Lollapalooza día 3: la diversidad de estilos, el gran final con Chappell Roan y el 2027 otra vez en el Parque O’Higgins
En su jornada de cierre en el Parque O’Higgins, el evento se rindió al pop de figuras contemporáneas como Lewis Capaldi o la propia Chappell Roan, aunque también tenía en su programación a ilustres que parecían venir de otro mundo, como Quilapayún: es la variedad que ofrece la cita y que este domingo 15 llegó a su punto cúlmine. Sus organizadores confirmaron que en 2027 seguirá en el recinto de la comuna de Santiago.
A las 13.00 horas de este domingo 15 de marzo, cuando se abrían las puertas del Parque O’Higgins para que el público ingresara a la última jornada del festival Lollapalooza Chile -ese minuto donde muchos corren con vehemencia a la caza de las primeras filas y las mejores ubicaciones-, la banda sonora amplificada por los escenarios principales parecía subrayar un contraste.
La imagen impávida de Brian Wilson, el atormentado genio de The Beach Boys fallecido el año pasado, se exhibía en las pantallas gigantes instaladas en la elipse, mientras sonaba Good vibrations, el clásico hit de los californianos calificado alguna vez como una “sinfonía de bolsillo”. Igual que en la jornada del sábado 14 con Ozzy Osbourne, los organizadores quisieron rendir un homenaje a los recientes héroes caídos de la música popular.
Aunque el abrazo póstumo a Wilson sonando a todo volumen por los altoparlantes guardaba una sincronía mayor. Como alquimista del mejor pop del siglo XX, como ese hechicero que logró convertir desde la fría mecánica del estudio melodías de cristalina belleza que parecían diseñadas desde el alma, empujando al pop hacia múltiples direcciones antes impensadas, el cantante encarna esa diversidad estilística que Lollapalooza anhela con fuerza en los últimos años. Que todas las voces, sonidos y geografías creativas puedan darse la mano en un solo espacio de encuentro, espantando prejuicios y recelos.
Rock, pop, trap, electrónica, metal, punk, hardcore y hasta folclore cohabitando el mismo hogar. Puede que en los lejanos 60 así Brian Wilson haya imaginado sus obras, puede que así Lollapalooza en el presente 2026 diseñe su programación.
Y de alguna forma, ayer en el cierre de fiesta, lo logró. Por la noche, de hecho, se materializó uno de los topes de horarios más singulares y extremos que haya presenciado el evento en su vida chilena: mientras en el escenario Banco de Chile asomaba la electrónica dura y pesada de Skrillex, a sólo unos metros de distancia, en el Lotus stage situado en el Teatro La Cúpula, era el turno de los ponchos negros y el activismo en sepia empuñado por los legendarios Quilapayún. Beats ensordecedores y Nueva canción chilena congregados para agitar a las masas.
Pero esa paleta heterogénea de colores comenzó mucho antes.
Tantas canciones buenas
La agrupación Los Borne fueron los responsables de abrir la velada en precisamente el escenario Lotus. Encabezados por el guitarrista y compositor Hernán Edwards, ex miembro de Los Ex, la banda tiene como émbolo a las guitarras en distintas frecuencias, a veces de contornos más lánguidos, mientras que en otros temas sugieren espesor y urgencia, como sucedió en Niños.
Inaugurando las tarimas principales, Santo Barrio se confirma como un nombre señero del cancionero local al momento de fusionar ska, reggae, salsa, rock latino y rítmicas tropicales. Han vuelto en el último año y se han mostrado afiatados en esa ruta timbrada por éxitos como El toque, mostrándose además como un acorazado instrumental donde percusiones y bronces propagan un resultado contagioso.
La invitación a Joe Vasconcellos a subir a escena no sólo reafirma la hermandad entre el grupo y el cantante, sino que también rinde reverencia a otro creador que empujó los límites de distintos estilos desde los 90, volviéndolos flexibles y elásticos.
