Qué es una ola de calor y cómo evitar la insolación y deshidratación

21 de Diciembre de 2019/SANTIAGO Hoy s‡bado se esperan temperaturas entre 12¡ y 33¡, inici‡ndose una ola de calor para el d’a de ma–ana domingo, d’a en que arranca oficialmente el verano FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

El verano trae energía y alegría pero también algunos problemas sino lo enfrentamos con precaución. Especialistas en salud y climatización dan sus recomendaciones para no sucumbir ante las altas temperaturas y prevenir descompensaciones.




Una ola de calor, según la Onemi, es cuando por tres días o más el termómetro supera la temperatura máxima promedio mensual. Por ejemplo, cuando en Santiago durante noviembre —que históricamente promedia como máxima los 27º— hay varias jornadas con 30º. Es un fenómeno al cual, lamentablemente, tendremos que saber acostumbrarnos: la zona centro-sur de Chile, como se ve en la siguiente imagen, es una de las que más se ha visto afectada en América del Sur por el calentamiento global, con un alza de temperaturas promedio de casi dos grados.

Variación de la temperatura media en °C, entre abril y junio de 2021, respecto a la media de temperaturas del mismo periodo en 1951-1980. Infografía: ELPAIS.

El calor no es inocuo

“Estos veranos / son los últimos veranos que van quedando”, decía una antigua canción de Dënver, ahora también una antigua banda chilena. Tal como la que predomina hoy, su visión del futuro era apocalíptica, aunque en su versión la imaginaban congelada en vez de derretida. En lo que sí tenían razón es que los veranos ya no serían como siempre: en vez de tres o cuatro meses de calor, se están convirtiendo rápidamente en casi un semestre —entre noviembre y abril— de muy pocas lluvias y altas temperaturas.

Mucha gente ha tenido que adaptarse a la fuerza a este nuevo clima, cambiando sus rutinas o instalando artefactos que atemperan el ambiente, pero hay quienes aún no saben detectar cuándo el calor está afectando su bienestar ni las consecuencias que tiene en su salud.

“El calor puede afectar fuertemente la vida de las personas”, dice Nilo Aguilera, médico y jefe de cardiología de la Clínica Indisa. “Puede producir deshidrataciones, insuficiencias cardíacas, taquicardia, sequedad de piel y de mucosa, incluso compromiso de conciencia”.

Para que esto suceda no hace falta estar toda la tarde bajo el sol: incluso bajo techo, pero sin los cuidados necesarios y una alta temperatura, es posible sufrir descompensaciones y fatigas, las que en guaguas, ancianos o enfermos pueden derivar en cuadros graves, como vómitos, desmayos o —en casos más extremos— en shock hipovolémicos.

Agüita

El principal antídoto contra las consecuencias del calor es el agua. Ojalá bajo ella, en una piscina, un lago o incluso la ducha, pero más importante aún es bebiéndola. “Durante el verano hay que tomarla permanentemente, aunque no se sienta sed”, explica Alfredo Labarca, médico urgenciólogo de HELP.

De hecho, tener sed ya es síntoma de deshidratación, por lo que el especialista aconseja andar para todos lados con una botella de agua e ingerir líquido sin esperar a que la boca se seque o que el cuerpo la pida. “En jornadas de mucha temperatura, se pueden tomar tres litros al día sin problema”, dice.

Agua

No hay una cifra ideal de cuánta agua conviene beber en los días de calor, pero Aguilera sugiere seguir las recomendaciones de la OMS, que habla de tomar entre 2 y 2,5 litros por día. “Depende siempre de cada caso”, dice, “ya que quienes tienen insuficiencias renales o sufren de retención de líquidos deben beber menos, pero quienes hacen ejercicio o actividad física tienen que consumir más”.

La sed no es la única señal de deshidratación. “Si las mucosas están secas, si se orina poco o con un color muy oscuro, si hay dolor de cabeza o decaimiento también son síntomas”, dice el cardiólogo. Hay que prestar especial atención a las personas en edades extremas, que no son capaces de comunicar bien sus sensaciones, y que son más susceptibles de presentar cuadros de gravedad.

Respetar al sol

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, dicen, y aunque lo mejor es no exponerse directamente al sol durante el mediodía ni la tarde, Labarca reconoce que pedirle eso a los veraneantes es bastante ingenuo. Las vacaciones o los días libres son justamente para pasarlos en la playa o alrededor de una piscina, y eso incluye unos momentos de tumbarse semidesnudo bajo el sol.

