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Cinco años de yugo talibán: la peor crisis de derechos de las mujeres en el mundo

El viernes, el grupo fundamentalista cumplió media década al mando de Afganistán, país que sufre una de las peores crisis de derechos humanos a nivel global. En conversación con La Tercera, quienes conocen su situación de primera fuente analizan el estado de su sociedad y lo que ha cambiado desde la caída de la República.

Cómo son las cuestionadas escuelas religiosas para niñas que los talibanes expanden en Afganistán. Foto: archivo.

“Siento que estoy en prisión, pero no sé qué delito cometí”. Luego de cinco años de mandato talibán en Afganistán, ese es el testimonio de una mujer afgana con quien recientemente conversó Fereshta Abbasi, en el marco de su trabajo como investigadora de violaciones de derechos humanos en el país asiático para Human Rights Watch. Desde hace una década, Abbasi documenta abusos en la zona para diversas organizaciones. Hoy, sostiene en conversación con La Tercera, la situación con el régimen ha alcanzado un punto crítico.

Tras el retiro de las tropas estadounidenses y la huida del presidente afgano Ashraf Ghani en 2021, los mismos talibanes que el presidente George W. Bush removió del poder en 2001 tomaron el control total del país. El colapso del gobierno interino fue una consecuencia del Acuerdo de Doha que firmó Donald Trump y el movimiento yihadista el año anterior, cuando se intentó poner fin a dos décadas de conflicto, la guerra más larga en la que se ha involucrado Estados Unidos.

Este viernes, “después de cinco años de mandato talibán, Afganistán sufre una de las peores crisis de derechos humanos. Y la peor crisis de derechos de las mujeres del mundo”, sentencia Abbasi.

Escuelas religiosas para niñas de talibanes en Afganistán. Foto: archivo.

En su ascenso, el movimiento radical impuso una estricta interpretación de la sharia, la ley islámica. En la actualidad, relata la investigadora, esto se refleja en que “es el único país donde mujeres y niñas no tienen acceso a educación secundaria y superior. Además, enfrentan restricciones severas para el empleo y no tienen libertad de movimiento”.

Aunque las mujeres y niñas son las principales perjudicadas, la situación afecta a toda la sociedad. “La población no tiene libertad de reunión ni asociación. Hemos documentado casos de detención arbitraria, tortura y desaparición forzada de periodistas, activistas de derechos humanos y exfuncionarios de gobierno”, complementa.

En paralelo a la crisis de derechos humanos, existe una creciente crisis humanitaria. Según Naciones Unidas, 14 millones de residentes del país enfrentan inseguridad alimentaria aguda. Y, desde 2023, la situación del país se agravó por la llegada masiva de deportados desde Pakistán –en guerra con el talibán desde febrero– e Irán.

Dos niños afganos permanecen de pie entre montones de basura junto a su vivienda en Kabul, Afganistán, el lunes 18 de abril de 2022. Ebrahim Noroozi

A juicio de Jelena Bjelica, codirectora y analista senior de Afghanistan Analysts Network (AAN), “lo que en 2021 parecía, y se presentaba, como una serie de restricciones temporales, ha derivado en un sistema institucionalizado que regula la educación, el empleo, la movilidad, la vestimenta, el acceso a los espacios públicos y la participación en la vida pública”.

En la actualidad, las normas tienen una estimación diferente: “El punto importante, transcurridos cinco años, es que estas medidas ya no parecen temporales”, sostiene Bjelica.

“Se vino abajo”

Según explica Thomas Barfield, presidente del Instituto Americano de Estudios sobre Afganistán y académico de la Universidad de Boston, “las mujeres estaban haciendo grandes progresos en los 20 años de la República. Eso se vino abajo por completo”.

Barfield, doctor en Antropología Social de la Universidad de Harvard, visitó Afganistán por primera vez en 1971. Desde ese entonces la sociedad afgana es su principal línea de estudio.

“La ONU lo ha llamado un apartheid de género, y lo es”, sentencia el investigador. “Si crees en la segregación de género, es necesario contar con médicas y administradoras para atender a las mujeres, pero los talibanes no permiten que reciban formación”.

Estudiantes afganas caminan cerca de la Universidad de Kabul, en Kabul. ALI KHARA

En el primer mandato talibán, que comenzó en 1996 y terminó en 2001, el movimiento no logró un control completo sobre Afganistán. “Ahora tienen mucho más poder”, explica Barfield. “Y ahora que controlan todo el país, pueden obligar a la gente a hacer las cosas a su manera”.

Para Abbasi, “Afganistán, incluso antes de 2021, siempre ha sido uno de los peores países del mundo para ser mujer”. No obstante, “teníamos esta plataforma desde la que podíamos luchar”, agrega. “En cinco años, lo que perdimos es la esperanza y la plataforma para luchar por un mejor futuro”.

Por otra parte, Bjelica afirma que “las mujeres estaban presentes -aunque de forma desigual e imperfecta- en el gobierno, en la educación, el empleo, la política y la vida pública, pero pasaron a ser excluidas sistemáticamente de la mayoría de estos espacios”. “No tienen representación política formal”, complementa. “A las niñas se les prohíbe la educación más allá del sexto grado, y a las mujeres, la universidad. Están excluidas de la mayoría de los puestos de trabajo gubernamentales y de muchas otras formas de empleo remunerado”.

