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Mujeres, política y machismo: La cazuela no tiene segunda vuelta

Después de haber sido dos veces presidenta de Chile, Michelle Bachelet dejó abierta la posibilidad de volver a competir por el cargo. Un diputado le recomendó que mejor se dedicara a hacer cazuelas, como Evelyn Matthei. Y esta última salió a recordarle que los tiempos en que se mandaba a las mujeres a la cocina ya pasaron. Detrás de lo que algunos podrían considerar una simple talla aparece un fenómeno conocido en psicología social como efecto backlash: las sanciones que reciben las mujeres cuando ejercen poder o buscan ejercerlo.

Collage: Equipo Paula / Fotos originales: Evelyn Matthei por Mario Tellez (La Tercera). Michelle Bachelet por Chelo Camacho (El País)

Después de haber sido dos veces presidenta de Chile, ministra y alta funcionaria de Naciones Unidas, Michelle Bachelet dejó abierta la posibilidad de una tercera candidatura. La respuesta del diputado Javier Olivares fue un consejo culinario: seguir los pasos de Evelyn Matthei y dedicarse a hacer “unas buenas cazuelas”. Al parecer, después de una extensa trayectoria política, todavía queda una prueba decisiva: que el zapallo esté en su punto, que el choclo no se desarme y que la carne quede blanda. Gobernar un país puede ser complicado, pero una cazuela mal hecha no tiene segunda vuelta.

Criticar los gobiernos de Bachelet es legítimo, y Olivares lo hizo. Tampoco es raro que a quien ya gobernó y quiere volver le sugieran retirarse; a los expresidentes también los mandan a jubilar, a escribir sus memorias o a disfrutar de los nietos. Lo que nunca he escuchado es que a uno de ellos lo manden a la cocina. Jubilar a un expresidente es sacarlo de la política; mandar a una expresidenta a la cocina es devolverla a un lugar que, en la cabeza de quien lo sugiere, siempre fue suyo.

La respuesta más elocuente vino de la vereda de enfrente. Matthei, que compitió contra Bachelet en 2013 y no comparte con ella casi nada en política, contestó sin rodeos: “En Chile, el tiempo donde mandaban a las mujeres ‘a la cocina’ ya pasó”. Dos mujeres que han ocupado algunos de los cargos más altos del país, que no votan igual ni piensan igual, terminaron del mismo lado por culpa de una olla.

Imagino que alguien dirá que era solo una talla, y justamente por eso funcionó. Freud dedicó un libro entero, El chiste y su relación con lo inconsciente, a explicar que el humor permite decir en broma lo que no se podría decir en serio sin pagar un costo. Quien hace la talla descarga la hostilidad y, al mismo tiempo, se guarda una salida. Ningún parlamentario sostendría con cara seria que una mujer de 75 años, con dos períodos presidenciales encima, no debería volver a competir por ser mujer. Sugerirle una receta, en cambio, sale gratis.

Cualquier mujer que haya pasado por una oficina, una sobremesa familiar o un grupo de WhatsApp conoce la escena: el comentario, la risa de los demás y esa fracción de segundo en que tiene que decidir si se ríe también o queda como la grave del grupo. Casi siempre se ríe, y esa risa, que le costó algo, después sirve como prueba de que no era para tanto. A la que no se ríe le toca la segunda parte del libreto, y Olivares se encargó de representarla completa. Cuando la ministra de la Mujer, Judith Marín, condenó sus dichos, respondió que no le debe disculpas a nadie, que no caerá “en el juego de la victimización” y le recomendó preocuparse de Prodemu “antes de que cerremos su ministerio”. Primero la talla, después la acusación de victimismo contra quien no se rió y, al final, la advertencia de que le pueden cerrar la oficina.

Lo que hay detrás tiene nombre en psicología social. Desde fines de los noventa, Laurie Rudman y sus colaboradores estudian el llamado efecto backlash: las sanciones que reciben las mujeres cuando ejercen poder o lo buscan. Sus investigaciones muestran que una trayectoria sobresaliente no las protege y que la sanción casi nunca se formula de frente. Nadie dice que una mujer es demasiado poderosa para ser mujer; se dice que es difícil, que es dominante, que ya tuvo su tiempo. O que podría cocinar.

Bachelet y Matthei son las dos caras de esa trampa. A una se le reprochó a menudo ser demasiado cercana, demasiado maternal, como si la calidez en quien manda fuera sospechosa de blandura. A la otra se le ha cobrado lo contrario: el carácter fuerte, el garabato oportuno, ese genio que en un hombre se habría leído como firmeza y en ella se leyó como descontrol. Las investigaciones sobre liderazgo femenino llevan años describiendo ese callejón: a la mujer que se muestra cercana se le duda la competencia, y a la que se muestra competente se le cobra la falta de simpatía. Las dos llegaron a la misma olla por caminos opuestos.

No me corresponde diagnosticar al diputado, y la frase tampoco necesita un diagnóstico para leerse. Joseph Vandello y Jennifer Bosson han mostrado que en muchas culturas la masculinidad funciona como un estatus que cuesta ganar, se pierde con facilidad y obliga a reafirmarse una y otra vez. Mi lectura, como psicóloga, es que para muchos hombres que aprendieron a medir su lugar por la distancia que los separa de las mujeres, ver a una de ellas volver a competir por el poder se vive como algo más que una disputa política, y la receta aparece entonces como una forma rápida de devolver las cosas a su sitio.

La ironía es que esa distancia siempre se sostuvo sobre la cocina. Durante generaciones, mientras los hombres ocupaban cargos y tomaban decisiones, las mujeres se encargaban de que la casa funcionara, los hijos estuvieran cuidados y la comida llegara a la mesa. Ese trabajo les daba a otros el tiempo y la libertad para hacer carrera. Las mujeres hicieron la cazuela para que los hombres pudieran gobernar. Ahora que ellas también gobiernan, todavía hay quien les recuerda dónde está la olla. Y uno termina preguntándose si el problema es la capacidad de las mujeres para ejercer el poder o la incomodidad de algunos ante la posibilidad de tener que preparar su propio almuerzo.

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