Tanto como el cancionero de Cristóbal Briceño: el hombre de Fother Muckers estuvo en el Cenco Malls junto a uno de sus tantos proyectos, el Grupo Crisis, de acento melódico y que lo devuelve a su amor por la canción pop tradicional. Vestido de charro, con un traje verde que compró en México hace un tiempo, uno de los nombres más inquietos de la escena interpretó temas como El que perdona ya murió en la cruz, Mi mala estrella, Canción del más allá y Abigail (en el que tiró sus lentes de sol al público).
También demostró, como sucedió otra vez durante el día, que los estilos son innecesarias camisas de fuerza. En su caso, hizo una sentida versión de El centro de mi corazón de Chayanne, quizás un éxito que suena mejor en el Festival de Viña, aunque qué importa: en los pastos del Parque O’Higgins encontró plenitud sin que nadie se quejara demasiado.
Por su lado, la banda Hesse Kassel representó en el Alternative stage a la nueva camada del rock nacional, en ese apartado donde también sobresalen Candelabro y Anttonias, también presentes en la cita capitalina. En lo específico, Hesse Kassel es algo así como una bomba de racimo que nunca sabes donde va caer: sus esquirlas son múltiples, caóticas e impredecibles.
Su cantante, Renatto Olivares, va tejiendo una voz hipnótica, que puede comenzar con un spoken word aletargado para más tarde mutar en un aullido gutural, dejando a la audiencia nocaut y estupefacta. Las composiciones de su única entrega a la fecha, La brea, son extensas, densas, y semejan una nave que avanza acechante, lista para atacar con una descarga de dinamita pura, entre arrebatos guitarreros, saxofón, estridencia a tope y cantos espasmódicos. Defendieron además a sus colegas de Candelabro, luego que estos últimos en su show de 24 horas antes difundieran imágenes del presidente José Antonio Kast con esvásticas en las pantallas.
Casi a la misma hora, otra propuesta difícil de clasificar repletaba el Teatro La Cúpula. Niebla Niebla, el trío que lidera Trinidad Riveros (Princesa Alba), muestra su otra faz, una más etérea y atmosférica, lejos del baile urbano que la ha lanzado a la popularidad. Vestida de blanco, Riveros parece en el escenario una novia angelical que se desdobla en distintos timbres, limpios y estoicos, pero a momentos también siniestros.
Resulta saludable ver a la artista abrazar otros géneros, como una diva abstracta y shoegaze que no pertenece a discoteca alguna. Sobre el final, invitó a Mariana Montenegro de Dënver para cantar Los adolescentes, coronando el cara a cara con saltos y energía pura, entre un escenario en penumbras.
¿El detalle? El recinto estaba lleno y se hacía difícil la visibilidad. Muchos de los que extrañan el Parque Cerrillos -el lugar donde se hizo entre 2022 y 2025- encuentran aquí argumentos para recalcar que el O’Higgins tiene menos espacio y que su perímetro se hace estrecho para la gran cantidad de público que arriba al lugar.
La gran bestia pop
Los argentinos Bandalos Chinos, por su lado, hacían lo suyo en el escenario Cenco Malls, con ese cruce de rock con bases sintéticas y fiesteras, con Babasónicos como principal radar, mientras que el venezolano Danny Ocean transformaba minutos después el lugar en una fiesta, con un pop latino algo genérico pero efectivo, deudor incluso de nombres como Maná, a quienes citó en una canción.
Punto aparte para Manuel García. El cantautor salió al escenario Alternative con un espectáculo a toda banda, donde lucen cuerdas, vientos, guitarras y bellas animaciones en las pantallas, mientras opta por sortear el duro calor de la tarde con una melodía de textura ligera, casi un susurro al oído que conlleva una reflexión política: el show se inicia con El viejo comunista, ese tema que suspira por un mundo desvanecido que ya no está y que parece un infiltrado sutil en un evento corporativo tan monopolizado por marcas, gastos y consumo. Es la moral de García: dejar fluir su sensibilidad humanista en toda clase de escenarios.
La meta se cumple con un repaso por sus clásicos interpretados de forma excelsa y que se corona con la invitación a Fernando Ubiergo para desenfundar El tiempo en las bastillas, himno indiscutido del cancionero local.
