Julieta Venegas y su carta de amor a Tijuana
Acaba de llegar a librerías el primer libro de memorias de la cantautora mexicana, donde narra sus años de formación en un territorio de paso, en tensión constante, acaso el rincón más al noroeste de Latinoamérica, y que explica -además- su más reciente disco.
Hay una Julieta Venegas antes del acordeón y de los coros imbatibles de Me voy, Lento y Limón y sal.
Antes de Andar conmigo y Algo está cambiando, y las colaboraciones con Ana Tijoux, 31 Minutos y Bad Bunny.
Antes del “estrellato-pop-latinoamericano”, había una niña que creció en el tránsito constante entre Tijuana en México y San Diego en Estados Unidos, absorbiendo el ruido de una ciudad fronteriza, buscando refugio en los libros y en las teclas -primero de marfil y luego de plástico- de un piano clásico.
Ese es el territorio que explora Norteña: memorias del comienzo, los relatos autobiográficos de la cantautora mexicana escritos durante una larga estadía pandémica en Argentina y publicados en Chile por editorial La Pollera.
El libro funciona como una ventana hacia sus años de formación, deteniéndose justo antes de mudarse a Ciudad de México -para iniciar la carrera solista que la pondría en nuestros oídos-. Precisamente allí, en una casa de cuatro hermanos y dos padres que se dedicaban a la fotografía, es donde -anota- “para nosotros The Cure se llevaba bien con Juan Gabriel”.
Dos lugares a la vez
Lejos de la biografía tradicional de estrella de rock o del anecdotario plagado de excesos y revelaciones sensacionalistas, la música escoge el relato íntimo, contenido y, al mismo tiempo, de una honestidad desbordante sobre su vida en el norte de México.
Uno de los ejes centrales del texto es la ciudad de Tijuana. “Siempre digo que a mí nunca se me han subido los humos porque llego a Tijuana y me los bajan en dos segundos”, dice Julieta Venegas desde una ventana de Zoom. Pero la autora no solo la describe como su hogar, sino como un “ecosistema cultural” único que moldeó su visión del mundo.
“Crecer en Tijuana es hacerlo en dos lugares a la vez”, comenta. Esa dualidad de crecer en el norte de México, consumiendo cultura bilingüe, cruzando la frontera para comprar discos o libros de segunda mano, y conviviendo con la crudeza de una ciudad dormitorio, de paso, atraviesa Norteña.
“La frontera está muy presente en la literatura -dice Julieta Vengas-, pero es muy difícil de representar. Simplemente sentí que la viví, no me imagino cómo es nacer en un lugar y no tener estos elementos de tensión”.
“Tijuana era una ciudad que buscaba ser provincia, un refugio para crecer tranquilos y todo eso. Y la gente de EE.UU. que venía de fiesta no era bien vista”, explica. “No existía Internet, se nos imponía la cultura de EE.UU., la música, el cine, eran mucho más presentes porque apenas llegaban tres canales de televisión mexicana que se veían todos mal; nos acostumbramos a crecer con esa influencia en inglés”.
“(Para el libro) estuve leyendo muchos escritores de Tijuana, y creo que Luis Humberto Crosthwaite es uno de los que mejor la representa. Tijuana se le mete en el lenguaje, en las imágenes… está en todo lo que escribe”, dice Julieta Venegas.
La autora retrata esa época con una prosa ágil, de frases simples, directas y declarativas. Y lo hace desde posiciones como el amor, la soledad y la memoria: “Cuando se vuelve a un lugar que se extrañaba, incluso dolores que parecen sin solución se acomodan”, escribe en Norteña. También habla de su dinámica familiar -siendo parte de una familia numerosa, con una hermana gemela- y de cómo la lectura se convirtió en su primer gran refugio.
“Me relaja que esto vaya creciendo en mi cabeza”, enarbola Julieta Venegas desde Zoom sobre el origen de su escritura: “Siempre pienso en el Me acuerdo de Joe Brainard, que es un artista de Nueva York, que decía me acuerdo, me acuerdo, me acuerdo y después de tres me acuerdo tú ya quieres hablar de lo que a ti te pasaba”.
Para quienes siguen a Julieta Venegas en la actualidad, su faceta de lectora no es un secreto (suele recomendar lecturas en sus redes con el mismo entusiasmo con el que habla de música), pero en Norteña detalla cómo esos primeros libros le abrieron un mundo interior indispensable para luego poder escribir sus propias canciones.
“Todo este proyecto fue un proyecto de cocción lenta”, asegura. “Yo creo que voy un poquito en sentido contrario de la rapidez que te pide esta época”.
Entre sus influencias para Norteña reconoce a Vivian Gornick (“me encanta, fue la primera vez que leí una memoria que parecía una novela”), James Baldwin y Virginia Woolf, y su costumbre en las giras por leer memorias de otros músicos. “La vocalista de Everything But the Girl, Tracey Thorn, tiene varios libros muy bonitos. Hay una chava que se llama Kristin Hersh, de Throwing Muses, que tiene un libro que se llama Rat Girl, que es casi una novela”, recomienda.
El descubrimiento de la voz
Antes de las letras, el tránsito hacia la música ocupa, naturalmente, un lugar fundamental en Norteña. Julieta Venegas cuenta que se educó como compositora más que como cantante. Relata sus años de estudio de piano clásico -su zona de seguridad- con una profesora que después falleció, la disciplina que esto requería y el choque inevitable con sus propios intereses adolescentes.
Luego asoman sus primeros coqueteos con la escena underground local, su participación en bandas primigenias como Tijuana No! y el descubrimiento del ska, el punk y el rock alternativo. Pero el relato se interrumpe calculadamente antes de la salida de su primer disco de estudio, Aquí, en 1997.
“La soledad es algo súper importante en mi vida”, piensa Julieta Venegas sobre uno de los conceptos que desarrolla en el libro. “Nadie debería de querer estar solo, pero en realidad hay gente que sí queremos estar sola a veces”.
(Un paréntesis.
Fue en medio de la pandemia de coronavirus, cuando la autora inició el proyecto Norteña mientras vivía -paradojalmente- en el sur del mundo, en Argentina.
Allí comenzó a reunir memorias del norte, pedazos de recuerdos que acabaron siendo este libro, y luego, un disco que pensó -inicialmente- sería de música norteña tradicional, pero que, durante el proceso de escritura, decidió mutar hacia una lectura propia del género mezclando recuerdos de infancia.
Sin ir más lejos, al inicio del tema Esquina del Mar, canta: “Me siento norteada, perdida en el sur”.)
Pero volviendo al libro -y ya para cerrar-, hay en Norteña, al mismo tiempo, una mirada reflexiva hacia la joven que fue, llena de dudas, miedos e intuiciones, y de cómo reconoció en su madre a una cantante aparentemente frustrada, la que luego operaría como una especie de faro entre los grises de la incertidumbre.
“Mi familia yo creo que sí formó esa cosa con la música que tengo (…) siento que sí viene realmente de mi madre y su familia”, dice por Zoom. Los padres, o en este caso la madre -parece deslizar Julieta Venegas-, desean que los hijos los superen.
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