¿Cuál es la edad apropiada para que las niñas y niños puedan usar redes sociales?

Ilustración: César Mejías.

Las plataformas ponen como límite mínimo los 13 años, pero las expertas y los estudios muestran que no todos los preadolescentes tienen la madurez suficiente como para enfrentar el complejo mundo de las redes.




Trece años. Esa es la edad mínima que exigen plataformas como Instagram, TikTok, Facebook, Discord o Twitch para poder registrarse y crear una cuenta en ellas. Un límite que no se basa en estudios de psicología infantil que demuestren que a los trece las niñas y niños ya tienen el suficiente desarrollo para usarlas. Tampoco por la recomendación de sociedades pedagógicas, pediátricas o psiquiátricas. Como explicó Caroline Knorr, experta en paternidad de Common Sense Media —organización estadounidense que educa sobre consumo digital—, el mínimo es trece simplemente porque las redes sociales no pueden vender datos de personas menores a esa edad.

“Muchos padres de familia creen que la razón por la que la edad mínima es de 13 años es proteger la seguridad de los niños”, dijo en un artículo para CNN, “pero en realidad es porque la mayoría de estas plataformas difunde información —y la monetiza activamente— y la ley no les permite hacerlo con usuarios con menos de 13 años”.

Pero muchos padres y madres, sin saber esto, usan ese límite como referencia para establecer el momento en que sus hijas e hijos pueden comenzar a usar las redes sociales. Y tantos otros incluso permiten que se registren antes, a los 11 o a los 10 años. Según un reporte de Common Sense Media de 2018, más de la mitad de los niños de Estados Unidos tiene alguna red social a los 12 años, y el 23% de los preadolescentes consultados (entre 8 y 12) está registrado y usa activamente alguna plataforma.

Son cifras altas, aunque muy probablemente subieron durante la pandemia. “Con el encierro y las cuarentenas se ha hecho muy difícil sacar a los niños de las pantallas”, dice Isadora Gonzalez, psicóloga del Centro Cetep, especializada en adolescentes. Y si bien las redes sociales han sido útiles para comunicarse y mantenerse en contacto durante estos largos meses —así lo reconoce el 53% de los jóvenes estadounidenses—, “no hay necesidad de que un niño o niña menor de 10 años tenga una cuenta en ellas”.

Ok, menos de 12 parece ser una edad prematura para iniciarse en este absorbente mundo virtual. ¿Pero por qué no a los 13? Según Soledad Garcés, educadora y directora de la Fundación para la Convivencia Digital, es posible que a los 13 años ya esté desarrollada la conciencia moral, la autorregulación y la capacidad de elegir. “Pero todavía es muy incipiente”, dice, “y yo no les daría acceso”.

Entonces, ¿cuándo?

Conocer al enemigo

Es normal, en estos tiempos, que las madres y padres esperen de la ciencia o los expertos unas respuestas categóricas a sus dudas sobre la crianza. ¿Cómo saber cuando mi hijo está deprimido? ¿Cuántas horas al día debo permitir que usen pantallas? ¿Cuántos gramos de azúcar pueden comer a la semana? ¡Necesito saber!

Pero la mayoría de estas preguntas no tiene una fórmula mágica universal, útil y aplicable para todos los niños y niñas, sino que dependen tanto de las personalidades de los hijos e hijas como principalmente de los métodos, hábitos y criterios de los padres.

Siendo así, para saber cuál es la edad o el momento más idóneo para que los hijos comiencen a usar las redes sociales, lo que corresponde primero no es chequear la fecha de nacimiento del niño o niña ni tampoco mirar si todo su curso o entorno ya las utiliza. Por donde hay que comenzar, como sugiere Soledad Garcés, es entendiendo bien cómo funcionan estas plataformas.

“Así como el pediatra te explica qué es lo que puede comer tu guagua a los seis meses y por qué, de la misma forma hay que comprender cuál es el negocio que hay detrás de las redes sociales antes de que los niños las ocupen: saber cómo se nutren de tus datos, cómo es el negocio de la publicidad contextual y cómo, a partir de los algoritmos, están pensadas para manipular tu atención e intereses”.

Esa información, que hace unos años era más opaca y no muy fundamentada, hoy está cada vez más disponible, ya sea en artículos de prensa o en documentales como El dilema de las redes sociales, muy popular en Netflix, donde queda claro —más allá de las exageradas alegorías que propone— que la adicción que provocan plataformas como Instagram o TikTok no es un efecto secundario indeseado, sino que algo inducido e intencionado por quienes las diseñan.

Por eso no es casual que el promedio de uso de pantallas entre los adolescentes en Estados Unidos (13 a 18 años) supere las siete horas diarias, casi el mismo tiempo que le dedican a dormir o estar en el colegio. O que un tercio de ellos duerma con el celular en la cama.

Comportamientos que también se producen en Chile: de acuerdo a una encuesta de la U. de los Andes y la Fundación para la Convivencia Digital realizada en menores de 13 años, el 72% reconoce que usar pantallas les afecta la calidad del sueño.

