Por Ascanio CavalloEl esquema invertebrado

El gobierno de José Antonio Kast ha cumplido su primer semestre. ¿Y qué? Bueno, es un gobierno raro. Para ser de ultraderecha, como se lo caracterizó desde la campaña, ha sido más bien circunspecto. El propio presidente ladra poco y muerde menos, y en la temible sesión santiaguina del Foro de Madrid se repartieron incendios para el mundo, pero no para Chile. Hay quien dice que el gobierno sería otra cosa si lo dejaran hacer, si no tuviera obstáculos como el Parlamento o la oposición. ¿En serio? ¿No es lo que se podría decir de cualquier gobierno?
El Parlamento, una de esas barricadas terribles, ha vivido este período en dos tiempos: primero, con perplejidad, lo que permitió al ministro Quiroz sacar su megarreforma sin mucho más costo que los compromisos de unos cuantos votos, y luego, con la sensación de que está bajo asedio y el único papel que le queda es detener goles; un papel nervioso y pobre.
En cuanto a la oposición, pertenece a una izquierda que quedó hondamente desorientada después de ponerse tras una candidata comunista que representaba un anacronismo histórico. Lo que siguió ha sido la consecuente imposibilidad de escapar de esa trampa sin una ruptura que la debilitaría frente al gobierno, y al mismo tiempo, es improbable que se fortalezca permaneciendo en el mismo estado.
El gobierno se define mejor por lo que no es.
Por supuesto, no es un gobierno de intelectuales; no hay quién ponga un marco teórico a las ideas de gobierno, ni siquiera quien les dé un impulso hermenéutico. No hay quién inserte al gobierno en una visión del mundo, ni menos en una interpretación del mundo actual. Casi todas esas ideas dependen del propio Kast y de sus cuatro períodos como diputado, durante los cuales se ubicó a la derecha de la derecha tradicional, pero de una manera inconsecuencial, como un esfuerzo por preservar lo que consideraba que era la identidad original de la UDI y no como una manera de radicalizar sus posiciones iniciales.
Tampoco es un gobierno de ejecutivos, aunque de estos hay un poco más. Algunos altos funcionarios provienen del mundo de la alta dirección privada, pero, por lo general, no están en los cargos que son adecuados para ellos ni pueden desarrollar sus competencias en los cargos que ocupan. Sufren el principio de Peter y la vaga sensación de estar extraviados en ese laberinto que es el Estado.
Ni es un gobierno de gente experimentada. Exceptuados los exparlamentarios (Alvarado, García Ruminot, Undurraga) y los exministros (Parot, Rincón, Campos), casi todos los demás debutan, ya en el rango ministerial, ya en la materia que se les encargó. Es un gobierno, igual que el anterior, vertebrado por debutantes y aficionados. Por lo tanto, es más bien invertebrado.
¿Y cómo es esto posible? El gobierno ha funcionado sobre la base de que el presidente deja hacer a sus ministros. No les ordena (como Bachelet) ni les vigila (como Piñera); los deja actuar, con arreglo a dos hechos fundamentales: son leales y saben lo que hacen. Una falla grave en esto último significa la pérdida del cargo, como ya ha ocurrido en tres casos. Hay aspectos un poco más oscuros, ejercidos por órganos parainstitucionales, como el Segundo Piso, donde se llevan relaciones de autoridad con los ministros que escapan a toda descripción política. Decir que esos órganos “colaboran” con el gabinete es como decir que los gendarmes colaboran con los internos.
Este esquema permite que los ministros, con arreglo a sus propios temperamentos, puedan invadir otras jurisdicciones, contradecir a sus pares, fijarse metas propias o tratar de ganar posiciones a través de los medios públicos. Algo de esto funciona, porque las disrupciones ministeriales son relativamente pocas en un grupo tan numeroso. Pero mientras permite esta forma de orden, el esquema impide que el gobierno tenga una identidad complementaria con la del presidente; la identidad agregada que, en general, proporcionan el ministro del Interior o alguna figura relevante del equipo político. En este caso, no hay. El gobierno de Kast es Kast.
Los partidos que forman el oficialismo llevan su propio juego, en una coordinación débil con el gobierno. RN, la UDI, Evópoli, conservan el tipo de lealtad que ya practicaron con Piñera. El Partido Republicano, en cambio, a pesar de haber sido fundado por el presidente, agrega muy poca densidad al gobierno. Parece creer más en la estridencia que en una doctrina, o tal vez en que la doctrina es la estridencia. No se sabe. No hay luces.
Esto es el gobierno, gruesamente. No le ha ido tan mal. En ciertos aspectos, francamente bien. En otros, penosamente mal. Pero el tiempo está corriendo, con expectativas que no aprecian gran mejoría. La economía se arrastra dificultosamente, con un lacerante 9% de desocupación. Los empresarios repiten que las reformas van “en la dirección correcta”, pero aún no se sabe cuál es esa dirección, entre otras cosas porque los propios empresarios no se están moviendo. No hay quien apueste por las reformas, ni siquiera las que ya han sido aprobadas, hasta que estén en funciones. Nadie habría imaginado que Donald Trump lanzaría pulsos inflacionarios por todo el mundo con una guerra que no logra ganar, pero lo cierto es que así están el Banco Central y el gobierno chileno, soportando una inflación que no cede; por lo tanto, también el consumo se ha dañado. El resultado es que todos los números azules anunciados para el año han sido postergados para el año que viene. Suponiendo que lleguen.
Hay una pátina muy delgada de optimismo, pintada sobre una masa muy densa de pesimismo. O quizás de desconfianza.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE


















