Hablemos de amor: perdí mi trabajo soñado, ese que llevaba más de una década deseando
Lo que comenzó como el trabajo de sus sueños terminó convirtiéndose en una relación tóxica de la que María Paz no podía salir. Porque, a veces, incluso el lugar que parece ideal puede transformarse en un espacio hostil.
Hace unos años y sin realmente buscarlo, llegué al que en mi mente era “mi trabajo soñado”. Era perfecto, cumplía (casi) todos los checks. El título ideal. Un salto importante para mi LinkedIn, aunque ni siquiera me importaba, pero ahí estaba en mi cabeza.
Pero lo que ocurrió fue que en cuanto entré por esas puertas, las expectativas se dieron un golpe con el muro de la realidad. Los juicios externos e internos comenzaron a llegar con fuerza y me vi inmersa en un entorno laboral donde la queja, la crítica y los cuestionamientos eran la norma. Y reconozco que caí en el mismo juego.
¿Estaba en una relación tóxica con mi trabajo? Sí, pero me costó admitirlo. Pensaba que con los meses lograría adaptarme. Nunca me adapté. Pero ¿por qué quería adaptarme a un lugar que me hacía daño?
Durante todo ese año cuestioné a tal nivel mis capacidades que poco a poco empecé a caminar como si pisara cáscaras de huevo. Cuando te dicen que no te ven capaz para el puesto, –como fue mi caso– lo crees.
¿Por qué, entonces, me quedé? Porque pensaba que si lo hacía tan mal, nadie me iba a contratar en otro lugar.
Aquí es cuando hago el paralelo con un ex tóxico: sabes desde la primera semana que no es para ti, pero ahí sigues y, cuando tienes el valor de dejarlo, te deja a ti, sintiendo que no sirves para nada. Pero ¡ojo!, ocurre de una manera tan sutil que piensas que todo es idea tuya.
Y empiezas con el discurso tóxico: “Tal vez es verdad, muy inteligente no soy”. Y sigues. Sigues en esa relación tóxica que te está consumiendo, pero no crees que sea tan terrible. Quizás todo está en tu cabeza, pero no. Porque no es una pareja, es un trabajo. “¿Cómo no lo logro aún? ¿Dónde voy a trabajar si no soy buena para nada?”. Qué horrible suena ese discurso interno, pero cuando lo piensas a diario se siente real.
Sí, los empleos tóxicos existen, tanto como una relación tóxica. Solo que no se habla de ello. También hacen gaslighting: “Todo está en mi cabeza”.
Salir de esa creencia fue más difícil de lo que imaginé. Pensaba que al irme todo mejoraría, pero el miedo no solo seguía conmigo, sino que había aumentado como un run-run constante.
Hice el correspondiente mea culpa. Tenía clarísimos mis errores, tanto en lo práctico como en lo emocional, pero había algo más ¿Cómo enfrentarlo y no quedarme atascada en la herida de no ser suficiente?
Hace unos meses escuché en una entrevista a la divulgadora Mane Martin, quien hablaba de cómo decidió sacar aprendizajes luego de quedar en la quiebra. Sin darme cuenta, eso era lo que llevaba meses intentando descifrar. Algo tenía que sacar en limpio, aunque mi run-run mental fuera especialista en tratarme mal.
Así que utilicé mi recurso más seguro: la escritura. Escribiendo llegué a los aprendizajes del ‘fracaso’ de mi trabajo soñado.
Primero y el más importante de todos, por lo menos para mí, es que el ‘fracaso’ no nos define. Duele. Muchas veces cuesta entender qué pasó, pero lo cierto es que somos mucho más que esa experiencia.
Aprendí a escucharme. Muchas veces el trabajo soñado viene a cumplir expectativas –tuyas y ajenas–. Haces lo que tu cabeza dice que es lo correcto, pero no lo que realmente te mueve e inspira.
Entendí que podemos reinventarnos las veces que haga falta, aunque nadie más que tú lo entienda. Spoiler alert: muchas veces nadie más lo va a entender.
Que los títulos y etiquetas al final del día –y de la vida– no sirven de mucho. Que lo peor que podemos hacer es tomarnos las cosas a modo personal. Nada es personal en lo laboral porque no somos ni nuestro trabajo ni nuestra profesión.
La importancia de entender que el “todo vale” es un peligro tanto a nivel profesional como personal. Aunque eso ya lo sabía, esta experiencia vino a confirmarlo. Me di cuenta de lo fundamental de cuidar mi discurso interno y a no esperar una validación externa (debo admitir que este punto sigue siendo un work in progress).
No me arrepiento de haber aceptado el trabajo. Me arrepiento de haberme tratado mal. Me arrepiento de haberme quedado, aún cuando sabía que no era el lugar para mí.
Lo cierto es que siempre hay pistas en el camino; el tema es qué tan dispuestos estamos a verlas y seguirlas.
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