que su marido llegaba, ya de noche. “Estaba 24/7 destinada únicamente a pensar en él, en su desarrollo”, cuenta. Había intentado ir a un espacio de juego en Ñuñoa, lejos de su casa en San Miguel. “Pero no podíamos interactuar entre mamás ni con los niños”, recuerda. Allí, el silencio era la regla.

Fabiola enfatiza que lo que buscaba no era solo un lugar para jugar con su hijo. También necesitaba una red. Y esa necesidad está lejos de ser excepcional. Según la agenda de Primera Infancia que el Observatorio Niñez de Fundación Colunga presentará a fines de julio, uno de cada siete hogares con niñas y niños en preescolar no cuenta con ningún tipo de apoyo para la crianza. Ni familiar, ni comunitario, ni institucional. Y cuando ese apoyo falta, solo el 8% de esas familias declara recibir apoyo institucional, frente al 20% entre quienes sí cuentan con red familiar.

El juego como lenguaje

Crecer Jugando parte de una premisa sencilla: para promover el desarrollo infantil no basta con trabajar directamente con niñas y niños. También hay que fortalecer el vínculo con quienes los cuidan.

La evidencia respalda esa apuesta. De hecho, uno de los hallazgos de la agenda Primera Infancia de Observatorio Niñez Colunga es que las brechas en el desarrollo aumentan a medida que niñas y niños crecen. Tras revisar datos de diversas encuestas, el documento evidencia que mientras durante los primeros meses de vida los rezagos detectados afectan a alrededor del 5% de los niños, después de los dos años esa proporción llega al 25%. Para Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, estos datos muestran la importancia de intervenir tempranamente, antes de que esas brechas se consoliden.

“Una niña o un niño que tiene un buen vínculo con su cuidador principal tiene una mejor trayectoria de desarrollo”, explica Magdalena Mongillo, directora social de la fundación Infancia Primero y quien lidera la coordinación del programa Crecer Jugando. Ese vínculo se construye en gestos cotidianos. Que un niño vocalice y el adulto le responda. Que señale un objeto y alguien siga su mirada. Que una sonrisa encuentre otra sonrisa. Son intercambios breves, explica Mongillo, que repetidos cientos de veces durante los primeros años de vida, van moldeando el desarrollo socioemocional y cognitivo.

Ahí es donde aparece el juego. “No es que el juego sea importante porque entretiene. Es el lenguaje de los niños”, dice Mongillo. A través del juego exploran el mundo, expresan lo que todavía no pueden decir con palabras y construyen vínculos con quienes los rodean.

Por eso, en Crecer Jugando nada queda al azar. La disposición de la sala, la selección de los materiales, las canciones que acompañan las transiciones, los cuentos y las conversaciones entre cuidadores forman parte de una metodología diseñada para fortalecer esas interacciones cotidianas entre niñas, niños y quienes los cuidan.

Donde el vínculo toma forma

“No queremos que el adulto le enseñe al niño a jugar, sino que aprenda a seguirlo. Aquí el que manda es el niño”, explica Magdalena Mongillo. Por eso, cada sesión del programa comienza sin instrucciones. Al contrario: apenas entran a la sala, niñas y niños y sus cuidadores –casi siempre mujeres, aunque pueden venir con los papás– se sacan los zapatos y exploran libremente entre los materiales, escogidos según la edad del grupo. Quienes los acompañan no dirigen el juego: observan, siguen la iniciativa de sus hijos y participan cuando ellos los invitan.

Fabiola Soto lo notó desde el primer día: a diferencia del jardín infantil, donde hay que despedirse en la puerta, acá los adultos se quedaban dentro. “Tú estabas con ellos todo el rato en el mismo espacio, y ellos de a poquito iban agarrando la confianza para ir despegándose de ti”, cuenta.

Mauricio Gonzalez M.

Ese momento de exploración también es información: las facilitadoras observan qué despierta curiosidad en cada niño y cómo responde el adulto a sus iniciativas. Ahí fue donde Fabiola descubrió que a Ferran le fascinaba una cocinita de madera que a ella, reconoce, jamás se le habría ocurrido comprarle. “Vas aprendiendo sus gustos, sus intereses”, dice.

Entonces, en la sala suena una canción. No solo anuncia que una de las actividades que estructuran la sesión terminó y otra está por empezar. También ayuda a que niñas y niños anticipen la rutina y transiten entre un momento y otro con mayor seguridad. Lo mismo ocurre con los cuentos y las dinámicas grupales: cada uno busca fortalecer habilidades distintas, siempre a través de la interacción entre niñas, niños y quienes los cuidan. A Ferran le bastó un cuento –“El Conejo”– para pedirlo sesión tras sesión hasta aprendérselo de memoria. “Se lo voy a regalar en su cumpleaños, que viene pronto, porque le encantó”, dice Fabiola.

Al final de la sesión, los roles cambian. Mientras las facilitadoras se quedan jugando con las niñas y los niños, las cuidadoras pasan a otra etapa, donde pueden conversar sobre situaciones cotidianas de la crianza. Lo que comienza como una conversación guiada termina muchas veces convirtiéndose en un espacio para compartir dudas, estrategias y experiencias que continúan durante la semana.

