Pedí matrimonio dos veces y me dijeron que no

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Cuando pienso que hace 10 años le pedí matrimonio dos veces a la misma persona y las dos veces me dijo que lo pensaría y después que no, me río. Para llegar a este punto de mi vida tuve que pasar por un proceso de terapia y mucha reflexión. Pero hoy sé que ver las cosas a través del filtro del humor es muy terapéutico y sanador.

A los 34 años, por ahí, conocí a Joaquín. Tenía 20 años más que yo y llevaba 15 años separado –no aun divorciado– de su ex mujer y madre de sus hijos. Venía de una formación más bien tradicional y ciertas cosas, como probablemente divorciarse, eran un tema para él. Siempre supe que su visión de mundo era distinta a la mía, así como también que habían ciertas cosas que tenían mayor importancia para él: el matrimonio, tener relaciones estables y poder presentar a la pareja como 'su mujer'. Pero nada de eso, por más lejano a mi forma de pensar, fue un problema. Teníamos una conexión física, emocional, mental y espiritual muy profunda, y esos son aspectos que siempre he priorizado al minuto de forjar una relación de pareja. Había un encuentro de almas y el diálogo era súper rápido, intenso y profundo. Tanto así que –pese a mi formación poco convencional–, decidí ceder en mi intransigencia. Estaba enamorada y sabía que casarnos iba a ser importante para él, entonces un día lo llamé y le dije: "Te propongo que nos casemos. Si tu quieres, yo estoy dispuesta". Se mató de la risa y me dijo: "Me encanta tu propuesta post moderna, la voy a considerar". Yo le había planteado varias veces en el pasado  que yo era más bien anti matrimonio y que no quería –ni quiero– tener hijos. Pero cuando le hice esa propuesta, de manera muy natural, realmente sentí que no sería tan grave. Me interesaba ceder en mis visiones absolutistas y dejar de ser tan rígida. Si algo iba mal, nos podíamos divorciar. Y eso no era un problema para mí.

Pasó el tiempo y no hablamos de la propuesta. No voy a negar que en cierto sentido sentí un alivio cuando la respuesta no fue "sí". Porque en el fondo, yo estaba cediendo para acomodarlo a él. Además, mi propuesta venía a solucionar un problema que yo creía que él tenía: era 20 años mayor y quizás le daba miedo pedirme matrimonio. Yo me anticipé a eso y le ahorré el posible rechazo. Pero el rechazo fue para mí. A los pocos meses él empezó a tramitar el divorcio con su ex mujer y yo lo tomé como una señal de que estaba haciendo lo posible para eventualmente casarse conmigo. Las señales que él mostraba hacia fuera eran justamente esas: nos fuimos de vacaciones juntos y él tomó un montón de medidas que no había tomado con nadie y que tenían que ver con una oficialización de nuestra relación. Iba todo bien, con los altos y bajos propios de una diferencia de edad y de estilos de vida. Yo estaba siempre de gira y él es director de una empresa. Yo soy estrambótica y me visto con vestidos grandes y pelucas de color y él es más bien sobrio y estructurado. Yo tenía millones de amigos gay y él decía que no entendía la bisexualidad. Pese a eso, cuando nos encontrábamos estábamos los dos fascinados. Luego, con terapia, me di cuenta que realmente yo estaba supliendo la ausencia de mi padre y abuelo, dos personas muy relevantes en mi vida. Detecté, de hecho, que de ahí venía mi amor irrestricto por él. Pero eso vino después.

Dos meses después de su divorcio vino mi segunda propuesta. Estábamos a punto de cumplir dos años de relación y yo ya había empezado a pensar en cosas prácticas, como si nos íbamos a ir a vivir juntos, compartir gastos, etc. Porque en definitiva, hay muchas más cosas que solo el amor y yo ya estaba entendiendo que hay beneficios sociales, económicos y culturales en un matrimonio. Especialmente en este país. Yo estaba dispuesta a ceder muchas cosas. Por eso, aquella noche en su departamento le dije: "Ya estás divorciado así que te vuelvo a poner la oferta sobre la mesa. Nos casamos?". No estaba arrodillada y no tenía argolla, pero sentía genuinamente que nos íbamos a casar. Y, dicho sea de paso, también ya había comprado un vestido en una tienda de novias. No era que me estuviera adelantando ni sobre ilusionando, si no que estaba siendo práctica y realista. Esas cosas, además, a mi me dan un poco lo mismo. Hoy uso ese vestido para ir a trabajar, de hecho.

Pero después de esa pregunta pasó lo impensable. Sin previo aviso y sin ningún tipo de anestesia, me dijo que se había dado cuenta que no quería pasar el resto de su vida conmigo. Me fui a negro y empecé a llorar. Traté de pedirle explicaciones, porque no me había dado ninguna señal de que eso era lo que estaba sintiendo. Todo indicaba lo contrario, de hecho. Le pregunté si las veces que me había dicho que me amaba habían sido ciertas y me dijo que sí, pero que ya no lo sentía. Finalmente me paré, salí de su casa, pasé a una botillería y me compré una cajetilla de cigarros. Había dejado de fumar hace cinco años pero esa noche me lo fumé todo. Y menos mal ya había empezado a ir a terapia en ese minuto, porque si no, no sé qué habría pasado.

Desde entonces, no he vuelto a tener una pareja tan importante. De hecho, estuve un tiempo con depresión. Pero ahora, y gracias a mi terapia, he logrado dilucidar ciertas cosas claves: me di cuenta que yo proyectaba ciertas carencias mías en él. También me di cuenta que nunca he amado realmente sin buscar a alguien en particular en el otro, o sin encontrarme reflejada. En este caso en particular, yo proyectaba a mi padre y mi abuelo y por eso aguanté tantas cosas y cedí en tantas otras. Cuando me enamoro, me enamoro de alguien que tiene mis cualidades exacerbadas, y no sé lo que es enamorarme sin esa sombra. Pero eso imposibilita las relaciones, porque el día que el otro cambia, cambia la imagen idealizada que uno tiene de ese otro y caga todo el panorama. Yo creo que él pudo ver eso, quizás porque tenía más años de experiencia y sabiduría. Cachó que habían muchas formas en las que él me podía herir y optó por no hacerlo. Ahora lo pienso en retrospectiva y menos mal no fue, porque habríamos durado poco. A mí eso quizás no me complicaba tanto, pero él no concibe un modelo en el que las cosas no duren para siempre. En su estructura mental, si algo no iba a ser perenne, no había para qué.

No me arrepiento de haberlo hecho y creo que esa situación me permitió abrir un portal en el que es prioridad ser flexible. No hay que estar tan cerrada con una idea en particular. Al final el matrimonio es una idea válida y si se diera la instancia, volvería a proponerlo, aunque me vuelvan a decir que no. Porque hay muchos otros factores, además del amor, que hay que considerar. Lo que sí diría es que hay que tener ojo con dónde se pone el ojo. Yo cedí y transé con muchas cosas estando con Joaquín, pero porque no sabía lo que ahora sí sé. ¿Qué estaba proyectando? ¿Qué vacío mío estaba tratando de llenar? Ahora impulsaría a todas las personas a que se conozcan a sí mismas antes de conocer a otro. Porque solo conociéndose se puede conocer el mundo. Primero mirar hacia adentro –y para eso se requiere mucho tiempo– y luego mirar hacia fuera, para ver con qué persona puedes recorrer el camino.

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