Carrie: sangre nueva
¿Quién es realmente Carrie? ¿Un fenómeno de la naturaleza o una adolescente común, con poderes especiales? ¿La responsable de la tragedia o su principal víctima? Flanagan aprovecha esas dudas para recordar lo vigente de la obra de Stephen King.
Son tiempos de terror. Al menos, cuando hablamos de cine y series. Más allá del mes de Halloween, el género se ha tomado carteleras y pantallas con un hambre voraz: resucita clásicos sin pudor, desempolva pesadillas y nos devuelve historias que nos aterran, pero que tampoco queremos dejar ir. Siempre con Stephen King como amo y señor de esos mundos macabros. ¿Por qué buscamos el miedo con tantas ganas, si después nos cuesta dormir? Da para un buen análisis sociológico. O para otra película de terror.
En medio de este tétrico festín, emerge la serie que nos convoca. ¿Por qué otra versión de Carrie? Lo mismo se preguntó Mike Flanagan, responsable de La maldición de Hill House, La caída de la casa Usher y La vida de Chuck, antes de llevar la novela de King a una miniserie de ocho capítulos para Prime Video. Basta ver el resultado, para que la duda se resuelva y la osadía, se aplauda. La sombra de la película de Brian De Palma (1976) es larga, pero Flanagan no la rehuye, sino que la reinventa a su favor. La miniserie es fresca, disruptiva, sorprendente y se devora por completo. Y hace desaparecer cualquier otra versión que haya aparecido en el camino.
La nueva Carrie (Summer H. Howell) vive en pleno siglo XXI, aunque podría haber salido de una película de Yorgos Lanthimos.
Ha crecido encerrada en su casa, con padres religiosos extremos que le impiden cualquier contacto con el mundo. Cuando su padre muere en un sospechoso accidente laboral y su madre Margaret (Samantha Sloyan) debe salir a trabajar, la joven entra en la dimensión más terrorífica de todas: la secundaria. Con las versiones demoníacas de la chica popular y el mariscal de campo, y las redes sociales como los villanos estelares.
La serie inicia con el incendio que destruyó por completo la secundaria Thomas Ewen de Chamberlain, Main, y se va articulando con testimonios de jóvenes sobrevivientes, que hablan a la cámara y reconstruyen los fragmentos de Carrie: “dulce y tímida”, la definen algunos. “Amenazante”, dicen otros. Las definiciones oscilan entre ángel y demonio, armando una suerte de puzle postraumático, que se cruza con su llegada al colegio, la relación enfermiza con su madre, el despertar de sus capacidades telequinéticas y sus ganas de pertenecer.
¿Quién es realmente Carrie? ¿Un fenómeno de la naturaleza o una adolescente común, con poderes especiales? ¿La responsable de la tragedia o su principal víctima? Flanagan aprovecha esas dudas para recordar lo vigente de la obra de King. Porque no importa si hablamos de telequinesis, burlas despiadadas en redes sociales o tiroteos masivos de un adolescente furioso. Al final, son distintas formas de manifestar la incomunicación, la rabia reprimida, el dolor del rechazo. Sentimientos explosivos, que no necesitan efectos especiales.
Con guiños a Stranger things y esa nostalgia adolescente anticipada, los ocho capítulos de Carrie permiten desarrollar en profundidad todas las capas de la historia, lo que le da una riqueza especial. No solo el conflicto de la protagonista y sus matices, sino también las miserias de quienes la atormentan, en especial de Chris Hargensen (Alison Thorton), la antagonista por excelencia, que no tiene poderes sobrenaturales, pero cuya rabia y dolor carcome todo lo que la rodea.
Flanagan toma el pulso de estos tiempos y le da nueva vida a un clásico, sin perder aquello que lo hizo inolvidable. Cambia la música, la mirada y el ritmo, pero no la herida. Y consigue que volvamos a fascinarse con Carrie, incluso si sabemos cómo termina la fiesta. Quizás no llegó a ser la reina del baile. Pero en el mundo del terror, su corona sigue intacta.
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