Es ahí donde el programa termina de cerrar el círculo. Mientras niñas y niños aprenden jugando, quienes los cuidan descubren que no están solos. Las dudas que parecían individuales se vuelven compartidas y, poco a poco, empiezan a construirse las redes que Crecer Jugando busca fortalecer.

Cuando cambia la manera de cuidar

Luego de pasar por el programa, Evelyn Peña dejó de medir cada avance de Jeremías con la vara de los demás niños. Durante largo tiempo había sentido que iba siempre un paso atrás. Crecer Jugando, reconoce, le enseñó a hacer lo contrario: hoy ya no espera que su hijo siga el ritmo del resto. Aprendió a reconocer sus tiempos.

“Hemos aprendido a entender sus necesidades, cuando está triste, cuando está enojado, su carita de pena”, cuenta. Aunque todavía no habla, ella distingue cuándo llora porque se golpeó, cuándo tiene sueño o cuándo simplemente necesita que la abracen. “Comprendí que él lo lograría a su tiempo, que no tenía que apurar sus procesos”.

Ese cambio también transformó la forma en que Evelyn se mira a sí misma como madre. “Me hicieron sentir que con mis herramientas era suficientemente buena mamá”, dice. La culpa por no saber siempre qué hacer empezó a dar paso a la confianza. Y las conversaciones que antes ocurrían solo durante las sesiones continuaron después, entre mensajes de WhatsApp, encuentros en la plaza o consejos compartidos con otras madres que atravesaban inquietudes parecidas.

No se trata solo de una experiencia individual. Según la agenda de Primera Infancia del Observatorio Niñez de Fundación Colunga, un 9% de las personas cuidadoras en Chile enfrenta la crianza con niveles altos de tensión: son 33.400 niñas y niños cuyos cuidadores viven el día a día con baja confianza en sí mismos, malestar emocional y sensación de agobio. Un 26% adicional presenta niveles moderados de tensión.

Para Magdalena Mongillo, directora social de Infancia Primero, esa presión también repercute en el desarrollo infantil. Cuando un adulto vive desbordado, explica, resulta mucho más difícil detenerse a observar, interpretar las señales de un niño y responder con calma a lo que necesita. Por eso Crecer Jugando no busca solo acompañar a niñas y niños. También intenta que quienes los cuidan recuperen la confianza en sus propias capacidades.

Y es ahí donde el programa busca salir de la sala. Porque lo aprendido durante diez sesiones –observar, seguir, jugar– empieza a instalarse en la vida cotidiana, allí donde el desarrollo ocurre realmente.

Cuando una buena idea puede crecer

Las historias de Evelyn y Fabiola no son casos aislados. Durante más de diez años, la fundación Infancia Primero ha implementado Crecer Jugando en 27 comunas del país y ha acompañado a más de 4.800 familias.

Pero, para saber si los cambios que observaban en las familias respondían realmente al programa, decidieron someterlo a una evaluación de impacto.

El estudio, realizado por SUMMA, el Laboratorio de Investigación e Innovación en Educación para América Latina y el Caribe, junto a Estudios y Consultorías Focus, confirmó mejoras en el desarrollo infantil, una disminución del estrés parental y un fortalecimiento de las habilidades de crianza. Uno de sus hallazgos más relevantes fue la rapidez con que comenzaron a aparecer esos cambios: a partir de la tercera sesión, las mejoras en las habilidades parentales y la reducción del estrés de quienes cuidaban a niñas y niños ya eran estadísticamente significativas.

Para Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez de Fundación Colunga, ese tipo de evidencia es la que permite distinguir una buena iniciativa de una solución con potencial de convertirse en política pública. “La infancia necesita políticas que demuestren que funcionan. Cuando encontramos una intervención capaz de fortalecer el desarrollo desde los primeros años y con evidencia que respalda sus resultados, el desafío deja de ser probarla y pasa a ser cómo hacer que llegue a muchas más familias”.

Ese fue también el siguiente paso de Crecer Jugando: pasar de un programa ejecutado por la fundación a uno que los propios territorios pudieran sostener. En Renca, el municipio asumió su implementación tras un proceso de formación y acompañamiento técnico de Infancia Primero, que certifica a los equipos locales y resguarda la calidad de la metodología. Es esa lógica –instalar la capacidad en cada comuna– la que permite que el programa crezca sin depender de la fundación. Para Elizabeth Maulén, coordinadora comunal, Crecer Jugando llegó a cubrir un vacío importante en la oferta para la primera infancia. “No solamente enriquece a los niños, sino que enriquece el vínculo con el cuidador o cuidadora”, explica.

Hoy son los propios equipos municipales quienes llevan adelante las sesiones, mientras la fundación mantiene un rol de asesoría. Los efectos, dice Maulén, siguen apareciendo incluso después de terminado el programa. Recuerda a un grupo de familias que se conoció en Crecer Jugando y que, tiempo después, organizó por iniciativa propia un picnic en un parque de Renca. “Se fortaleció la interacción entre los cuidadores, pero también entre las propias familias”, resume.

Las canciones dejan de cantarse solo una vez por semana. Los juegos vuelven a aparecer en la casa. Las dudas encuentran a otros que también las comparten. Y un espacio termina transformando la manera en que una niña, un niño y quien lo cuida se encuentran todos los días. Ahí, en esas interacciones cotidianas, ocurre el verdadero impacto de Crecer Jugando.

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