Bitácora de un científico en la Antártica: El colectivo más austral del mundo

El buque Aquiles, con el que me trasladé a la Antártica. Foto: Armada




Subirse a un buque que viene hacia la Antártica es como subirse a un colectivo que recorre los cerros de Valparaíso. Uno sabe la dirección general del vehículo, pero no su recorrido. Tu única certeza es que eventualmente el colectivo llegará a tu cerro, pero el cómo y el cuándo depende siempre de la diosa fortuna. En nuestro caso es igual, solamente que el colectivo es un buque de la armada y nuestro cerro, la Antártica.

Este año, nuestro medio de transporte fue el buque Aquiles de la armada chilena. El punto de partida comenzó en Punta Arenas (luego de la cuarentena y los tests de PCR negativos). Tras un placentero navegar por el canal Beagle, nuestra primera parada fue Puerto Williams (isla Navarino), donde se debían realizar algunos trabajos. Similar procedimiento, pero con un poco más de oleaje, fue el que seguimos en la segunda detención: el islote de Diego Ramírez. Mientras tanto la carga humana del buque, nosotros, se transforma en unos bebés adultos cuyo día gira entorno a las comidas programadas y dormir, en un bucle sin principio ni fin aparente.

El buque Aquiles. Foto: Armada

En mi caso, siempre aprovecho el viaje para trabajar con alguna cosa que ha quedado pendiente y esta vez no fue menos. Por suerte, el paso Drake (o mar de Hoces) fue bastante benévolo y pude trabajar con el computador sin mayores problemas. Nuestro viaje hacia el sur del sur fue escoltado por una multitud de aves marinas que aprovechando el pasar del buque surfeaban los vientos sin esfuerzo aparente y una levedad que desafía a la gravedad. Es casi mágico ver como criaturas tan grandes pueden volar durante tanto tiempo sin batir sus alas ni usa sola vez.

Pero el colectivo nunca se detiene y tras cinco días llegamos a nuestro cerro: la Antártica. En isla Greenwich, observamos las primeras ballenas de la temporada. Tras una maniobra para desembarcar personal, el buque pone rumbo a nuestra parada: bahía Fildes. Tenemos que prepararnos para el desembarque. Porque ahora solamente bajamos la carga humana. La carga científica seguirá a bordo del colectivo hasta que este vuelva a pasar por bahía Fildes dentro de una semana aproximadamente.

La logística en estas latitudes es difícil y estas cosas ocurren. Así que los veteranos como yo, lo asumimos con la resignación propia de los filósofos estoicos de la antigua Grecia. Cuando pueda comenzar a trabajar en Antártica habrán pasado un poco más de 20 días desde que dejé mi casa en Valparaíso porque a la complejidad natural del continente blanco, ahora debemos sumar las complejidades que nos impone la pandemia. Quienes hacemos ciencia antártica, debemos hacer una inversión de tiempo extra que en muchos casos no es menor, pero es un precio que estamos dispuestos a pagar por trabajar aquí.

Bahía Fildes decidió recibirnos como corresponde, así que descendimos la escalera de gato mientras caían algunos tímidos copos de nieve. Siempre había llegado en enero a estas latitudes y la verdad, se nota la diferencia. La temperatura es más baja y la isla todavía conserva una mayor cubierta de nieve. Será interesante ver cómo cambia todo durante las próximas semanas. Por el momento, no me queda más opción que trabajar con el computador mientras miro el horizonte con el ferviente deseo de que las cajas con mi material científico lleguen lo antes posible. Lo malo, la espera; lo bueno, las vistas de la oficina.

Esta es la vista desde que tengo desde mi "oficina" en la Antártica. Foto: Juan Höfer.

Lea la primera parte de esta columna en este enlace.

* Juan Höfer es oceanógrafo español del Centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (Ideal) de la U. Austral (Uach), y académico de la U. Católica de Valparaíso (PUCV).

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