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La falla de la inteligencia artificial: una mirada desde la literatura

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La inteligencia artificial (IA) avanza a una velocidad que no imaginábamos hace pocos años. Agentes que ejecutan tareas, modelos que razonan sobre problemas complejos o herramientas que aceleran descubrimientos médicos están transformando múltiples industrias. Muchos de estos avances parecían ciencia ficción hace apenas una década.

No es extraño que algunos de los principales desarrolladores de esta tecnología, como Hassabis o Amodei, líderes de Google DeepMind y Anthropic respectivamente, hablen de un cambio de época comparable con las primeras revoluciones industriales. Como entonces, los beneficios potenciales son enormes. Pero también lo son los riesgos.

A lo largo de la historia, cada salto tecnológico ha ampliado la capacidad humana para crear, pero también para destruir, dada la pulsión violenta del ser humano. Ello se expresa en las Guerras Púnicas, las Cruzadas y las guerras mundiales del siglo XX, con la salvedad de que la tecnología ha multiplicado el alcance de nuestras decisiones, para bien y para mal. El problema no es nuevo: mientras más poder técnico tenemos, más decisivo se vuelve el criterio moral con que lo utilizamos.

Aquí aparece una dimensión que a menudo queda fuera del debate tecnológico: la comprensión de la condición humana y su complejidad. Así, la falla de la inteligencia artificial no está en los algoritmos. Está en nosotros.

La literatura ha sido, durante siglos, uno de los espacios privilegiados para explorar esa complejidad. A través de sus personajes, nos permite observar las pasiones, contradicciones y debilidades que siguen moldeando nuestras decisiones, incluso en contextos altamente tecnológicos.

Ahí está la obsesión destructiva del capitán Ahab en Moby-Dick; la culpa y aislamiento de Raskólnikov en Crimen y castigo; la insatisfacción y melancolía de Emma en Madame Bovary; o la distante apatía de Meursault en El extranjero. Son retratos literarios, pero también espejos de comportamientos que seguimos encontrando en la vida cotidiana: en el trabajo, en la política o en las relaciones sociales.

Comprender esas motivaciones humanas es crucial en un mundo cada vez más tecnológico. Las decisiones de negocios, las innovaciones tecnológicas o las políticas públicas no ocurren en el vacío: se desarrollan en contextos de relaciones humanas, intereses cruzados y emociones que influyen decisivamente en los resultados.

Paradójicamente, vivimos en una época de hiperconexión tecnológica y, al mismo tiempo, de creciente distancia emocional. Nunca habíamos estado tan conectados mediante plataformas digitales; sin embargo, la soledad, desconfianza o polarización parecen intensificarse.

En ese contexto, la formación humanista adquiere un valor estratégico. No se trata de un lujo cultural, sino de una herramienta para comprender mejor a las personas con las que interactuamos y tomar decisiones más conscientes en entornos complejos.

La inteligencia artificial seguirá ampliando nuestras capacidades técnicas. Pero ninguna tecnología resolverá por sí sola los dilemas humanos que acompañan su uso.

En una época dominada por algoritmos y datos, la literatura juega un rol clave para comprender de manera profunda la condición humana. Si no la aprovechamos, perdemos. Es quizás una de las formas más potentes y útiles de prepararnos para el futuro que ya estamos viviendo.

*El autor de la columna es profesor adjunto de ingeniería industrial en la Universidad de Chile y managing partner en CIS Consultores.

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