Matrimonios en cuarentena

A veces el viaje más largo es la distancia entre dos personas (William Somerset Maugham).



En estas semanas de encierro, hay parejas y matrimonios que reevalúan los límites de lo posible y en estos ajustes, algunas y algunos rescatan la cercanía y el reencuentro, como uno de los efectos positivos del confinamiento, mientras otras y otros advierten que si no se acaba pronto la cuarentena, la relación se agota.

Previo a este escenario, me contactó Ignacio a principios de este año y me invitó a almorzar a un restaurante cerca de su oficina. Quería conocerme y no le agradaba la idea de que el primer encuentro fuera en una consulta. Fue un grato almuerzo y me preguntó si era posible continuar nuestro trabajo en este lugar.

Así fue como empecé a trabajar con Ignacio, quien semana a semana, me invitaba al mismo lugar a almorzar. Era, como decía, su terapia. Cuando estaba abrumado, se tomaba el almuerzo en serio, se sentaba en “esta misma mesa” y disfrutaba de cada una de las etapas de la experiencia culinaria. Amaba los rituales y me decía que esto era lo único que verdaderamente lo relajaba.

- Mira Sebastián, las cosas se han dado como siempre quise, pero no de la forma esperada. Me explico. Entré en este estudio con el firme propósito de ser socio y lo logré. Salí de la universidad, llegué acá y tras un par de años y con la venia de los socios, hice mi LLM en Estados Unidos, volví y seguí trabajando como loco. En estos años mi señora me ha acompañado en todas. Nos conocimos en la escuela y ella dejó de trabajar cuando nos fuimos a Estados Unidos. Allá se puso a estudiar distintas cosas, hasta que nació nuestra primera hija. Todo de acuerdo a lo planeado. De vuelta a Chile quedó esperando a nuestro segundo hijo y en su momento acordamos que ella no se preocupara más del trabajo y se enfocara en los niños. Sé que suena medieval, pero estaba trabajando demasiado y me tranquilizaba saber que Manuela estaba con nuestros hijos, pues muchas veces no levanto la cabeza de la pega hasta bien entrada la noche. A esta altura y a este ritmo, tenemos cuatro hijos. El más chico cumplió tres y desde entonces mi señora se ha puesto extraña.

- ¿En qué sentido?

- Según ella, está cabreada de que le pregunten si va a tener el quinto hijo o va a volver a trabajar, cansada de que le insinúen de que es ahora o nunca su vuelta a las pistas laborales y de que le aconsejen encontrar algo que la entretenga antes de que los niños crezcan y yo me aburra de ella.

- ¿Y tú que piensas de esto?

- Esto no puede estar más lejos de la realidad, yo la amo, pero es cierto que pasan los años y trabajo igual que siempre. Lo peor es que tampoco le puedo contar que las cosas en la oficina están cada vez más complicadas, pues ahí sí que colapsa. Y es que en mi ingenuidad pensé que una vez fuera socio, iba a tener tiempo para pensar, para abocarme en cosas más estratégicas y planificar los próximos 20 años del estudio, pero a mis 46 años las cosas no fueron así y cada día siento que más que abogado, me he transformado en un gerente polifuncional.

- ¿Qué quieres decir?

- Mira, cada vez hablo menos de temas tributarios y hablo más de los costos fijos, de la reducción de los metros cuadrados, de la barbaridad de plata que pagamos en sueldos, viáticos, teléfonos y equipos. Mira, cada año me abruma más la sensación de que el estudio se nos puede ir de las manos. Vivo así y los fines de semana, cuando vienen a visitarnos mis suegros, me angustio más, pues sutilmente cuestionan nuestro nivel de vida. Y tienen toda la razón, pues si en algún momento se tranca la máquina, nos vamos a la punta del cerro. Mi tren de vida es carísimo y en vez de disfrutarlo o de cambiarlo, insisto en el sin cuestionarlo.

- Pero ahora lo estás haciendo…

- Sí, ahora que ya no duermo, pues ni siquiera mi terapia culinaria está funcionando.

Me despedía de Ignacio con el estómago lleno y el corazón apretado. Era una bomba de tiempo y semana a semana sentía que nuestros almuerzos eran su única válvula de escape y que entre un plato y otro, Ignacio elaboraba sus temores, los que recientemente se habían materializado con el estallido social.

