Por qué la carrera de ingeniería se inspira en el megaterremoto 8.5 que destruyó Santiago
El sismo de 1647 es recordado como el primer hito de reconstrucción urbana e infraestructura del país. Desde entonces, cada etapa del desarrollo ha planteado nuevos desafíos para la ingeniería, como hoy lo son el cambio climático, la inteligencia artificial, la gestión hídrica y la transición energética.
La noche del 13 de mayo de 1647, Santiago dormía. La ciudad todavía era pequeña: unas pocas cuadras de casas bajas de adobe, conventos, calles de tierra y acequias que atravesaban la entonces capital del Reino de Chile. Más allá del río Mapocho comenzaban los campos y chacras. Poco antes de las diez y media, la tierra comenzó a moverse. El suelo se sacudió con una violencia desconocida. Los muros de adobe empezaron a abrirse y caer sobre las habitaciones. La ciudad quedó atrapada en una nube de polvo tras este sismo calculado en una magnitud 8.5.
Los cronistas de la época describieron gritos, rezos y personas corriendo desorientadas entre los escombros. Muchos murieron aplastados mientras dormían. Otros quedaron atrapados bajo los restos de sus casas. En medio del caos comenzó a circular una historia que sobreviviría por siglos.
En la Iglesia de San Agustín, una imagen de Cristo crucificado había quedado en pie entre los escombros. Según la tradición, la corona de espinas cayó desde su cabeza hasta el cuello durante el sismo. Los sobrevivientes interpretaron aquello como una señal divina. Pero más allá del relato religioso, el terremoto dejó una marca concreta: Santiago había quedado destruido. Cerca de mil personas murieron en una ciudad que apenas superaba los cinco mil habitantes.
El sismo de 1647 es recordado como el primer hito de reconstrucción urbana e infraestructura del país. Desde entonces, cada etapa del desarrollo ha planteado nuevos desafíos para la ingeniería. Durante el siglo XIX, la prioridad fue conectar un territorio extenso y fragmentado mediante caminos, puentes, puertos y ferrocarriles.
Más tarde llegaron la electrificación, las obras hidráulicas, la expansión urbana y el desarrollo industrial. En cada momento, los ingenieros respondieron a las necesidades de una sociedad que cambiaba. Actualmente los desafíos ya no se limitan a construir infraestructura: también exigen gestionar recursos escasos, integrar tecnologías emergentes y diseñar soluciones capaces de convivir con un entorno cada vez más incierto.
Un país que debe adaptarse
Pocos países concentran en un mismo territorio terremotos, volcanes, sequías prolongadas, glaciares en retroceso, zonas desérticas extremas y una extensa costa expuesta a amenazas naturales. Chile concentra cerca del 25% de la energía sísmica liberada en el planeta y alberga más de 26 mil cuerpos de hielo, la mayor superficie glaciar de Sudamérica, muchos de ellos en retroceso. Esa realidad ha convertido al país en un laboratorio donde la ingeniería ha debido responder permanentemente a nuevos desafíos.
Para Gianni Olguín, decano de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), el país se encuentra en un punto de inflexión. Aunque ha logrado avances en crecimiento económico, infraestructura y calidad de vida, los desafíos futuros exigen un salto basado en innovación, eficiencia y tecnología.
“Chile se encuentra en un punto de inflexión en su proceso de desarrollo”, señala. En ese escenario, agrega, la ingeniería adquiere un rol estratégico como puente entre el conocimiento científico, el desarrollo tecnológico y las necesidades de la sociedad.
La transición energética es uno de los ejemplos más visibles. Hoy, más del 60% de la electricidad que consume el país proviene de fuentes renovables, una transformación que hace apenas una década parecía lejana.
“El principal desafío de la ingeniería en Chile no solo será desarrollar nuevas tecnologías, sino también transformarlas eficazmente en soluciones productivas, sostenibles y socialmente relevantes que permitan al país avanzar hacia una economía más compleja, resiliente y competitiva”, afirma Olguín.
Del conocimiento a las soluciones
La automatización industrial, la inteligencia artificial, la analítica de datos y la transición energética están redefiniendo las competencias que demanda el mercado laboral.
Según Manuel Morales, subdirector de la Escuela de Ingeniería y Recursos Naturales de Duoc UC, durante décadas la formación técnica estuvo orientada principalmente a preparar especialistas capaces de ejecutar tareas específicas. Hoy, en cambio, las empresas requieren profesionales capaces de comprender sistemas complejos e integrar tecnologías diversas. “La educación técnico-profesional moderna debe formar para resolver problemas, no solo para repetir procedimientos”, sostiene.
Las fronteras entre disciplinas son cada vez más difusas. Por esa razón, explica Morales, las instituciones están incorporando con mayor fuerza proyectos interdisciplinarios, aprendizaje basado en problemas, laboratorios conectados con empresas y experiencias formativas más cercanas a situaciones reales de trabajo.
“La gran tarea de la educación técnico-profesional no es perseguir cada nueva tecnología que aparece, sino formar personas capaces de aprenderlas, aplicarlas y transformarlas en soluciones reales para la industria y la sociedad”, agrega.
Los ingenieros del futuro
Entre todas las transformaciones en curso, pocas generan tantas expectativas como la inteligencia artificial. Su incorporación está modificando sectores como la minería, la salud, la logística, la educación y los servicios.
Para Mauricio Villagrán, académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC) y director del Doctorado en Inteligencia Artificial de esa casa de estudios, el impacto sobre la profesión ya es visible. “El impacto de la IA en la ingeniería está ocurriendo hoy y no va a detenerse”, afirma.
A su juicio, la diferencia entre quienes incorporen estas herramientas y quienes no lo hagan será cada vez más significativa. La inteligencia artificial no solo permitirá automatizar tareas, sino también mejorar la toma de decisiones, optimizar procesos productivos y acelerar el desarrollo de nuevas soluciones tecnológicas.
Lejos de los pronósticos que anuncian una sustitución masiva de profesionales, Villagrán cree que el principal desafío será la capacidad de adaptación. Los ingenieros deberán actualizar permanentemente sus conocimientos, trabajar en equipos más multidisciplinarios y desenvolverse en entornos donde la tecnología evoluciona a gran velocidad. “Hoy más que nunca se necesita de ingenieros flexibles que sean capaces de reinventarse cada tres a cinco años en sus funciones”, señala.
Casi cuatro siglos después de aquella noche en que Santiago quedó reducido a escombros, la ingeniería sigue enfrentando el mismo desafío esencial: encontrar respuestas para los problemas de su tiempo.
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