El club de los reparadores
Un sábado al mes, el Laboratorio Ciudadano LaPaz482 abre sus puertas para recibir a vecinos y vecinas que llegan bajo una misma premisa: antes de desechar un objeto, muchas veces existe una segunda oportunidad. Son jornadas abiertas donde voluntarios comparten sus saberes y acompañan procesos de reparación colectiva. Este sábado será la siguiente.
Es sábado por la tarde y en la comuna de Independencia todavía hay feriantes que cargan camiones con los que abastecen el sector de la Vega. Ya se disipó la muchedumbre que se suele aglomerar en las mañanas de los fines de semana en ese sector, y de a poco se vuelve un lugar “sin vida”. Sin embargo, a pocas cuadras hacia el norte, un espacio se ve diferente. Del Laboratorio Ciudadano LaPaz482 entran y salen personas de manera constante, todas con un objeto en sus manos: desde bolsas con prendas de ropa, electrodomésticos, lámparas, hasta bicicletas.
La razón: una nueva jornada del Club de Reparaciones que desde hace cinco años viene organizando Independencia Ciudadana a través de su laboratorio de innovación pública, en colaboración con Fundación Reparemos. Se trata de una jornada abierta a la comunidad en la que se busca recuperar objetos cotidianos, mientras se comparten conocimientos prácticos bajo la convicción de que gran parte de los productos que terminan en la basura, podrían tener una segunda vida si existiera mayor conocimiento sobre su funcionamiento y reparación.
La invitación que se les hace a los vecinos y vecinas es simple: traer objetos dañados o en desuso y aprender, junto a otras personas, cómo diagnosticarlos y repararlos de manera colaborativa. Se instalan tres estaciones de reparación —textil, eléctrica y de bicicletas—, donde especialistas voluntarios acompañan a los participantes en el proceso de revisión y arreglo de sus artículos.
La señora Nieve está en la estación textil. Llevó unas calzas que necesitaban basta. A su lado, Damaris, una de las impulsoras de Fundación Reparemos, que también enseña a coser, le ayuda en el proceso. Cuenta que lo que más llega son prendas de ropa: mochilas, bananos, sábanas, fundas de cojín, manteles para hacer el ruedo. Muchas de estas prendas tienen historia y por eso sus dueños no quieren desecharlas. Utilizando costuras, parches y distintas técnicas, las arreglan y así vuelven con sus dueños, alargando su vida útil.
Lo mismo ocurre con la estación electrónica. Allí, Ludwig, un hombre delgado, de pelo largo, cano y unos intensos ojos verdes, enfundado en un mameluco azul, comparte sus conocimientos de años de trabajo en un taller eléctrico en la comuna de La Reina, mientras revisa un viejo taladro. Quienes llevaron sus objetos lo escuchan con atención, hacen pruebas, al mismo tiempo que intentan unir cables para volver a ver funcionar sus aparatos electrónicos.
Damaris cuenta que en la estación de electrónica, además de electrodomésticos, llegan muchos equipos de audio: parlantes, personal stereo, audífonos. “En general, esos aparatos un poco más obsoletos están diseñados de manera que permiten intervenirlos más fácilmente. Y la gente se va feliz, porque se logró arreglar el tocadiscos o la radio antigua que era del abuelo”.
Desde la organización son enfáticos cuando explican que esta iniciativa busca transformarse en un espacio de aprendizaje colectivo. La idea es que las personas comprendan cómo funcionan los objetos que utilizan diariamente y adquieran herramientas prácticas para repararlos por sí mismas, reduciendo así la generación de residuos. “Queremos que la gente aprenda a reparar, recuperar la cultura de la reparación. Porque hoy es mucho más fácil ir a un mall y comprar un hervidor barato cuando el propio se rompe. Estamos en la cultura del consumo rápido y nosotros queremos volver un poco atrás, que la gente piense primero en reparar. Por eso lo hacemos de esta manera comunitaria y no somos un servicio técnico. Queremos que las personas aprendan: formar comunidad, rescatar saberes y cuidar el medioambiente”, dice Damaris.
Vicente Alti, director ejecutivo de Independencia Ciudadana, agrega: “Para nosotros la innovación ocurre cuando el barrio vuelve a encontrarse consigo mismo. No se trata de tecnología por la tecnología, sino de comunidad resolviendo problemas reales y activando la economía local”.
Experiencias similares se han desarrollado en distintas ciudades del mundo, especialmente en Estados Unidos y varios países de Europa, como Alemania, donde los llamados repair cafés o clubes de reparación se han consolidado como espacios ciudadanos que promueven una cultura distinta frente al consumo y el descarte. En estos encuentros, reparar se convierte en una práctica educativa y comunitaria que fomenta el aprendizaje práctico, la colaboración y el cuidado del medioambiente.
“Puro altruismo”
Ese sábado era la primera vez que el Club de Reparaciones se realizaba en dos comunas en paralelo. Independencia fue la primera que los acogió y ahora se sumó Peñalolén. El equipo de Fundación Reparemos se tuvo que repartir, y quienes se quedaron en la sede de LaPaz482 mostraban cierta expectación por cómo resultaría esta incursión al otro lado de Santiago. “Allá se armó una estación nueva, porque llegó un voluntario que sabía carpintería, así que habrá también reparación de muebles. Tenemos planes de expandirnos a Ñuñoa también”, dicen.
Visto así, parece una idea quijotesca: lograr que personas, de manera voluntaria, vayan a pasar una tarde completa de su fin de semana a un lugar en que no reciben retribución económica a cambio de sus saberes, trabajo y experiencia. Pero para los organizadores esto no es tan sorprendente. “Reparar no es solo una solución práctica, sino también una forma de reconstruir saberes y vínculos entre personas que comparten un mismo territorio. Cada jornada se transforma así en una instancia donde quienes más saben enseñan a otros, se intercambian experiencias y se generan soluciones colectivas a problemas cotidianos”.
Así lo vive también Nieves: “Es una oportunidad para aprender. Yo no tenía idea de costura, era negada para esas cosas. Pero ahora entiendo más. Aunque en realidad lo que más me gusta de venir es que puedo compartir, hablar de otras cosas, entretenerme y pasar un rato diferente”. Normalmente a cada jornada llegan entre 20 y 25 personas y este fin de semana será la próxima versión. Una más de esas tardes en que reparar también significa encontrarse.
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- A diferencia de un centro cultural tradicional, LaPaz482 funciona como un cowork público y abierto al barrio, donde vecinos, organizaciones y creadores desarrollan proyectos colaborativos para enfrentar desafíos cotidianos del territorio. El espacio, cuenta con programación gratuita permanente a través de clubes comunitarios -como radio y podcast, huertas urbanas, tecnología, textil, música, cine o tejido- además de talleres de oficios y asesorías para fortalecer las economías locales.
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