Mientras Ubiergo hace lo suyo, la estrella contemporánea Marina -ícono del pop vinculado a la comunidad queer- en uno de los espacios protagónicos ofrecía un pop extravagante y confesional. Curioso: Fernando Ubiergo y Marina aplaudidos en apenas un par de metros. Dos figuras que no guardan relación alguna. Sólo posible en Lollapalooza.
Bajo esa misma genética, la estadounidense Addison Rae hace eco del pop clásico en el Banco de Chile stage, como una suerte de Britney Spears de la nueva generación. Con un cuerpo de baile que exuda sensualidad y canciones que explotaron al mundo vía TikTok, convence con un espectáculo de goce efervescente, aunque se trata de una figura recién en crecimiento.
El escocés Lewis Capaldi asesta un perfil más consolidado, pero desde otra vereda. Su primera vez en Chile lo muestra como un autor vulnerable, sensible, narrando tópicos de autoaceptación, salud mental y reconociendo la pausa reciente que tomó su carrera no sólo por el síndrome de Tourette que padece, sino que también por la sobreexposición a la que se vio empujado: se trata de conflictos privados que transmiten empatía, interpretados de forma simple en una propuesta donde la guitarra acústica, el piano y la vocación melódica dialogan sin adornos resonantes.
“No tengo canciones felices así que espero que estén bien con esto. Quienes se las sepan, canten conmigo, y quienes no, pues cállense”, propone. Y tiene razón: sus composiciones son una tregua en una tarde frenética, baladas que parecen acompañar la noche que cae sobre un festival que se despide y que simboliza algo así como el adiós definitivo del verano.
Pero la templanza es fugaz. Skrillex aparece en el escenario contiguo ante una audiencia gigantesca, una de las más convocantes del festival, lista para devorar un cóctel estentóreo de bases y mezclas que dispara sin bandera blanca. Incluso en algún punto la descarga se pasó de la raya: el DJ tuvo que pedirle a la gente tranquilidad -algunos se estaban aplastando entre la muchedumbre- y que se cuidaran los unos a los otros.
En La Cúpula, la serenidad la aportaban las voces insondables de Quilapayún, quizás una rareza del evento, pero absolutamente necesarios al minuto de contribuir con historia y trascendencia. Interpretaron entre otras Pájaros de fuego, de Los Tres, e invitaron sobre el final a Los Bunkers para reunirse en La muralla y El pueblo unido jamás será vencido. Chilenidad en su mejor expresión.
Para el cierre, la gran soberana era Chappell Roan. Y el apelativo es literal. Una de las grandes figuras del pop global ha facturado una imaginería donde conviven el mundo queer, los colores, el maquillaje y una impronta que la presenta como el nuevo eslabón en esa genealogía estética que va de David Bowie o Queen a Lady Gaga.
En Lollapalooza Chile, partió con temas como Super graphic ultra modern girl, Femininomenon, After midnight, para después continuar con Naked in Manhattan, Casual y el éxito Hot to go!, con los presentes replicando con rigor su coreografía. En esas composiciones, se muestra como una princesa de botas largas y vestimenta algo vaporosa, con una escenografía que simula un castillo medieval a sus espaldas, haciendo eco del título de su único álbum, The rise and fall of a Midwest princess. En lo musical, hay cuotas tanto de glam como de soft rock, así como su voz nunca decae en una performance dominada por el vigor.
Lollapalooza tuvo un cierre a la altura con Chappell Roan capitalizando uno de los grandes pasajes de esta entrega.
Como si sus organizadores quisieran celebrarlo, un par de minutos antes anunciaron que el festín musical seguirá en el Parque O’Higgins en 2027 y de forma inédita informaron de sus fechas para el 12, 13 y 14 de marzo, con entradas en modalidad Early birds que saldrán pronto a la venta.
Uno de los eventos más exitosos del país ha superado con éxito una nueva prueba, entre su retorno al sitio de origen, a la cuna, y reencantar a nuevas audiencias con el pop en boga, gracias a nombres como Sabrina Carpenter, Chappell Roan o Lewis Capaldi. Será hasta el próximo año, cuando el espíritu de Brian Wilson aún siga persistiendo como faro.
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