Paula

Hablemos de amor: las exigencias del colegio me tienen sobrepasada

Para muchos apoderados la relación con los colegios ha pasado de ser un acompañamiento educativo a una fuente constante de presión. En esta columna, la autora reflexiona en torno la sensación de agotamiento de padres y madres provocada por el sistema escolar actual.

Soy mamá de tres niños en un colegio privado católico y, honestamente, siento fobia escolar como apoderada.

Mis tres hijos requieren apoyo externo por distintas dificultades, y dos de ellos necesitan acompañamiento de múltiples especialistas.

Al observar especialmente las dificultades de mi hijo menor, me pregunto cuánto de lo que hoy se considera “problemático” tiene relación con expectativas poco realistas para niños pequeños.

Muchas veces, como madres, terminamos convirtiéndonos en secretarias y choferes de nuestros hijos para responder a terapias, reuniones, reportes y exigencias constantes de un colegio que demanda disponibilidad permanente y frecuentes encuentros. Lo que debería ser una relación colaborativa termina volviéndose invasiva y agotadora.

Conversando con otras madres, veo que muchas vivimos en estado de alerta permanente, intentando responder a exigencias imposibles de sostener. Una cosa es que, como padres, decidamos buscar apoyo psicológico o médico para nuestros hijos; otra muy distinta es sentir que el colegio exige diagnósticos, certificados y reportes sobre aspectos profundamente íntimos de la vida familiar.

¿Cuál es el límite del rol que le corresponde al colegio? Muchas veces, cuando no existe un diagnóstico claro, pareciera que los colegios no dejan tranquilas a las familias hasta obtener una etiqueta y casi una “pócima mágica” que indique cómo actuar.

¿Qué está pasando en los colegios que muchas madres terminan renunciando parcial o totalmente a sus trabajos para responder, prácticamente las 24 horas del día, a necesidades inmediatas e imperiosas del sistema escolar? ¿Qué pasó con el goce por aprender en la etapa preescolar? ¿En qué momento empezamos a esperar niños perfectamente normados, capaces de tolerar jornadas largas, múltiples profesores y exigencias cada vez más tempranas?

Educar, al menos como nos lo enseñan en la universidad, es guiar. No es ejercer como jueces parentales, sino promover la educación y el desarrollo integral de cada niño. No todos aprenden, sienten o se desarrollan de la misma manera. Y, finalmente, cuando un niño tiene antecedentes conductuales o emocionales, cambiarse de colegio se convierte en un desafío gigantesco.

Muchas veces, esos antecedentes terminan convirtiéndose en una marca que acompaña al niño a todas partes. Buscar un nuevo colegio puede sentirse casi como lo que vive una persona con antecedentes penales al intentar encontrar trabajo.

¿En qué absurdo nos estamos convirtiendo como sistema educativo? ¿En qué momento el colegio dejó de ser un espacio de apoyo para transformarse en nuestro jefe, y nosotros en empleados sobreexigidos, intentando sobrevivir al mismo tiempo a la crianza y a las demandas del sistema escolar?

Quizás valga la pena detenernos un momento y preguntarnos qué estamos intentando formar. Porque si para que un niño encaje necesitamos poner a toda una familia en estado de alerta permanente, tal vez el problema no esté solo en ese niño.

Más sobre:AmorHablemos de amorCrianzaSistema escolar

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

CYBER 50% Plan Digital+$5.990 al mes SUSCRÍBETE