- Yo cachaba que esto se venía en serio. Como buen abogado, soy fatalista y pesimista por naturaleza, y sabía que iba a quedar la cagada. Cerca de la navidad me torturaba la idea de que en algún minuto iba a terminar apagando las luces del estudio y cerrando por fuera, y si bien esto no pasó, cuando escuché del coronavirus me aterré, pues con el estallido social aprendí que lo que puede salir mal, sale muy mal y que las soluciones que vienen de afuera suelen llegar demasiado tarde. Así que desde que supe que venía este cuento del Covid no he parado de trabajar. A punta de Zoom, WhatsApp y correos he mantenido el buque a flote, pero sin darme cuenta, mi casa se viene abajo.

- ¿A qué te refieres?

- Mi señora ha enloquecido con el encierro, los niños, el colegio, la casa. No ver a sus papás, a sus amigas, hermanas, ni tener sus rutinas, la tiene descompensada y en las noches, cuando los niños duermen, se transforma. Noche tras noche me saca en cara nuestro estilo de vida, mis decisiones, mi forma de trabajar, mi nula participación en lo doméstico, en lo familiar y podría pagarte horas y horas de Zoom si quisiera reproducir todo lo que me reprocha. Según ella, todo se fue a la mierda desde que nos fuimos a Estados Unidos y ella dejó de trabajar.

- ¿Y tú que piensas?

- Es que me cuesta pensar. Imagínate que me ha reprochado todo de ahí en adelante. Son años de quejas acumuladas y para empeorar las cosas, se me ocurrió proponerle, para no pelear tanto, empezar a ver películas en las noches. Y la cosa es que nos entusiasmamos viendo El Padrino, y cuando estábamos en la segunda, en la parte en que la señora de Michael Corleone se quiere separar de él, la Manuela queda petrificada. Más que ver la película, parecía que la estuviera absorbiendo y al terminarla me pidió me fuera a dormir al sofá. No quería hablar y desde esa noche no me dirige la palabra.

A la semana siguiente, relata Ignacio, su señora rompió el silencio para decirle que por fin entendía su gusto por esas películas de mafiosos sicilianos, pues “pese a lo sofisticado y agringado que te ves por fuera, por dentro eres igual de machista, anticuado y prepotente que esos Corleone. Como no trabajo, me has condenado a hacerte el amén en todo y te has asegurado que me sea imposible separarme. Todos dependemos de ti en lo económico y ahora entiendo por qué mis papás veían con preocupación que yo no trabajara y que viviéramos una vida de lujos. Yo pensé que querías compensar tu ausencia dándonos lo mejor, pero ahora me doy cuenta que esto era un encierro para que tu pudieras trabajar tranquilo y ahora que literalmente no puedo ni salir a la esquina, me doy cuenta el infierno en el que vivo”.

Ignacio estaba devastado y sacar adelante su matrimonio le parecía infinitas veces más difícil que sostener su estudio.

- No sabes cuánto echo de menos ir al restaurante a almorzar solo y nuestros encuentros allá, pues por la pantalla todo me parece más descarnado. Para peor, ahora con mi señora fingimos en la mesa. Comemos en paz, como si nada pasara, pero nada más se levantan los niños, cada uno vuelve a su refugio. Mi señora agarra su teléfono, su copa de vino blanco y cierra la puerta de la pieza y yo me sumerjo en el computador y en los miles de pendientes que tengo.

- ¿Y en las noches?

- Las noches son un infierno y sé que cualquier cosa que diga o haga puede reabrir las heridas. No hay salida a comer, reunión con amigos, actividad escolar o viaje que nos salve, nos una, distraiga o reconcilie. El psiquiatra que me recomendaste me dijo que tenía un estrés galopante y me recetó unas pastillas.

- ¿Y cómo te has sentido con ellas?

- Si bien estoy más tranquilo, me he dado cuenta que estas pastillas son peligrosas, pues ya nada me importa tanto. Y creo que a mi señora le ha pasado lo mismo con las suyas. Ya a esta altura le da igual decirme todas sus verdades, pues dice que las cosas no van a cambiar ni van a mejorar después de esta pandemia. Lo único que quiere es que se levante la cuarentena, que los niños vuelvan a clase, que la nana vuelva a la casa, juntarse con sus padres y amigas y seguir la vida como la habíamos vivido hasta ahora. Una vida sin encuentros, una vida sin conflictos.

Concluida la sesión, me hundí en el sofá de mi departamento. Al igual que Ignacio, eché de menos las distracciones de la calle, de los restaurantes e incluso el sofá de mi consulta, ése que solo usaba una vez se retiraban los clientes.

Con hambre y con los ojos cansados, pensé en los desafíos de Ignacio y de todas y todos los que ahora, en cuarentena, están hablando todo lo que no habían podido hablar. Se corren los límites del matrimonio y de las parejas en cuarentena, por lo que es importante recordar, como diría Humberto Maturana, que en toda innovación, lo importante es lo que se conserva.

Continuará…

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