“Lo ideal es no tomar sol entre las 11 y las 16 horas”, dice el urgenciólogo. “Pero si uno se va a exponer, hay que sí o sí usar protector solar que al menos tenga un factor 50″. El protector solar impide que la radiación provoque quemaduras en la piel, las que a su vez pueden generar un cuadro de insolación —cuando el cuerpo pierde la capacidad de enfriarse por sí mismo— y a largo plazo generar problemas más graves, como el carcinoma basocelular, un tipo de cáncer a la piel, el tumor maligno más frecuente en los seres humanos.

El factor solar hay que usarlo todos los días, aunque solo caminemos por la calle, y si vamos a un balneario es necesario reaplicarse cada 2 horas o más seguido si es que entremedio nos metimos al agua. No hay que confundir el uso de protector solar —que ayudan a evitar los daños que provocan los rayos UV— con una sensación de inmunidad frente al sol. Como nos decía el dermatólogo y académico Nelson Navarrete, estos productos “no están hechos para que uno se tienda al sol. Incluso con un buen filtro, tomar sol es un error, ya que en poco tiempo va a ser superada su capacidad de protección”.

Para evitar insolaciones y deshidrataciones, lo mejor es no abusar del sol y preferir siempre la sombra o, en su defecto, las prendas que ayuden a provocarla, como gorros y sombreros.

Mover el aire

Como decíamos antes, no hace falta quedarse dormido en la playa a las 2 de la tarde sin protector ni quitasol para sufrir los estragos del calor. Incluso en casa, si no se cuenta con buena ventilación ni sistemas que bajen la temperatura, pueden venir problemas y descompensaciones.

“El aire acondicionado ayuda mucho a evitar las complicaciones, está comprobado”, dice Nilo Aguilera. No es una sorpresa pero sí un privilegio, ya que no son muchos los que pueden costear la inversión que significa comprar e instalar un aparato como ese.

¿Qué pasa con el viejo y vilipendiado ventilador? Según María Luisa del Campo, experta en eficiencia energética de la Universidad de Talca, “con un ventilador no baja la temperatura ambiental, sino que a través de la velocidad del aire uno tiene la sensación de estar más refrescado”.

Es decir, no reducen el calor pero provocan una ilusión de que este disminuye, lo que tampoco es malo. “Al menos saca el aire caliente que se acumula en una habitación y ayuda a secar la transpiración de la piel, lo que ayuda mucho a mejorar la sensación térmica”, agrega Labarca.

“El ventilador hay que ponerlo en un sector sombreado, donde idealmente se alimente de aire más fresco, con un área de barrido que abarque la mayor extensión posible, sin obstáculos al frente, y que ojalá exista en frente una ventana o zona abierta por donde evacuar el aire caliente”, nos dijo Rodrigo Muñoz, académico de Duoc.

Si el calor igual es mucho, no estará de más ponerse paños o compresas frías en zonas estratégicas del cuerpo, como el cuello o los antebrazos, “donde pasan las arterias y hay mayor torrente sanguíneo”, dice Aguilera. Aunque no es una solución en caso de insolación, sí ayuda cuando la temperatura ambiente es muy alta y no hay cómo bajarla.

Mover el cuerpo

Puede parecer contraproducente, pero mantenerse en movimiento es fundamental para no sufrir con el calor. Cuando el sudor se asoma y el calor nos inunda, el cuerpo parece pedirnos quietud, ojalá inmóviles sobre las baldosas frías o frente al ventilador.

Los médicos, en cambio, sugieren no abandonar la actividad física. No se trata de correr diez kilómetros al mediodía ni de hacer abdominales bajo el sol, pero sí de no perder la movilidad.

“Con salir a caminar todos los días durante una hora, el cuerpo se mantiene activo y con mejor capacidad de regular su temperatura”, dice el cardiólogo Aguilera. Mejor aún si se puede establecer una rutina de elongación y de ejercicios sencillos, como sentadillas o flexiones. “Con 30 o 45 minutos unas tres veces a la semana ya es interesante”.

La idea es que sea actividad física aeróbica, que mantenga al corazón preparado y con buen músculo para cuando llegue el calor y tenga que bombear más sangre. “Si puede ser nadando en la piscina, perfecto, pero sino caminar o trotar en las mañanas o los atardeceres igual hará muy bien”.

La comida también puede influir en nuestra capacidad de resistir el calor. Si consumimos alimentos muy calóricos o altos en grasa y azúcar, la temperatura corporal aumentará y tendremos más problemas al mantener fresco el cuerpo. Por el contrario, comiendo platos más pequeños, que incluyan más verduras, carnes magras y frutas, la digestión será rápida, la hidratación más alta y menor la sensación de estar a punto de explotar.

“Hay que tratar de no sobrellenarse ni quedar satisfechos con cada comida”, aconseja Aguilera. Mente fresca en un cuerpo fresco.

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