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La trama oculta de la extracción ilegal de lapislázuli en Chile

Con la única yacimiento del país paralizado, los artesanos que trabajan la roca semipreciosa relatan cómo las vías de acceso de la piedra se han reducido, lo que potencia el mercado ilegal y las falsificaciones. A través de explosiones con dinamita y mulas, la extracción informal de este material es una realidad hace años.

Para el artesano de lapislázuli Jean Molina, obtener esa piedra semipreciosa en Chile es “como el secreto de la bruja”. Desde que el único yacimiento del país dejó de funcionar, quienes trabajan con esta roca han tenido que recurrir a alternativas. En lo personal, los contactos del artesano de la feria de Santa Lucía se encuentran en Ovalle: “Es gente que solo se dedica a sacar la piedra”, dice, y explica que “son pirquineros o pequeños mineros”, quienes extraen este material debido al “desinterés” de los dueños de la mina.

El lapislázuli, piedra nacional de Chile desde 1984, se obtiene desde un único yacimiento ubicado en la alta cordillera de Monte Patria, Región de Coquimbo, al noreste del pueblo Tulahuén. Emplazada a 3.600 metros sobre el nivel del mar, la mina Las Flores de los Andes –según indica su sitio web– constituye el segundo depósito más importante del mundo después de las minas de Sar-I-Sang, ubicadas en Afganistán, donde su alto valor impulsa su extracción ilegal y financia conflictos armados.

De acuerdo con Patricia Bustos, artesana de lapislázuli y residente de Tulahuén desde hace más de 30 años, la mina funcionó por última vez en 2023, aunque la explotación del yacimiento es intermitente desde hace más de una década. Según datos del Servicio Nacional de Geología y Minería, en 2009 se extrajeron 215 toneladas. En los años siguientes, la empresa no reportó más datos a la entidad pública.

Lapislázuli en estado natural. Mientras más cantidad de lazurita, es más azul su color y más caro su precio.

En los años 2000, cuando la industria experimentaba su apogeo en el país, Bustos recuerda que la minera les regaló una cantidad importante de la piedra. El año pasado, en cambio, en una reunión que organizó la empresa con los residentes del pueblo, el tono fue distinto: “Nos trataron de ladrones”, recuerda.

“Ahora son más de 26 años desde que nos regalaron piedras, entonces ellos creen que nosotros vamos a sacar”, afirma la dueña de uno de los tres talleres que trabajan la roca en el pueblo. Según explica, el acceso a la mina es peligroso. Debido a su ubicación a gran altura, la nieve tapa los caminos y solo es posible acceder en verano, que son los únicos meses que permitían el funcionamiento del yacimiento. “Nosotros no nos vamos a ir a arriesgar”, dice. No obstante, agrega que hay personas que sí lo hacen.

Extracción ilegal

La artesana detalla que hay dos grupos que acceden al yacimientos. El primero de ellos: los crianceros de la zona. En las veranadas, cuando los criadores de animales suben la cordillera en búsqueda de pastizales para alimentar a su ganado, “andan por las mediaciones” del yacimiento y con ayuda de sus animales bajan las piedras azules para “hacer trueque con la gente”, explica Bustos. Pero, según la artesana, este no sería el grupo que roba la piedra, ya que ellos solo suelen recoger piedras sueltas en el camino y a veces tienen tratos con la mina. Los que suben a robar, en cambio, llevan explosivos.

En enero de 2018, el Retén de Carabineros de Tulahuén detuvo a dos personas que descendían desde el yacimiento en camioneta con un cargamento de la piedra valuado en dos millones de pesos, además de explosivos y diversas herramientas. Por otro lado, en 2014, en la misma cordillera de Monte Patria, se encontraron dos pastores fallecidos con señas de haber sufrido una explosión. Un posterior peritaje de la PDI determinó que, incrustado en sus cuerpos, había esquirlas de lapislázuli.

El lapislázuli solo se encuentra en dos principales yacimientos en el mundo: en Chile y en Afganistán.

De acuerdo a la artesana, ella se da cuenta cuando le ofrecen lapislázuli extraído ilegalmente. La piedra está compuesta de una mezcla de diversos minerales. El principal es la lazurita, que le otorga el color azul profundo; la pirita, los matices dorados; y la calcita, las largas vetas blancas que diferencian al lapislázuli chileno del afgano. Según explica, en uno de sus componentes menores, la wollastonita –que forma cristales blancos, delicados como el azúcar– se percibe el efecto de la explosión. A diferencia del corte limpio que deja la sierra diamantada de la minera, la piedra dinamitada está trizada y, al ser trabajada, se fragmenta fácilmente.

Una crisis de abastecimiento

En Chile, con las faenas detenidas, la extracción ilegal de la roca es la única vía de acceso al material. Aunque a menor escala que en otros países de la región, la minería informal en territorio nacional es un problema para las faenas de oro y plata. De acuerdo con un informe del Grupo Minero Las Cenizas en 2025, el boom de precios del mineral aurífero causó un incremento entre el 30% y el 40% de la extracción informal en las regiones de Coquimbo y Atacama.

Por otro lado, según un informe de la ONU publicado en mayo de 2025, cuatro países de Latinoamérica exportaron más de 3.080 toneladas de oro de origen desconocido entre 2014 y 2023. Además, la entidad internacional catalogó la industria de ”altamente lucrativa”, y en países como Colombia o Brasil “está entrelazada con otros delitos graves en los mismos territorios”. En Perú la minería ilegal también se ha convertido en un problema país.

En Santiago, las artesanías y joyas de lapislázuli se comercializan principalmente en el Pueblito de Los Dominicos, la feria de Santa Lucía y en Bellavista. En este último barrio, en la tienda Toty Stone, la supervisora del local, Sandra Ángeles, afirma que el suministro de la piedra “es cada vez peor”.

Para abastecerse del producto, en la tienda acuden a un revendedor que “hace bastante tiempo compró un piedrón”, del cual extrae piezas que vende al por menor, explica Ángeles. De vez en cuando, agrega, hay personas que ofrecen la misma piedra pero a un precio menor que el de mercado, por lo que empieza a sospechar de su origen. Además, agrega que muchas tiendas han recurrido a falsificaciones, que ella identifica al tacto, dado que la piedra legítima destaca por ser fría. La disponibilidad de la roca, indica, ha alcanzado el nivel de “una crisis” en los últimos años.

Doris Cortés, de la tienda Lapislázuli en Chile, ubicada en Santa Lucía, dice que obtiene la piedra por medio de lapidadores –artesanos dedicados a cortar, pulir y tallar piedras preciosas– que cuentan con contactos para adquirir la roca. En sus inicios, su tienda quedaba en Bellavista, que antes “estaba lleno de vendedores”, dice, pero ahora solo quedan “cuatro o cinco”.

En su experiencia, dice que le han ofrecido “muchas veces” material extraído ilegalmente, y que una gran cantidad de las personas que poseen lapislázuli lo adquieren en el mercado negro. Además, califica al grupo que lo extrae de esta manera como gente “peligrosa”.

En cuanto a Bustos, la artesana de Tulahuén, la mayoría de las piedras que le quedan son de despunte: trozos pequeños con que elabora aros, collares y figuras ornamentales. Meses atrás, llegó a su taller una familia con la intención de encargarle un proyecto más grande, pero no pudo aceptar la propuesta porque no contaba con material del tamaño necesario. Hace años, elaboró un juego de ajedrez completo con la piedra semipreciosa, recuerda. En la actualidad, pese a las dificultades, los artesanos de la zona buscan potenciar la visibilidad de la piedra y conseguir una denominación de origen para el lapislázuli de Tulahuén.

El apogeo de la industria

Pierre Negroni, ex gerente general de la mina Las Flores de los Andes entre 2000 y 2008, recuerda bien los años de bonanza de la industria. Llegó a ese lugar por su amistad con quien era en ese entonces dueño del yacimiento, Herman P. Warmblod, un empresario alemán cuyos padres eran parte del directorio de la Compañía Chilena de Tabacos.

En su tiempo como gerente, Negroni participó activamente en la industrialización de la mina. Única en su tipo en el mundo –dado que la extracción en Afganistán es, en gran medida, informal– la empresa creció rápidamente. Por un lado, producían baldosas, artículos de lujo y proyectos a pedido. Por otro, se creó una fábrica de pigmento natural de lapislázuli: el mismo azul ultramar que utilizaron pintores como Miguel Ángel, en tiempos en que el pigmento era más caro que el oro.

Así, Negroni viajó por el planeta ofreciendo los productos de la empresa, y tuvo éxito en Estados Unidos y Europa. Incluso, en San Petersburgo, el Museo Hermitage adquirió baldosas y pigmento para restaurar dos grandes jarrones ubicados en la entrada del establecimiento.

En esos tiempos, el robo ya era un problema. Negroni rememora que en un momento se identificó que en invierno subían personas con “40 o 50 mulas” y bajaban cargadas del material. Estas accedían a la mina desde Combarbalá. De esta forma, las piedras que afloraban a nivel de suelo –que en invierno resaltaban como manchas azules repartidas en la nieve– “empezaron a escasear”, dice. Para peor, los ladrones extraían el mejor material: “El extra azul”, lo que afectaba el rendimiento de la empresa y llevó a que construyeran un túnel de explotación.

Negroni dice que desconoce por qué la industria ha cesado sus funciones, pero que uno de sus problemas era el precio al que se comercializaba el pigmento, el cual se vendía cuatro veces más caro que su precio de producción, por lo que era difícil encontrar compradores. “El proceso industrial que nosotros teníamos para la obtención de pigmentos, creo que el latón costaba 200 dólares, y ellos lo querían vender a 800 dólares el kilo”, dice.

De este pigmento, Negroni aún guarda un frasco en su oficina: es un polvo azul grisáceo, de tonos claros. Consultado por su color, que debería ser profundo y radiante, el empresario realiza una demostración: sobre una mano ladea el frasco y deposita una pizca de su contenido. Con su otra mano toma una botella de agua y lo humedece ligeramente. Entonces, apenas el líquido toca el polvo, este adopta un intenso y luminoso color azul, como un recuerdo de otra época.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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