La fiesta eterna de ABBA
En Londres, el grupo sueco ABBA -que se separó oficialmente en 1982- levantó un teatro completo desde cero, con shows que van de jueves a lunes, y dos funciones por fin de semana. Los miembros reales, hoy en sus 70s, grabaron cada movimiento y crearon “ABBAtares” con su imagen de 1979. La crítica ha dicho que el show es “espectacular”, “inmersivo” y “técnicamente impresionante”. Incluso se rumorea que podría haber otro ABBA Arena en Nueva York. Hasta hoy, el de Londres ha sido visto por más de 4 millones de personas. ¿Qué tal es?
En mayo de 2022, un coqueto edificio hexagonal construido alrededor de una enorme pantalla en el este de Londres abrió sus puertas. El proyecto, bautizado ABBA Voyage, parecía un infomercial de alguna crema antiarrugas: adentro, Agnetha, Bjorn, Benny y Anni-Frid -con la apariencia exacta que tenían en 1979- salieron al escenario para interpretar The Visitors. Los llamaron “ABBAtars”.
El pop, en su esencia más pura, siempre ha consistido en congelar el tiempo. Un disco es, a fin de cuentas, la captura de un instante, de una voz que no envejece y de una fiesta perpetua (aunque sea un álbum de Cat Stevens). Pero la música en vivo tenía una regla inquebrantable: los cuerpos sudan, las voces se desgastan, el tiempo pasa y, eventualmente, la vejez reclama su lugar en el escenario. Aunque esto es otra cosa.
No sé si fue también en Londres, pero durante cinco semanas, los cuatro miembros reales de ABBA (hoy en sus 70s) se enfundaron en unos trajes de captura de movimiento con cientos de sensores. Tocaron el setlist completo -veintidós temas, de Chiquitita, Mamma Mia y Voulez-vous, a ese altar llamado The Winner Takes It All (utilizado en un lacrimógeno cierre multigeneracional)- para que las máquinas capturaran sus gestos reales, sus desplantes, su forma de caminar y sus interacciones, incluidos varios chistes que se cuelan en los interludios del show (y siguen dando risa).
Los datos de movimiento humanos se aplicaron a modelos 3D de las versiones jóvenes, esculpidos a partir de miles de fotografías y videos de archivo (mi suegra está segura que Anni-Frid ha sido dos o tal vez tres personas distintas a lo largo del tiempo -y tiene razón).
¿El show? Está varios peldaños arriba del truco de 2Pac en Coachella 2012: todo ocurre acompañado por una pantalla LED de 65 millones de pixeles. El “truco” de ABBA Voyage, si hubiera que apuntar alguno, es la mezcla perfecta entre el mundo digital y el físico: la banda en vivo emocionando al oído, pero también el venue lleno de luces estroboscópicas, láseres y focos móviles haciendo lo propio con el ojo. La clave es el efecto de profundidad: cuando una luz apunta a un “ABBAtar”, la pantalla muestra cómo esa luz rebota en su ropa digital.
Lo repetían los amigos que fueron antes: nadie puede hacer fotos dentro del show. Si alguien saca su teléfono y se le ocurre apuntar el escenario, unos simpáticos guardias persiguen como las polillas a las ampolletas.
Alguna vez tengo que escribir del merch: DIOS.
¿Las canciones? Van del triunfo en el Festival de Eurovisión en 1974 con Waterloo, hasta un pasaje con el discreto Voyage (que no iguala los clásicos del grupo pero empuja el pop hacia adelante), pasando por ese altar llamado Arrival, acaso su LP definitivo, plagado de melodías candidatas al Top 1, desde Money, Money, Money, hasta Knowing Me, Knowing You, pasando, por cierto, por ese eterna noche tibia de verano que es Dancing Queen. Pucha que son buenos.
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