Las medidas, explica Barfield, encuentran su origen en los mulás, los líderes religiosos del talibán. Ellos dictan su interpretación del islam desde la segunda ciudad más poblada del país: Kandahar, la cuna del movimiento que rige el país.

Mujeres afganas se marchan tras votar en un colegio electoral durante las elecciones parlamentarias en Kabul, el 18 de septiembre de 2010. Ahmad Masood

El antropólogo sostiene que su visión del islamismo no es compartida por toda la sociedad, ni siquiera por todo el talibán: “Las personas ya creen que son excelentes musulmanes, no les gusta recibir consejos”. “No es en países como Pakistán o Irán donde el clero dice: ‘Las cosas han salido mal porque nos hemos occidentalizado demasiado’. Especialmente en las zonas rurales de Afganistán, ellos consideran que sus creencias religiosas son totalmente correctas y no les gusta que les digan cómo deben practicarlas”, apunta.

Por otro lado, Abbasi afirma que es importante no retratar a las mujeres del país solo como víctimas, “porque están resistiendo y deben ser tratadas como agentes de cambio”. En gran parte de Afganistán, grupos de mujeres han desarrollado escuelas informales para contrarrestar la prohibición de la enseñanza.

El estado de la sociedad

En cuanto a la sociedad en general, afirma Abbasi, el sentimiento que predomina es la decepción. “Cuando hablo con personas de Afganistán, nadie conserva esperanzas de un futuro mejor bajo el régimen talibán. Es una imagen muy oscura”, afirma.

La última conversación que la investigadora sostuvo con un ciudadano afgano fue con “un hombre que fue torturado por los talibanes”, dice. “Y ha sido muy difícil borrar sus palabras de mi mente. La forma en que lo torturaron… Era un joven que básicamente fue torturado por expresar su opinión. Cuando hablé con él, estaba muy traumatizado”, agrega.

La vida diaria de las familias del país está marcada por el hambre, explica Abbasi. “He hablado con padres que han perdido a sus hijos debido a la malnutrición. Con familias que, básicamente, decían que no tenían nada que comer ese día”.

Estragos por severas inundaciones repentinas provocadas por intensas lluvias estacionales en la provincia de Baghlan, al norte de Afganistán

Otra manifestación de la crisis es el desempleo masivo. Según relata Sosan Hashimi, directora de Beyond Borders Empowerment –que otorga asistencia humanitaria a refugiados de Afganistán y otros países–, “hay cientos de personas en mi red, con las que hablo a diario, que han sido despedidas de sus empleos o han sido reemplazadas por soldados talibanes sin ninguna experiencia”.

Una de las razones del desempleo es el recorte del financiamiento exterior. “Históricamente, el gobierno de Afganistán ha dependido de la ayuda internacional”, explica Barfield. “Cuando el gobierno colapsó, el 40% del PIB de Afganistán correspondía a ayuda extranjera, y perdieron la mayor parte de eso de inmediato”, sostiene. Estados Unidos, que era el principal donante, redujo sus aportes a cero en enero de 2025.

Un factor que agrava esta situación, explica Bjelica, es que “durante los últimos cinco años Afganistán dejó de ser principalmente un país de emigración para convertirse en el escenario de uno de los mayores episodios de retorno forzoso del mundo”. En este contexto, “a pesar de seguir sin poder absorber a un gran número de personas retornadas, el país ha recibido a unos 6,3 millones de personas que se vieron presionadas a abandonar los vecinos Pakistán e Irán”, agrega.

“Para la mayoría de ellas, el regreso a Afganistán no representa el fin del desplazamiento, sino más bien el comienzo de un nuevo período de incertidumbre”, complementa. En la experiencia de Abbasi, los deportados, “aun después de seis meses, todavía no tenían un trabajo, todavía no tenían un refugio, no tenían acceso a agua potable y no tenían acceso a servicios de salud.

Proyecciones a futuro

Para Filippo Boni, experto en Relaciones Internacionales de la Universidad Abierta de Reino Unido, con múltiples estudios sobre Afganistán, una de las mayores sorpresas en estos últimos cinco años ha sido “la compleja transición de una insurgencia yihadista a un régimen de gobierno con el monopolio del poder estatal”. Pese a la falta de reconocimiento internacional, el movimiento consiguió un extenso control local.

Según complementa Bjelica, el mayor cambio que experimentó el país en cinco años es la estabilización y el afianzamiento del talibán en el gobierno. A cambio de la desaparición de los partidos políticos, los derechos de las mujeres y las libertades de la sociedad en general, el sistema alcanzó una relativa paz interna.

A juicio de Hashimi, una parte de la sociedad ha normalizado la situación: “Han aceptado que nuestras hijas ya no irán a la escuela, que no nos quedará otra opción que mantenerlas en casa”. Incluso, agrega, algunos dicen que “la seguridad es buena, puedes visitar diferentes partes del país”.

“Pero creo que deberíamos hacerle una pregunta a esa gente. ‘¿Si ves que la seguridad es buena, ¿quién estuvo haciendo que el país fuera inseguro durante los últimos 20 años?’. Por supuesto, fueron los talibanes. Y ahora que ellos están a cargo, ¿quién va a poner bombas? ¿Quién va a asesinar a la gente?”, concluye Hashimi.

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