Madurez y sensibilidad

Después de los meses más duros de la pandemia, ha sido común que muchos preadolescentes y adolescentes, tras tanto tiempo sin salir ni ver a sus amigos, permanezcan en ese estado aletargado, a pesar de que hoy ya pueden moverse con una libertad parecida a la de antes. Quedarse en la cama viendo videos o alguna transmisión en Twitch parece más atractivo que juntarse con sus compañeros.

Un comportamiento esperable tras el confinamiento pero no el más propicio para comenzar a explorar las redes sociales. “Si vemos que el niño o niña tiene buena autoestima, que cumple con las tareas de la casa y el colegio, que se despliega también en otras áreas, entonces puede que esté más preparado”, dice Isadora González. “Pero si está siempre tirado en su pieza, sin hacer mucho, no lo aconsejo”.

Según ella, lo más importante para evaluar la madurez en ellos son las emociones y cómo lidian con ellas. Para un preadolescente que se nota muy ansioso o desanimado, las redes sociales pueden incrementar esos síntomas al verse comparados con las imágenes de otras vidas, en apariencia más felices, intensas o prolíficas que las suyas.

Fotos y videos en fiestas, siempre comprando o recibiendo cosas nuevas, comiendo platos deliciosos y mostrando cuerpos ideales: es lo que González llama “positividad tóxica”, contenido que entra en contraste con la propia realidad y que fácilmente “puede derivar en depresión o alteraciones alimentarias graves”.

“Cuando en TikTok todos tienen la vida perfecta menos tú, te sientes tonta, pobre, gorda, fea y con una familia mala”, describe Soledad Garcés. “Eso te hace vulnerable emocionalmente y poco resiliente”.

En este aspecto, eso sí, hay evidencias encontradas. Mientras un reporte reciente de Common Sense Media dice que “los adolescentes con síntomas de depresión moderada a grave tienen casi el doble de probabilidades, frente a los que no están deprimidos, de decir que usan las redes sociales ‘casi constantemente’”, un estudio publicado hace un año en el Journal of Adolescent Health asegura que el uso diario de las redes sociales no es un factor de riesgo sólido ni constante de síntomas depresivos en los adolescentes.

Pero más allá de cuánto influyen directamente en la depresión, las especialistas insisten en que una introducción prematura a las redes sociales, en especial cuando no hay una evidente madurez en los niños o niñas, puede tener complicadas consecuencias.

“Lo que entendemos por madurez en RRSS implica sobre todo bienestar emocional y autorregulación”, explica Garcés. “Si veo que un hijo de 13 años es capaz de respetar los tiempos de conexión y las horas de sueño, de valorar antes las relaciones sociales reales que las digitales, son señales de eso”.

También lo es que tenga buena autoestima y valoración propia, como señala González, valores que servirán para distanciarse de los comentarios o contenidos negativos que abundan en las redes.

“La tecnología en una mente no preparada para usarla difícilmente será neutra”, escribió Catherine L’Ecuyer, doctora en Pedagogía y Psicología y referente mundial en educación . “Y menos si está diseñada para la adicción. Nuestros hijos son hijos de su tiempo, y es cierto que su tiempo no es el nuestro. Pero si deseamos lo mejor para ellos, no podemos dejar que sean esclavos de su tiempo”.

Guiar y regular

Si nos parece que nuestro hijo o hija está en condiciones de tener y usar redes sociales, un grave error sería dejarlos solos en ese descampado. “Los padres deben estar involucrados”, dice la psicóloga Isadora González. ¿Qué significa eso? Aquí algunas recomendaciones.

—Saber qué redes sociales ocupan

No todas son iguales. Si va a utilizar Instagram, “hay que dejar muy en claro que no todo lo que se ve ahí es real”, advierte González. Que las imágenes o videos que se comparten son una fracción de la vida de esas personas, no su vida entera. Por otro lado, saber que usa esa plataforma puede dar pie a conversaciones necesarias, como la de los distintos cuerpos y bellezas, con el objetivo de prevenir conductas alimentarias peligrosas.

La psicóloga cree que una red social que puede servir de entrada es TikTok, tanto por su popularidad como porque se puede revisar y consumir en familia. “Algunas cuentas invitan a moverse y a hacer dinámicas positivas, es más participativa y menos amenazante, ya que no tiene comentarios ni tanta agresividad”.

—Ponerles objetivos

A los adultos nadie nos enseñó a usar las redes sociales y por eso muchos las utilizamos no como un medio sino como un fin: las revisamos simplemente para pasar el tiempo, que el scroll infinito y sus notificaciones se encarguen de entretenernos. Un consumo que termina siendo problemático, pues empieza a absorber nuestro tiempo y atención hasta que, sin darnos cuenta, terminamos dedicando gran parte del día abriendo Twitter o Instagram sin que tengamos un motivo.

