Educación

La ficción de estudiar una vez para siempre

La vicerrectora de Postgrados de la Universidad Adolfo Ibáñez sostiene que “lo que define a los profesionales más relevantes hoy no es la solidez de lo que aprendieron una vez, sino su capacidad de seguir aprendiendo, reorientarse y moverse entre disciplinas. Y esa capacidad no se improvisa: se forma".

Paula Urenda, vicerrectora de Postgrados de la Universidad Adolfo Ibáñez.

¿Qué pasaría si lo que aprendiste para ejercer tu profesión dejara de ser suficiente antes de que termines tu carrera laboral? Para muchos profesionales de hoy, ya es una realidad.

Durante décadas organizamos la educación sobre una idea hoy insostenible: que es posible formarse en una etapa acotada y luego ejercer ese conocimiento durante toda la vida profesional. Tenía sentido cuando las disciplinas avanzaban lentamente y las profesiones cambiaban poco. Ese mundo ya no existe.

Daniela Amodei, cofundadora de Anthropic, estudió literatura, transitó por política, finanzas y OpenAI antes de liderar una empresa en la frontera de la inteligencia artificial. Su recorrido no es una rareza: es una señal. Lo que define a los profesionales más relevantes hoy no es la solidez de lo que aprendieron una vez, sino su capacidad de seguir aprendiendo, reorientarse y moverse entre disciplinas. Y esa capacidad no se improvisa: se forma.

Sin embargo, seguimos actuando como si estudiar tuviera fecha de término. Esa idea hoy no solo es insuficiente, sino riesgosa. Los postgrados y la educación continua adquieren por eso una relevancia creciente: las carreras ya no se construyen sobre una única etapa formativa, sino sobre la capacidad de volver a aprender cada vez que el entorno lo exige.

El desafío es más profundo que acumular títulos: avanzar hacia una cultura de aprendizaje permanente. Y eso supone formar profesionales flexhábiles —capaces de moverse entre disciplinas, desaprender y reconfigurar lo que saben—, que no solo dominan herramientas, sino que saben cuándo esas herramientas ya no son suficientes y tienen la disposición de buscar otras. Que leen la incertidumbre sin paralizarse, toman decisiones con información incompleta y entienden que hacerse las preguntas correctas vale tanto como tener respuestas.

Este desafío tampoco es solo de las universidades. Los empleadores que penalizan trayectorias no lineales y buscan solo perfiles predecibles envían la señal equivocada al mercado educativo. La capacitación permanente tiene que ser parte central de cómo se trabaja, no un beneficio opcional ni un curso anual de cumplimiento. En ese contexto, es positivo que el gobierno haya reconsiderado la idea inicial de eliminar la franquicia tributaria del SENCE dentro del proyecto de reforma. Más que desmantelar los instrumentos existentes, el desafío es modernizarlos: mejorar su focalización, elevar los estándares de calidad y asegurar que respondan a las nuevas competencias que exige un mercado laboral en transformación. La discusión no debería ser si incentivar o no la formación continua, sino cómo hacerlo mejor.

Quizás la mayor ficción no sea creer que existe un momento en que la educación termina, sino seguir actuando como si ese momento no hubiera llegado ya. Porque el cambio que describimos no es inminente: ya ocurrió. Y la única pregunta relevante es si estaremos dispuestos a construir un sistema donde las personas puedan volver a aprender a lo largo de toda su vida laboral. Si queremos una economía más productiva y adaptable, el aprendizaje permanente debe dejar de ser una aspiración y transformarse en una política compartida entre universidades, empresas y Estado.

*Paula Urenda W., vicerrectora de Postgrados de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Lee también:

Más sobre:EducaciónEducaLTOpiniónUniversidad Adolfo IbáñezUAIPaula Urenda

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE