Opinión

“Lay all your love on me”

El presidente Donald Trump posa con los líderes de las naciones miembros del Escudo de las Américas en Miami, Florida. Foto: Official White House/Daniel Torok. Daniel Torok

Ocurre a veces durante los cataclismos de la historia que una melodía, compuesta para otros efectos, se transforma en su banda sonora. Sucedió con el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, que los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial tarareaban a ambos lados.

Y ha sucedido desde 2020 con la canción de ABBA “Lay all your love on me”. Desde entonces se oye en los vídeos en redes sociales que promueven la restauración de las buenas costumbres que la Modernidad relativizó, que proclaman el retorno del Mesías, o extractan discursos apabullantes de los presidentes de las repúblicas de la Nueva Santa Alianza.

Comenzó como un exitoso ritmo dance a principios de la década de los 80 y fue olvidada en radios AM y en discotecas de dudosa reputación (en realidad, muchas de ellas lo son), hasta que renació en calidad de himno de la internacional neoconservadora.

Sirve a veces como música de fondo para versículos del Apocalipsis. Sus fanfarrias de sintetizadores hacen pensar en trompetas; sus interrupciones abruptas, en sellos que se abren. Sus galopes, en el de los jinetes del fin de los tiempos. Y en ángeles, los coros finales.

Latinoamérica es imaginada como una inmensa región que por fin se reconcilia con Estados Unidos en torno al evangelismo. Los enemigos ya están claros: son los malhechores que matan, violan, roban, cuando se hallan en posesión del poder; y se hacen pasar por pobres, humildes, débiles, cuando lo pierden. No se engaña fácilmente, sin embargo, a quienes han logrado sospechar con la severidad del Antiguo Testamento, porque la América anglosajona, aquella que le dio prosperidad al continente, fue evangelizada con esa parte de la Biblia, en la célebre observación del historiador Arnold Toynbee.

La letra de este sencillo se refiere a la drástica transformación que sufrió la vida de una mujer al conocer a un galán: “No despilfarres tu devoción, / pon todo tu amor en mí”. Porque esta ya no es una época para medias tintas. Cualquier solución tibia consolida el problema. Toda prudencia es defecto. Solo el exceso de pasión engendrará un nuevo mundo, lo restaurará.

De acuerdo, pero no entiendo cómo los seres humanos pueden pedir esto a nombre del Reino de este Mundo. Que las religiones exijan ese nivel de compromiso es entendible y hasta encomiable. Son, con la sabia Hannah Arendt, el antídoto que resiste al totalitarismo. Poco se entiende que la política ponga esas condiciones del todo o nada (“Keiner oder Alle”, según se cantaba en la RDA).

Moraleja para los progresistas relativamente incapaces de ver venir santas alianzas: llega un momento en que más que nunca la violencia, o sus sucedáneos light, no son la partera sino la abortera de la historia. Porque como Walter Benjamin, que llamó a inventar constelaciones con las estrellas del cielo, los neoconservadores aprendieron esa lección, y vibran con músicas de otra dirección. Tal cual el hobbit, se las ingenia para convertir su trinchera en un agujero confortable.

Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP

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