“Poner objetivos al uso de internet tiene muy buenos resultados”, comenta Garcés. Es decir, preguntarles —y aprovechar de preguntárselo a uno mismo— para qué quieres tener TikTok, qué es lo que buscas en YouTube. “Que verbalicen lo que quieren”, dice la educadora, “ayuda a que enfoquen más su uso”. Así es más probable que se metan a ellas para cosas necesarias y concretas —hablar con un amigo específico, jugar un juego, ver un episodio—, ojalá en momentos del día donde no se altere la rutina y por lapsos no tan extendidos.

—Acordar normas

Los límites son muy necesarios en la crianza, en especial para regular el uso de las redes sociales y las pantallas. No solo para que no pasen todo el día en ellas, sino también para potenciar el deseo y hacer más satisfactoria su experiencia.

Lo ideal es que estos límites —de horario, de lugar, de contenido— sean consensuados previamente, y que las niñas y niños se sientan parte de ese acuerdo, que por supuesto es liderado y supervisado por los padres. “Por ejemplo”, dice González, “establecer qué cosas deben estar hechas previamente al uso del celular y las redes: las tareas, el orden, incluso salir a jugar afuera”.

En cuanto a los contenidos que ven y que suben también se pueden fijar ciertas reglas. En Instagram, una buena idea es que mantengan sus cuentas privadas y que solo sigan a personas que conocen. Y que las fotos o videos que suban sean “ojalá cosas cotidianas, con las que se sientan cómodos”, propone González. “Si hay contenido que nos pueda parecer conflictivo —como una imagen muy sugerente o en traje de baño, por ejemplo—, conversar por qué la subió. Que no sienta que está mal, sino que desde la reflexión ir entendiendo los motivos de por qué publicó una foto en bikini o sin polera, y cuáles son los riesgos que puede tener. La intención no es prohibir, ya que no podemos impedirle a un adolescente que comparta una foto en traje de baño”.

Las normas deben ser claras pero no muchas ni demasiado específicas, ya que si hay un exceso de reglas y fiscalización, lo más probable es que ante el agobio terminen escondiendo lo que hacen.

—No tener las claves

Esa es una duda común entre los padres y madres. ¿Debo tener las claves de Instagram de mi hija? ¿Tendré que manejar, por si acaso, la contraseña de TikTok de mi hijo? “Si para el niño y los padres no es problema compartir contraseñas, se puede”, dice González, aunque no cree que sea necesario. “Eso significa que pueden entrar cuando quieran, lo que amenaza la privacidad, y lo que como padres queremos no es controlar sino supervisar”. Como decíamos antes, si hay mucho control, “terminará ocultando información, que es justamente lo que no buscamos”.

“Yo no tengo por qué pedirle las claves”, dice Soledad Garcés. “Para qué, si se supone que si él (su hijo) tiene redes sociales es porque está en condiciones de usarlas. Soy poco de control parental; si puede usarlas, que las use”.

—Planificar el tiempo libre

“Ya, pero si no usan las pantallas, ¿qué van a hacer toda la tarde?”, se preguntan muchos padres, como si lo digital hubiese borrado para siempre los siglos y siglos en que los niños y niñas se divertían simplemente con su imaginación. Para evitar esa pregunta, y también la angustia de los hijos, Garcés recomienda planificar el tiempo libre, una vez a la semana.

“Sentarse y preguntarle qué le gusta. Lo que sea: dibujar, tocar música, leer, cocinar, jugar fútbol, juegos de mesa, etc. Con sus respuestas, llenar el tiempo libre con actividades no digitales, o incluso con algunas de ellas, como ver capítulos de series o alguna película”, dice. Tener el tiempo libre ocupado con actividades placenteras y recreativas ayuda a que no anden como zombies rebotando por las paredes cada vez que deben apagar sus celulares. “El tiempo que ocupan en las pantallas es bien vacío en términos de experiencias y son momentos perdidos para desarrollar otras habilidades”.

—Dar el ejemplo

Este último punto debe ser el más importante. “Si queremos que los niños hagan otras cosas, entonces los adultos deben dar el ejemplo y no estar pegados a la tv o el celular todo el día”, dice Isadora González. Si se le imponen reglas o límites a los hijos, pero los padres no se los imponen a ellos mismos, “será muy difícil que ellos las apliquen. El niño o niña va a sentir frustración, ya que no se siente escuchado o que las normas no corren para todos”.

Y para cerrar, si vemos que nuestros hijos o hijas no están listos para tener redes sociales, pero el resto de sus compañeros o amigos sí las usan, no ceder a la presión. “A un niño o niña, finalmente, sus amigos la quieren por ser ella, no por tener TikTok”, explica Garcés. “Puede que tenga menos tema de conversación, sí, pero entonces hay que buscar otras actividades que le hagan reforzar su autoestima, que le den satisfacción. Hoy se ven a muchos niños que en cuarto básico no saben andar en bicicleta, o que a los doce no saben jugar ajedrez. Ahí hay una oportunidad. Que no tener RRSS no sea un castigo sino un beneficio: está desarrollando su cerebro con otras habilidades más importantes”.

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